Créditos: Prensa Comunitaria
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Por Héctor Silva Ávalos I

Hay canciones, como hay libros y hay películas, que se traban en la entraña por razones que luego el tiempo difumina. Cuando esas canciones entran en nosotros tenemos clarísimos los rostros, los nombres, el momento, las luchas de entonces. Luego, inapelable, el tiempo se impone y la memoria se esfuma. Puede que no recordemos todo lo demás, pero recordamos las canciones. Hoy, centroamericano que lo escuché en las calles del San Salvador de principios de los 90, cuando la esperanza no era un bien agotado, ya los humos de mi memoria son densos, pero las canciones esenciales de Pablo Milanés, el gran Pablo, siguen aquí, intactas.

Acuño, en el cancionero de mi vida, piezas bellísimas. Como ese canto desesperado que es Calle Melancolía de Joaquín Sabina o esa impresionante tristeza que existe en As tears go by del gran Mick o la indignación de Nos siguen pegando abajo de Charly García o la dulzura desafiante de 11 y 6 de Fito Páez. Pero poco me sigue abriendo tanto los huecos más profundos del alma como este verso: “…mas se entrega cual si hubiera/solo un día para amar”.

Las letras de Pablo Milanés, fallecido el 21 de noviembre en Madrid, son íntimas en esas obras maestras, clásicas del cancionero romántico de América, que son Yolanda y El breve espacio. Pero también son, como en Yo pisaré las calles nuevamente, colectivas, canciones universales en América Latina. Porque San Salvador, Ciudad de Guatemala, Managua, Medellín, Río, Ciudad de México siguen teniendo todas plazas ensangrentadas. De todas salimos muchos perseguidos, no solo una vez, que nos repetimos que volveremos a pisar esas calles.

Nosotros, la generación de los 80-90 en Centroamérica, crecimos con una ventaja respecto a nuestros padres. Crecimos después de las guerras, cuando la esperanza despuntó después de tanta muerte en forma de la posibilidad de vivir en ciudades a las que la guerra ya no devastaría. Así era San Salvador en mi juventud, una ciudad desangrada, oscurecida por la ofensiva guerrillera de 1989 y la brutal respuesta de unos coroneles que, por ejemplo, mataron a seis sacerdotes jesuitas y a Elba y Celina Mariset, su hija, en el campus de la universidad a la que yo ingresé dos años después. Eran San Salvador y la UCA de entonces, una universidad que apenas se recogía de aquella masacre, pero que se mantuvo, terca, en su afán de explicar el país y proponerle avenida más humanas. Y era, San Salvador, un lugar que se atrevía a lavarse la sangre seca.

A aquel San Salvador Pablo Milanés llegó, como supongo ocurrió en Santiago cuando el cubano se detuvo a llorar por los ausentes, como una señal de la esperanza que llevaron los Acuerdos de Paz de 1992, pero también bajo la sospecha de tantos y tantos que seguían viendo la paz como un estorbo inútil. Recuerdo uno de los primeros conciertos, en el Gimnasio Nacional. Recuerdo, sobre todo, el relato de una amiga de mis padres, que estuvo ahí después de haber vivido, fuera de El Salvador, un exilio terrible, lleno de añoranzas, abusos y desilusiones. Ella volvió a San Salvador y ahí, exhausta, lloró las letras de Pablo.

Mi madre, hija también de la revolución, estaba conmigo el 22 de noviembre, cuando se enteró de la muerte de Pablo Milanés. Una ráfaga oscura le nubló el rostro por unos instantes. Porque ella también luchó con Pablo de fondo. Ella, como Pablo, abrazó los ideales enormes de la Revolución Cubana. Ella, como Pablo, terminó alejada, decepcionada de los esperpentos en que aquellas revoluciones, la de la isla y esa por la que ella dio buena parte de su juventud en El Salvador, se convirtieron.

Pienso en Pablo y sus canciones y pienso en todas las luchas de mi madre, en las que ella me heredó y las que aún siguen inconclusas.

En Centroamérica, en la América entera, los fantasmas del autoritarismo que ensangrentó las calles de Santiago vuelven a respirar, saludables. Y, con ellos, ha vuelto el vino amargo del exiliado, que canta Sabina, admirador eterno de Pablo, con quien cantó La casa por la ventana, la oda del español a los migrantes.

Murió Pablo y la tristeza se instala. En algunos años, como olvidé ya las complicidades, los sudores y los tragos con los que entró El breve espacio en mi vida, seguro habré olvidado el hueco en el pecho que llegó con la noticia de su muerte. Pero me quedan, maestro enorme, sus canciones.

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