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Por Prensa Comunitaria

Que el premio Nobel de la paz sea entregado por el Comité Noruego a dos periodistas, una de Filipinas y otro de Rusia, nos sirva a quienes compartimos oficio con los laureados para seguir. Para seguir desde el entendido que contar las historias de otros y las de nuestros países importa. Para seguir desde el convencimiento de que le democracia necesita de este oficio que, como dijo uno de los funcionarios del Nobel, sirve para proteger a los gobernados.

“El periodismo libre, independiente y basado en los hechos sirve para proteger contra el abuso de poder, la mentira y la propaganda de guerra”, escribió Berit Reiss-Andersen, presidenta del comité del Nobel.

“Basado en los hechos”. En esta era de la posverdad, cuando los poderosos apelan a las emociones del colectivo para crear narrativas en las que se escudan del escrutinio que demanda la democracia, la vuelta al principio básico del periodismo resulta vital: descubrir los hechos que ese poder quiere mantener ocultos, porque, casi siempre, sobre esos hechos, de corrupción, de autoritarismo, de abuso, se montan la destrucción de la convivencia democrática y los andamiajes de la tiranía.

El Comité Noruego no había entregado el Nobel de la paz a un periodista desde 1935. Una de las premiadas este año es la filipina Maria Ressa, cofundadora del medio Rappler, desde el cual, según los noruegos, “ha expuesto el abuso de poder, el uso de la violencia y el creciente autoritarismo en su país natal”, liderado por el presidente Rodrigo Duterte, un autócrata de manual.

Dmitri Muratov, fundador de Nóvaya Gazeta, es el otro premiado. Muratov ha sido punta de lanza en el escrutinio al poder inmenso de Vladimir Putin y su régimen en Rusia. No ha sido un ejercicio democrático fácil: seis periodistas o colaboradores de Nóvaya Gazeta fueron asesinados desde la fundación del medio en 1993. Una de ellas, Anna Politkóvskaya, fue asesinada en la puerta de su casa mientras investigaba corrupción en el ministerio de defensa del putinismo.

Al explicar la entrega del premio a los periodistas, Reiss-Andersen habló de la “lucha valiente” que hacen. Lo es. Lo que Ressa y Muratov han hecho es lo mismo que hacen decenas de periodistas en todos los rincones del mundo dilapidados por el surgimiento de nuevos autoritarismos y la consolidación de los viejos. Es una lucha que marca la vida. Y es valiente porque se hace, en países como México, Guatemala u Honduras, a riesgo de encontrar la muerte en el camino, como le ocurrió a Anna Politkóvskaya.

La lucha valiente es necesaria, indispensable, para seguir arrojando luz en los cuartos oscuros, sucios, llenos de alimañas, en los que crece el autoritarismo.

La lucha es necesaria en Guatemala, dominada por el nuevo autoritarismo impulsado desde el aparato estatal que dirige el presidente Alejandro Giammattei, en el que habitan personas como la fiscal general Consuelo Porras, y desde los sectores más conservadores y racistas del empresariado.

Este régimen, el de Giammattei, sus financistas y sus acólitos, no ha hecho más que recoger la estafeta de las élites depredadoras que por siglos han mantenido al país bajo la sombra de sus designios e intereses. En la lucha de los actores sociales que se han opuesto a esa depredación, el papel del periodismo guatemalteco no ha sido menor, sobre todo en los territorios de la Guatemala interior, donde la denuncia y exposición de los abusos ha costado persecución, criminalización, violencia, encarcelamiento, incluso muertes.

Asistimos en los últimos años a una escalada de ese autoritarismo en Guatemala, en el que la obcecación criminal del régimen y las élites ha llevado al secuestro casi absoluto de todas las instancias del control del Estado, como el Ministerio Público y las cortes. A esto se suma el cada vez más evidente uso político de la fuerza pública y la inteligencia estatal para perseguir y criminalizar periodistas.

Los periodistas de Prensa Comunitaria han sido objeto de acoso constante. Además de la criminalización de quienes, desde este medio, han expuesto a la industria extractiva en Guatemala, volvemos a asistir al acoso en forma de vigilancia de nuestras residencias por parte de patrullas de la Policía Nacional Civil. Y, como nosotros, colegas de El Periódico y La Hora, han sufrido los embates más recientes del régimen.

Como en Guatemala, en El Salvador y Honduras nuestros colegas son cada vez más vulnerables a los designios autoritarios, criminales en algunos casos, de los regímenes de Nayib Bukele y Juan Orlando Hernández.

Lo que pasa en Guatemala y Centroamérica se parece mucho a la Rusia de Muratov y las Filipinas de Ressa. Es por eso que saberlos acreedores del Nobel de la paz debe de ser un recordatorio de que, como Filipinas y Rusia, en esta parte del mundo la lucha valiente sigue siendo impostergable. Hay que seguir.

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