Créditos: Prensa Comunitaria.
Tiempo de lectura: 4 minutos

Por Dante Liano

Vuelvo a Wonderworks, de Angus Fletcher, libro en el que podemos hallar una sugestiva relación entre literatura y neurociencia. Fletcher se remonta a la tragedia griega y habla de ella no solo como espectáculo, sino como remedio para los dolores espirituales. Cerca de Argos, en Grecia, se alza un complejo monumental en cuyo extremo está el Teatro de Epidauro. Todo el mundo hace la prueba de ponerse en el centro del escenario y pronunciar una palabra, que será oída hasta en las graderías más altas y lejanas. No por casualidad, el anfiteatro se halla en medio de una serie de estructuras que servían para curar enfermedades, una suerte de complejo de clínicas y baños termales. Aristóteles había identificado uno de los resultados más importantes de la tragedia: la catarsis, entendida como una liberación de los sentimientos de miedo. En efecto, en la medicina antigua, catharsis significaba “purgante”. En el caso de la tragedia, un desahogo de los sentimientos de miedo ancestral y actual, bien presentes en la época (400 años antes de Cristo).

Cortesía: Dante Liano.

Naturalmente, el miedo puede ser un válido auxilio para salvar la vida. Los mecanismos que implementa delante de un peligro son la solución natural para actuar en nuestra defensa. Existe, sin embargo, un miedo insano, que proviene de experiencias traumáticas, y que deja una huella indeleble en el cerebro: es el llamado “síndrome de estrés postraumático”. Ese tipo de miedo, caracterizado por sentimientos predominantes de desamparo, aislamiento e hipervigilancia, está asociado a manifestaciones de ansia, rabia y depresión. Por desgracia, no existen terapias universales para tal síndrome, pero los últimos estudios psiquiátricos han realizado un par de hallazgos bastante importantes.

El primer hallazgo es que puede ser terapéutico resucitar el trauma, en la memoria. Es lo que en términos psiquiátricos se llama “revisión autobiográfica”. Al contrario de lo que se podría pensar, el trauma es indeleble, y la solución no es tratar de cancelarlo de nuestro cerebro. La “revisión autobiográfica” es un esfuerzo por controlar las emociones negativas producidas al revivir el suceso y enseñar al paciente a dialogar con él.

El segundo hallazgo es una técnica inventada por la psicóloga Francine Shapiro, a finales de los años 80, llamada Eye Movement Desensitizing and Reprocessing (EMDR), que consiste en un movimiento a péndulo de los ojos mientras se rememora el trauma. Los resultados clínicos del EMDR han sido tan eficaces que el tratamiento ha sido recomendado por la Asociación Norteamericana de Psiquiatría, la Organización Mundial de la Salud y el Departamento de Asuntos de los Veteranos de Guerra.

Fletcher señala que estos dos hallazgos están incorporados en la antigua tragedia griega. Dicha manifestación artística nos empuja a revisitar nuestro pasado, a través de la representación de eventos fuertemente traumáticos, como suicidios, asesinatos y asaltos, interpretados por cantos corales, por ejemplo, este de Agamenón, de Esquilo:

La ley de nuestro mundo es el dolor,

el miedo que enseña

la dureza de los días

y deja su huella

en los corazones.

El público estaba sentado en el anfiteatro, rodeado de amigos y familiares, y todos escuchaban este recuerdo de las adversidades sufridas: La ley de nuestro mundo es el dolor, en un ambiente que los sustraía de las presiones de la vida diaria para colocarlos en una gran comunidad protectora. Los espectadores no solo escuchaban este memento, sino que también lo veían. En efecto, el coro estaba formado por 20 actores, que cantaban y también danzaban. En un amplio espacio llamado orkestra, los actores oscilaban de un lado a otro del escenario, haciendo que los ojos de quien participaba se movieran de un lado a otro, rítmicamente, como en la técnica del EMDR. Fletcher advierte que esto no significa que la tragedia griega fuera específicamente terapéutica pero que sus efectos pueden ser tan positivos que, en los últimos años, las tragedias han sido representadas delante de veteranos de guerra, afectados del estrés postraumático, con resultados beneficiosos.

A estas dos características, hay que añadir una tercera, que vuelve mucho más eficaz el tratamiento. Es lo que Fletcher llama el Hurt Delay: “la herida postergada”. El caso de Edipo Rey ilustra esa característica. Cuando la tragedia comienza, todos sabemos las terribles revelaciones que serán descubiertas por Edipo. En cierto sentido, poseemos una cierta omnisciencia, como si fuéramos los pequeños dioses de ese mundo circunscrito. Y, con nosotros, lo sabe el coro, que constantemente advierte a Edipo acerca de su hybris, esa obcecada búsqueda de la verdad parecida a la soberbia, que va a estallar al final de la tragedia.

Hay dos cuestiones importantes, aquí. En primer lugar, la conciencia del espectador, que todo lo sabe, y sabe también que aun de esos grandes dolores se puede salir. Sin esa conciencia de ser superior al trauma, nadie puede curarse de él. Y la segunda, la más importante, es la constante intermediación del coro, un grupo de personas que cuida al protagonista, que lo trata de proteger, que lo advierte y lo consuela. A un cierto punto, el coro dice: “Entendemos tu dolor; es una catástrofe detrás de otra”. Y Edipo responde, con gratitud: “Oh, amigo, tú todavía eres mi constante cuidador”. Sobre todo, el coro dice a Edipo: “No estás solo”. Ese abrigo que los demás nos pueden dar en los momentos más difíciles es la clave para poder salir de situaciones de extremo dolor espiritual. Ellos conocen nuestra herida cuando nosotros aun no sabemos nada, cuando es una “herida postergada”. Y es eficaz terapéuticamente no solo para quien está sufriendo, sino también para nosotros mismos: “cuando experimentamos nuestra habilidad para asistir a los otros en su trauma, incrementamos la confianza en nuestra habilidad para manejar nuestro propio trauma”, concluye Fletcher.

Publicado originalmente desde Dante Liano Blog

Dante Liano, Guatemala , 1948. Comenzó a publicar narrativa desde muy joven. En 1974, ganó el Primer Premio en la sección Novela, con Casa en Avenida, en los Premios Literarios Centroamericanos de Quetzaltenango. De 1975 a 1977 vivió en Florencia. En 1978 regresó a su país, donde publicó Jornadas y otros cuentos (1978). Otros libros de cuentos son: La vida insensata (1987) y Cuentos completos (2008). La persecución contra los docentes universitarios lo decidió a dejar el país en 1980. Se estableció en Italia, donde se dedicó a la enseñanza universitaria. Actualmente es profesor de literatura española e hispanoamericana en la Università Cattolica del Sacro Cuore (Milán). Ha publicada varias novelas, entre ellas: El lugar de su quietud (1989), El hombre de Montserrat, (1994), El misterio de San Andrés, (1996), El hijo de casa (2004), Pequeña historia de viajes, amores e italianos (2008), El abogado y la señora (2017) y Requiem per Teresa (2019). Con Rigoberta Menchú ha colaborado en la publicación de 6 libros de relatos mayas. Premio Nacional de Literatura (1991) de Guatemala.

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