Créditos: Prensa Comunitaria
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Kajkoj Máximo Ba Tiul[1]

El lanzamiento de la Convergencia Nacional de Resistencia, convocada por el Cardenal Álvaro Ramazzini, que se llevó a cabo este lunes 3 de octubre en la ciudad capital; en la que podrán participar diferentes personalidades y colectivos (hombres y mujeres) del país: líderes y lideresas sociales, académicos, estudiantes, sacerdotes, obispos, campesinos, líderes indígenas, líderes y lideresas comunitarios, entre otros, tiene como objetivo, “llamar a la Unidad y a la Resistencia” y “No Violencia”, haciendo suyas la palabra “¡Basta!”, muchas veces repetida, por los pueblos, comunidades y movimientos sociales, cansados de tanta humillación, opresión, represión, despojo, corrupción e impunidad.

La resistencia es la acción que cualquier persona, animal, cosa o institución, tiene como capacidad para mantener firme y en oposición a todo lo contrario a sus necesidades y derechos.  Es la acción de mantener o estar en pie.  Es la acción que le permite rebelarse ante las acciones de los grupos de poder que lo han convertido en un “indigno”.  También la resistencia puede entender como la acción o capacidad de aguantar, tolerar.

Considero que en esta convergencia se entiende la resistencia como la capacidad de oponerse y posteriormente rebelarse.  Una rebeldía que no significa tomar las armas, pero si debe ser radicalmente opuesto a las acciones del grupo criminal que se ha apropiado de la institucionalidad del Estado y los recursos del pueblo. El marco de la resistencia, es para construir mundos nuevos y diferentes al mundo del poder hegemónico.  Este es el desafío, romper la hegemonía que, mantiene el grupo criminal que ha secuestrado la institucionalidad del país y la democracia, promoviendo el odio y el terror en todas sus expresiones, como método para fortalecer sus ansias de corrupción y crimen.

Un movimiento en resistencia, debe tener como objetivo común, como lo define Zibechi, “la lucha por la dignidad, la autonomía, la tensión emancipatoria”, que sería como mezcla de todas las conciencias y acciones que nacen y crecen para construir ese mundo diferente y humano.

Desde las diferentes sierras, valles y montañas de la región de Tezulutlán, en donde se desarrolla la tensión entre el capital nacional y transnacional, los finqueros, la institucional corrupta, contra las comunidades Q’eqchi’ y Poqomchi.  En donde cada día que pasa, la vida de las comunidades, es amenazada por los desalojos, hambre, desnutrición, falta de salud, falta de educación, falta de trabajo, entre otros.  Donde el único camino es la migración a los centros urbanos del país o hacia Estados Unidos.

El llamado a una convergencia por la resistencia, puede ser una esperanza para construir la “nueva Guatemala”.  Pero, será una esperanza, si se construye pensando y haciendo que los de abajo, los de a pie, los ninguneados, los indignos, participen.  Será una esperanza si se construye bajo un ideario que sostenga lo que tienen como slogan “Basta”.  Será una esperanza, si no está supeditada a las elecciones nacionales futuras, sino a construir un proceso revolucionario.  Si, se transciende de la resistencia a una rebeldía que se oponga a la norma establecida por el pacto criminal guatemalteco.

Un llamado como este, era urgente, sobre todo por la incapacidad de los grupos de izquierda y progresistas, llámese movimiento social o partidos políticos, para avanzar en una agenda común.  Es un llamado necesario, no solo ante la coyuntura actual, sino ante la posibilidad de unas elecciones fraudulentas futuras y a la perpetuación de las políticas corruptas y criminales de quienes ahora ostentan el poder político, económico, social, militar y religioso del país.

Esperamos entonces que este sea realmente un llamado para “optar esencialmente por lo pobres y humildes del país”.  Si, este llamado a construir la convergencia, es clara y con principios no caudillistas y de ambiciones políticas, sino humanos y anteponiendo sobre todas las cosas, las necesidades, angustias y esperanzas de los pueblos; entonces podemos augurarle que somos muchos, quienes nos sumaremos a ella, desde los territorios más lejanos del país.

En una palabra, un proceso de articulación como este, debe tener como fin último devolverle la dignidad, la esperanza y la voz a quienes durante años se les ha negado y por lo que se les ha desaparecido, negado, asesinado, desalojado, despojado.

Lamentablemente, mientras escribía estas líneas, nos enteramos por información de hermanos, compañeros y amigos de la Comunidad de Se’unup, de El Chal, Petén, que fueron desalojados por hombres fuertemente armados. Un desalojo realizado por “supuestos” finqueros, que a nombre de la Empresa San Agustín, reclaman el derecho sobre la finca, cuando esta es una finca nacional.  La comunidad ha estado pidiendo que el Estado, se los adjudique, como debe ser.  Mientras, la comunidad de Se’unup, reclama y demanda el derecho sobre la tierra, ante las instancias jurídicas, los finqueros “organizan a otras comunidades”, para reprimir a sus hermanos, dándoles armas de grueso calibre.  Esto, hace recordar los años duros de la guerra, la política de tierra arrasa.

Y finalmente, como decía Eduardo Galeano: Creo que hay que pelear contra el miedo, que se debe asumir que la vida es peligrosa y que eso es lo bueno que la vida tiene para que no se convierta en un mortal aburrimiento”.

[1] Maya Poqomchi, antropólogo, filósofo, teólogo, investigador y analista

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