Necesario, y si posible, urgente

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Créditos: Prensa Comunitaria
Tiempo de lectura: 4 minutos

Por Dante Liano

Con el seductor estilo de un feuilleton, la novela I leoni di Sicilia, de Stefania Auci, seguida de L’inverno dei leoni, construye la saga de la familia Florio (de origen calabrés y radicada, con éxito, en Sicilia) elaborando un honesto estilo literario y construyendo una sabia arquitectura narrativa. Ambas novelas poseen una ventaja: acompañan a la historia familiar con la historia de Italia, de modo que cumple con aquel antiguo propósito de las artes, al menos por un cierto período, de “instruir deleitando”. Hacia 1914, después del estallido de la Guerra Europea, la escritora hace aparecer, en el escenario fascinante de esos años, no solo a un lascivo y magnético Gabrielle D’Annunzio, sino también al voluntarioso caballero Benito Mussolini.

En ese tiempo, el pugnaz político italiano militaba en el Partido Socialista. Auci no lo dice, pero es menester recordar que los socialistas de esa época no eran como los de ahora. Todavía pendían del cordón umbilical del marxismo, y, por ende, de la lucha de clases que debería llevar a la revolución y a una sociedad diferente a la del capitalismo. Los socialistas promovían huelgas, organizaban sindicatos y eran aguerridos luchadores sociales. Por eso mismo, consideraron la guerra como una cuestión entre burgueses, que se valían del proletariado para solventar, con las armas, sus luchas de poder. Vistas las cosas como están, no se les puede restar razón. Resultó claro que los socialistas no apoyarían la guerra y que se declararían pacifistas. Ello trajo severas discusiones en el interior del Partido, y, puesto que Mussolini era guerrero, armamentista y militarista, fu expulsado del Partido del cual había sido un violento extremista.  Con esa expulsión, se había sembrado el germen de lo que sería el Partido Fascista.

La guerra europea de 1914 fue, desde cualquier punto de vista, una catástrofe para la civilización occidental. Todo el optimismo derrochado en los primeros años del siglo XX se vino abajo ante la carnicería bestial que significó ese enfrentamiento entre naciones. Después de los Tratados de Versailles, que sellaron el fin de la contienda, un pesimismo semejante a la depresión circuló por toda Europa. En particular, los pueblos hambreados y explotados comenzaron a acumular un sentimiento de revancha, terreno fértil para populistas y demagogos. Uno de ellos fue Benito Mussolini. Al ver los documentales de la época, uno se pregunta cómo se pudo admirar, en masa, a ese hombre más gordo que corpulento, más bajo que alto, más ridículo que elegante, más retórico que elocuente, quien vendió la idea de volver a edificar, de nuevo, un gran Imperio, a semejanza de las grandezas del Imperio Romano. La única respuesta es la pobreza, económica e intelectual, en que las masas europeas quedaron sumidas después del esfuerzo bélico.

La mentalidad fascista es, naturalmente, anticomunista, en aquello que el comunismo tiene de utópico y soñador. Si, como su nombre lo indica, el comunismo propone una sociedad en la que prevalece la socialidad del ser humano, el fascismo muestra la carta del individualismo. La mentalidad fascista también es anticapitalista, porque a la libertad de mercado antepone el poder del Estado como supremo regulador de la contratación social. Pueden ser usados algunos elementos del capitalismo, pero siempre bajo el ojo vigilante del Estado. Si el comunismo está dispuesto a sacrificar la libertad individual en nombre de la dictadura social, y si el capitalismo está dispuesto a sacrificar la igualdad en nombre de la libertad, el fascismo propone la supremacía del individuo, no por sus méritos intelectuales o sociales, sino porque es el más fuerte en la selección natural de la existencia. La naciente doctrina social de la Iglesia habrá parecido, a Mussolini, cosa de almas débiles y mojigatas.

Todo el ambiente intelectual precedente al fascismo es el terreno de cultivo para su aparición. La mayoría de intelectuales, en el mundo, profesaban las doctrinas esotéricas de moda (surgidas en contraposición al cientificismo y al positivismo), en particular la Teosofía de Madame Blavatsky. La fantasiosa charlatana rusa había inventado un libro mágico (El libro de Dzyan), supuestamente encontrado en la India, en donde se dictaban las reglas de un mundo nuevo basado en el espiritismo y con raíces en las antiguas doctrinas orientales. Entre otras cosas, colocaba a la raza aria como una raza superior. Empalmaban, en modo confuso y bizarro, con la doctrina de la evolución de Darwin. En lugar de proceder de los primates, los seres humanos provenían de Adán y Eva, y habían evolucionado, a través de varias etapas, hasta el estadio superior de los arios. Empalmaban, también, con el pensamiento de Nietzsche: a causa de la ciencia, el ser humano se había liberado de las ataduras de las creencias religiosas, y se había erigido a sí mismo como Super-Hombre: el individuo que se supera a sí mismo. Ya no era tanto la luz de la razón a guiar mis actos, sino la voluntad de potencia.

El fascismo se presentó al mundo como un sistema de gobierno basado en el totalitarismo y en la dictadura. Para Mussolini, la elecciones eran una estratagema, un instrumento democrático para llegar al poder. Una vez en el poder, la democracia liberal se convertía en una estupidez. Se abolía y quedaba en manos del líder supremo, el Duce, que conduciría a la nación, con su voluntad de poder y uniendo los individualismos de los más fuertes (descartando a los débiles y a los pusilánimes), a las glorias imperiales. A imponer la potencia de la nación más fuerte sobre naciones más débiles. El totalitarismo autoritario es el sistema de gobierno orgánico del fascismo. Los opositores fueron tratados con mano dura y perseguidos capilarmente. El juramento fascista se volvió obligatorio en todas partes y los profesores universitarios que se negaron a pronunciarlo fueron despedidos. De allí al racismo no había más que un paso y todos aquellos que fueron considerados razas débiles o corruptas fueron perseguidos (judíos, gitanos, enfermos mentales, discapacitados, homosexuales, comunistas, Testigos de Jehová). Ideológicamente, Mussolini fue el maestro de Hitler.

El fascismo es una actitud mental. Es considerar a la existencia como una lucha darwiniana por la sobrevivencia animal (the struggle for life), en la que los más fuertes físicamente someten a los más débiles; es considerar al individuo agresivo y prepotente como el ejemplar humano perfecto, que eliminará de la faz de la tierra a los humildes, a los conciliadores, a los mediadores, entendidos como inferiores; es considerar que solo el Super Hombre tiene derecho a la vida; es considerar que las armas superan a la razón; es considerar a los valores tradicionales (Moral, Familia, Patria) como valores absolutos, con la eliminación de los que no adhieren a tales valores; es el triunfo de la Fuerza sobre cualquier otra característica humana. Es fundar nuevas sociedades, subyugadas bajo la dictadura, para mantener las desigualdades y las injusticias de siempre. No por nada las clases dominantes se alían inmediatamente al líder fascista, considerado como el Salvador de la Patria. La patria de las clases dominantes, naturalmente.

Publicado originalmente en Dante Liano blog

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