Créditos: Prensa Comunitaria.
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Por Dante Liano

En alguna parte, Tito Monterroso recuerda el origen de la serie de novelas de la dictadura que escribieron alguno de los más notables escritores hispanoamericanos. Después de la aparición de El Señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias, un editor tuvo la idea de contactar a Alejo Carpentier, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez y al mismo Tito, para proponerles la idea. Casi todos aceptaron, no todos escribieron de inmediato. Sin embargo, pronto vieron la luz grandes novelas como El recurso del método, Yo el Supremo, Maten al león, El otoño del patriarca. Tito nunca escribió novelas largas y mucho tiempo después Mario Vargas Llosa publicó La fiesta del chivo, una de sus mejores obras. Quiero señalar la filiación entre el iniciador, Asturias, y el resto de escritores, que indudablemente leyeron El Señor Presidente. Aunque muchos señalan al Tirano Banderas, de Valle Inclán, como el iniciador de la serie, basta leer la novela del narrador gallego para darse cuenta de su lejanía de la realidad latinoamericana.

Este dato resalta ante la intuición de Susanna Regazzoni, estudiosa italiana, quien, al reseñar Tiempos recios, de Vargas Llosa, pone en relación la última novela del Premio Nobel peruano con Week end en Guatemala, de Miguel Ángel Asturias. En efecto, Asturias precede a Vargas Llosa, en una segunda ocasión. Naturalmente, no quiero decir con esto que haya influencia o plagio entre ambas obras. Son muy diferentes y ni siquiera se puede asegurar que Vargas Llosa haya leído Week end. Lo interesante es la coincidencia en el mismo tema: la invasión de Guatemala, en 1954, por un puñado de mercenarios al sueldo de la CIA y capitaneados por un oscuro militar guatemalteco, Carlos Castillo Armas.

Resulta ocioso repetir, por conocidas, las premisas a la fechoría norteamericana. La revolución de 1944 en Guatemala, los gobiernos progresistas de Arévalo y Árbenz, la paranoia estadounidense representada por el senador MacCarthy, la United Fruit Company, la operación de la CIA para derrocar al presidente democrático, las repetidas traiciones de quienes habrían debido defender a la nación, el exilio de los intelectuales, la instauración de una dictadura militar que duró 40 años y que costó cientos de miles de personas asesinadas.

Decíamos: el hecho es el mismo, el tratamiento diferente. Para comenzar, Asturias escribe Week end en Guatemala cuando la invasión está todavía fresca en la memoria. El escritor guatemalteco había constituido, con otros humanistas, un frente intelectual de respaldo a las reformas de la Revolución. Por sus conexiones internacionales, podía ser considerado un representante de vanguardia de esa Revolución. En el momento en que Guatemala es invadida, Asturias ejerce el cargo de Embajador en El Salvador. El exilio, la indignación y la impotencia lo empujan a escribir una obra urgente. Nacen así los cuentos de Week end en Guatemala. Ahora sería llamado un instant book. En ese libro, están todos los rasgos asturianos: el juego del lenguaje, la imaginación alucinada, las situaciones oníricas, el vigor expresivo. Muchos críticos le enrostran lo que podría considerarse un valor: su compromiso cívico. Sobre todo, los críticos orgánicos al boom, cuyotiempo ha pasado. Ahora dichas críticas pueden ser vistas con objetividad, en lo que tienen de parciales  e injustas.

La colección de cuentos asturiana regala una visión panorámica y prismática de la invasión. Hay cuentos que relatan la realidad rural, como “El Bueyón” y “La Galla”; cuentos en los que se describe la miseria de los traidores, como “Ocelotle 33”; cuentos en donde se ve la soberbia del invasor, como “Week end en Guatemala”; cuentos en donde se nota la rabia del invadido, como “Americanos todos”. El más apreciado es el más asturiano: alucinación y vértigo se encuentran en “Torotumbo”, cuyo lenguaje, tema y ritmo no pueden ser más que identificados con el autor guatemalteco. En todo caso, se puede decir que Asturias describe “desde dentro” y con la pasión y furia de quien siente la injusticia del hecho histórico.

Quizá sea aventurado decir que Tiempos recios podría leerse como una continuación de Week end en Guatemala. Sin embargo, al menos en la temporalidad de los hechos relatados, es así. Mientras la obra de Asturias termina con la invasión norteamericana, la de Vargas Llosa inicia un par de años después, cuando el jefe del ejército invasor, Carlos Castillo Armas, es asesinado en el interior del Palacio Presidencial. Interesante notar cómo Vargas Llosa se interesa por la invasión de Guatemala. Muchos años antes de escribir su novela, el novelista peruano había recibido el Doctorado Honoris Causa por la Universidad Francisco Marroquín. Durante el período de la honorificencia,  Vargas Llosa cultivó la amistad de algunos profesores de la Universidad, quienes le ofrecieron su particular visión de la realidad guatemalteca.

A esto añádase que, al componer La fiesta del chivo, el Nobel peruano estrechó amistad con Tony Raful, escritor dominicano e investigador de la historia de su país. La asesoría de Raful respecto de Rafael Leónidas Trujillo fue de fundamental importancia para la parte histórica de la novela. En 2017, Raful publicó La Rapsodia del Crimen, Trujillo versus Castillo Armas, una investigación en la que sostenía que el autor intelectual del magnicidio había sido el dictador Trujillo, uno de los financiadores de la asonada militar en Guatemala. La lectura del libro hizo que Vargas Llosa se apasionara por el tema, que le parecía, a su vez, una natural continuación de su afortunada novela sobre Trujillo.

Vargas Llosa tiene fama de que, cuando frecuenta la novela histórica, se documenta con variadas lecturas y entrevistas a personas bien informadas sobre los hechos. Sabemos, también, que hizo más de un viaje a Guatemala para recabar información sobre los sucesos de 1954. No conocemos qué le dijeron sus guías guatemaltecos, muy probablemente los amigos de la Universidad Marroquín. Lo que sí se puede asegurar es que toda la investigación dio como resultado una novela importante, con sorprendentes conclusiones por parte del novelista. Por supuesto, no pueden faltar las incursiones en la fantasía, y la recuperación de personajes abyectos, como Johnny Abbes, el tipo de protagonista que Vargas Llosa sabe manejar con perfección.

Sin embargo, el núcleo de Tiempos recios viene a coincidir con el núcleo de Week end en Guatemala. En ambos, se denuncia el acto imperial de los Estados Unidos. La diferencia entre ambos autores no es sutil: mientras para Asturias se trató de un crimen, para Vargas Llosa fue un error. La generación de Asturias tenía un acendrado arraigo en su propio país. El exilio, para la mayoría de ellos, significó un castigo. La mayor parte vivía en México, con la cabeza puesta en Guatemala. Carlos Illescas, Otto Raúl González, Mario Monteforte, Carlos Solórzano y Tito Monterroso exhibían su pasaporte guatemalteco después de décadas de vivir en el destierro. Por tanto, para ellos, la invasión de Guatemala fue una herida profunda y personal, imperdonable. Una afrenta insanable. Vargas Llosa tiene una actitud diversa. Descubre que ni Arévalo ni Árbenz eran comunistas y descubre que la intención de la Revolución del 44 era simplemente modernizar a Guatemala.

Aplastar el intento democrático de Árbenz significó mandar un mensaje a los jóvenes latinoamericanos: el cambio no podía venir por elecciones ni por acciones solamente políticas. La acusación de comunismo equivalía a garantizar una invasión del territorio por la potencia norteamericana. Esa lección la aprendió el Che Guevara, quien estaba en Guatemala durante la asonada mercenaria. La revolución no podía negociar, tenía que ir a fondo. Como dijo Edén Pastora, el olvidado Comandante Cero de la insurrección sandinista: “La revolución se hace con el fusil en la mano”. Razona Vargas Llosa: si los Estados Unidos hubieran permitido el experimento guatemalteco, otros países se hubieran encaminado hacia democracias burguesas. En cambio, empujaron a varias generaciones de jóvenes latinoamericanos hacia la guerra de guerrillas.

Curiosa la reacción, en Guatemala, ante Tiempos recios. La extrema derecha del país comentó, sin ironía, que el Premio Nobel peruano había regresado a sus orígenes comunistas. La extrema izquierda, opinó, por su parte, que era un razonamiento burgués, contrarrevolucionario, defensor del status quo. Posible. Pero correcto. El error cometido en Guatemala iba a ser repetido en Chile, con el abatimiento del gobierno de Salvador Allende y el impulso al Plan Cóndor, nefasto y sangriento. Las puertas a un cambio democrático se habían cerrado. Solo quedaba la insurrección armada. Y todavía ahora padecemos las consecuencias.

Publicado originalmente en: Dante Liano blog

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