Créditos: Pueblos Indígenas y Política en Guatemala
Tiempo de lectura: 8 minutos

Por Yosahandi Navarrete Quan[1]

Presentamos el cuarto y último texto, de la serie de escritos realizados estudiantes inscritos al primer Ciclo del Diplomado Pueblos Indígenas y Política en Guatemala, organizado entre Prensa Comunitaria, la Fundación María y Antonio Goubaud y la Escuela de Ciencia Política de la USAC. Pensamos estas reflexiones son un aporte a la discusión necesaria ahora en Guatemala sobre su futuro y el lugar de los pueblos indígenas en él. 

Nuestros ideales siguen germinando,

buscando nuevos soles

hacia nuevos horizontes

que iluminarán nuestras vidas.

Calixta Gabriela Xiquin

Los conversatorios “La acción desde la comunidad y las autoridades ancestrales” y “La acción de las mujeres indígenas: autodeterminación, feminismos y demandas propias”, del primer ciclo del diplomado “Pueblos indígenas y política en Guatemala: propuestas desde los hechos y desde las ideas”,  tocan algunas de las problemáticas respecto a la participación de las mujeres.

Sobre todo en acciones encaminadas a la promoción de la justicia, la lucha contra la discriminación provocadas por el racismo y el machismo, y la resolución de sus propias demandas. Entre ellas están el bien de la comunidad, de la naturaleza, y una vida digna para sus hijos y de las propias mujeres en la búsqueda del buen vivir, que consiste en la armonía con la tierra y con los demás, desde sus propios valores y la espiritualidad maya.

La participación de las mujeres en acciones comunitarias no es nueva. Ya los cronistas hablan de su importante rol como comadronas y curanderas, proveedoras de salud;  como apoyo de la economía familiar al comerciar, tejer mantas y otros textiles para los tributos; y brindando apoyo emocional y espiritual como sacerdotas rituales, sin mencionar la labor educativa que llevaban a cabo con sus hijos dentro del hogar.

Pese a ello, esta importante participación siempre ha sido invisibilizada, cuando no negada. La historiografía tradicional ha dividido la historia en periodos específicos, fechas y figuras heroicas bien representadas. Las acciones de las comunidades y los individuos que las componen han sido pasadas por alto, especialmente las de grupos ancestralmente  excluidos de los libros de historia y del imaginario social, como es el caso de las mujeres mayas.

Al hablar de la llamada conquista, Gruzinski (2021) señala que al ser los cronistas y frailes los encargados de dejar fija en la escritura sus expresiones culturales e históricas, se convirtieron en el espejo del mundo indígena antes de la invasión. Sin embargo, fueron, como muchas otras cosas, espejos impuestos, no elegidos. Y como parte del proceso de colonización, que sin duda está presente en las crónicas, “sus padres, sus ancestros y sus muertos, sus paisajes, sus dioses, incluso sus prácticas, se volvieron ‘innombrables’” (s/n), lo que modificó el equilibrio del mundo indígena. De la misma forma, la participación comunitaria de las mujeres ha sido vista tradicionalmente a través de un espejo impuesto, a  partir del prejuicio (mayas equivalentes a empleadas domésticas, vendedoras en el mercado, tejedoras de trajes típicos para el turismo) o de los estudios antropológicos, etnográficos, sociológicos.

Sin embargo, en las últimas décadas hemos vistos cambios significativos en el escenario social. La participación cada vez más amplia de las mujeres no solo ha dado pie a nuevos sujetos sociales, sino que se ha expandido a ámbitos académicos, sectores educativos, culturales y judiciales, entre otros. Si en un país patriarcal, racista y machista como Guatemala esto representa un reto para las mujeres en general, siendo mayas ese reto se multiplica.

Uno de los aspectos que me parecen más relevantes en las acciones de las mujeres mayas es que su participación se concibe como un acto profundamente comunal más que individual, que busca sobre todo mantener la identidad cultural de sus pueblos en todas sus dimensiones, no solo por el buen vivir, sino como un acto de resistencia. En este sentido, uno de los pilares de dicha identidad es la relación que se establece entre el cuerpo femenino y la tierra, no solo desde la cosmovisión mesoamericana antigua, sino desde la actualidad.

Para mostrar un ejemplo de esta relación, vista desde la perspectiva de las comadronas, figura valorada y respetada por su habilidad de cuidar a las embarazadas, parturientas y recién nacidas, el testimonio de doña Manuela Caba, comadrona de Chajul, es esencial: “Las comadronas tenemos relación con la Tierra, agradezco a la Madre Tierra porque cuando nace un niño o niña, se ensucia la tierra, por eso hay que pedir permiso a la tierra antes de ensuciarla”. (González, 2013: 17)

Históricamente esta relación cuerpo/tierra fue violentada desde la invasión de los españoles y, siglos después, durante al conflicto armado. En este sentido, para Julajuj Chamalé (citada en González, 2013) la invasión española significó no solo la ocupación de los cuerpos de las mujeres,  sino también de sus pensamientos y su cultura, pues “ante la necesidad de ejercer el dominio sobre los mayas, social, cultural y económicamente” (27), utilizaron dicha ocupación como un medio para llegar a este fin, al homogeneizar la antigua cultura con la nueva, destruyendo creencias, prohibiendo prácticas ancestrales e imponiendo la religión de los invasores. Tristemente, la violación y asesinato de mujeres indígenas durante el conflicto armado tuvo los mismos objetivos; destruir el entramado social de sus comunidades. Y por supuesto, la ruptura de creencias y tradiciones ancestrales.

La lucha de las mujeres por el cumplimiento de sus demandas no ha sido fácil. Incluso muchas indígenas que se alzaron, vivieron acoso sexual de parte de sus propios compañeros. Por otra parte, la guerrilla no se vio exenta de actitudes machistas o racistas. Por ejemplo, cuando se trató de cuestiones tan importantes como el parto o la crianza de los hijos.

“Un rasgo notorio de discriminación fue durante los embarazos. Las compañeras no tenían las condiciones, parían en la comunidad en condiciones jodidas. Pero conozco muy pocas compañeras mestizas que hayan parido en la montaña o en la CPR. Las sacaron a México. (…) En muchos casos las mujeres lograron contactarse con sus familias, pero algunos niños se quedaron con otras familias. En mi caso, una de mis hijas se quedó con la familia del papá. (…) Es muy fuerte, el dejar a las hijas y los hijos”. (Weber, 2021: 13)

Si bien se ha discutido mucho acerca de si el conflicto armado era o no la lucha de las comunidades indígenas, lo cierto es que las luchas insurgentes permitieron que la concientización sobre las desigualdades y la lucha por los derechos humanos germinara y dejara huella en el postconflicto.

“Ya en la parte final las mujeres sí nos organizamos. Planteamos la necesidad de abordar la participación igualitaria de mujeres y hombres. Hicimos grandes encuentros de mujeres antes de la desmovilización y empezamos a hacer equipos de género. Allí empezó la lucha de las mujeres”. (Ibid: 14)

Una de las principales manifestaciones de resistencia de las mujeres, siempre desde una posición subordinada, fue resguardar y transmitir la espiritualidad maya y los conocimientos ancestrales que se conservan actualmente. Por ejemplo, en el conversatorio “La acción de las mujeres indígenas: autodeterminación, feminismos y demandas propias”, Hermelinda Simón menciona que las luchas actuales incluyen la defensa de la vida y del territorio, vistas como una unidad, lo que se traduce en la defensa de los derechos humanos, entre los que se incluyen los derechos de las mujeres. La defensa de la vida abarca la sostenibilidad de la vida, siempre desde los valores y la cosmovisión mayas. Esto es, mantener el equilibrio, la armonía y el buen vivir.

Los acuerdos de paz y la subsecuente reconfiguración del tejido social, especialmente en las comunidades -las más afectadas durante el conflicto- estableció la necesidad de una participación comunitaria activa, que venía gestándose desde las cooperativas indígenas o los grupos de Democracia Cristiana de los años sesenta. Nathalie Mercier (2020) habla de la importancia que tuvo la participación de las sobrevivientes en la recuperación de la memoria histórica. Y menciona algo sumamente revelador para entender cómo la comunidad tiene un valor especial dentro de su imaginario:

“En un primer momento, muchas mujeres, especialmente las viudas, se organizaron en relación a sus familiares desaparecidos. Se podría considerar que identificarse principalmente como “viuda” era de alguna manera priorizar la pérdida de familiares (…) por encima del sufrimiento propio por violaciones a derechos humanos cometidos directamente en contra de los cuerpos de las mujeres”. (457)

Esta misma autora menciona que tradicionalmente se ha pensado que las indígenas “no hablan”, pero que dentro de esta nueva reconfiguración social, debido sobre todo al rescate de la memoria histórica y la búsqueda de la justicia a través de juicios como el de Sepur Zarco, las mujeres fueron las primeras en romper el silencio, pese al costo personal que eso implicó.

En este sentido, en la participación de las mayas en acciones comunitarias y en la formación de asociaciones y agrupaciones, cuyo fin abarca desde la resolución de conflictos hasta la búsqueda del buen vivir, lo que se alza con fuerza y contundencia es la voz de las mujeres al evidenciar el patriarcado, el machismo y la violencia a los que se ven enfrentadas cada día. El espejo impuesto cambia: esta voz es un espejo propio que refleja sus problemáticas y resoluciones.

En este contexto, me parece relevante hablar también de cómo esta participación, esta voz propia, se extiende a otras expresiones, en este caso culturales, como narradoras y poetas. A partir del libro Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia, surgen dos libros con una estructura similar. Antes de la luz y La hija del puma, retoman la experiencia de mujeres mayas durante el conflicto armado y, desde la estructura de novela, rompen con el silencio, de la mano de autoras suecas con el fin de llegar a un público más amplio.

Parte de la participación, conservación de la identidad, y resistencia, también ha consistido en dejar testimonio de sus experiencias. Y la transmisión de valores y conocimientos ancestrales a través de la voz poética de las mujeres mayas. Con su poesía, hablan de las problemáticas más acuciantes que viven actualmente: el despojo, el machismo, la identidad, la defensa de sus derechos, la recuperación de la memoria.

A través de la poesía su participación se extiende, se deja escuchar, se hace evidente. Resuena en otras latitudes y se une a todo el movimiento de autores indígenas que ha cobrado auge en los últimos diez años. Uno de los aportes de quienes escriben en español, es hacer suyo el idioma impuesto como una herramienta más de resistencia e identidad.

Como hemos visto en el diplomado, lo maya no se refiere a una sola etnia, sino a varias, cada una con sus propias demandas. Tampoco existe una sola forma de resistencia o de participación comunitaria. En la resistencia cultural, cada una aporta algo a la defensa de los derechos humanos, al combate contra el racismo y el machismo.

Me parece, entonces, que también vale la pena hablar de las expresiones culturales como otras formas de participación comunitaria. Porque a través de la poesía, por mencionar un ejemplo, se establecen puentes, entre las mujeres mayas, entre las mujeres en general, entre mayas y ladinos, entre los ancestros y sus descendientes, como vemos en este fragmento del poema “Mi abuela” de Calixta Gabriel (Meza, 2015: 44).

 

Sentada encontré a mi abuela

mi abuela mi Guía Espiritual

quien me encaminó a la sabiduría de la vida.

Universidad que enseña en cada momento,

pone en el camino las pruebas

llenas de obstáculos

llenas de putrefacción.

Sentada encontré a mi abuela

con ella intercambié el plan de la sabiduría

con ella intercambié la bebida sagrada que purifica el ser.

Referencias

Boman, Kristina y Velázquez Zaperia, Leticia Josefa (2010). Antes de la luz. Guatemala: Piedra Santa.

Burgos, Elizabeth (1983). Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia. México: Siglo XXI.

González Galeotti, Francisco Rodolfo (coord.) (2013). Cosecha de memorias. La memoria cultural de la sociedad Ixil. Guatemala: Aporte para la Descentralización Cultural (ADESCA), Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos (CEMCA), Embajada de Francia, Escuela de Historia de la Universidad de San Carlos de Guatemala.

Gruzinski, Serge (2021). La máquina del tiempo. México: FCE. Versión digital.

Mercier, Nathalie. “Viudas y sujetas de derecho: mujeres guatemaltecas en el posconflicto”. En Armijo Canto, Natalia y Toussaint, Mónica (coord.) (2020). Guerra y Posguerra en Centroamérica. México: Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología y Universidad de Quintana Roo.

Meza Márquez, Consuelo y Toledo Arévalo, Aída (2015). La escritura de poetas mayas contemporáneas producida desde excéntricos espacios identitarios. Aguascalientes: Universidad Autónoma de Aguascalientes.

Weber, Sanne (2021). Vidas y voces de Mujeres revolucionarias. Guatemala: Serviprensa.

Zak, Mónica (2010). La hija del puma. Guatemala: Piedra Santa.

[1] FFyL-UNAM, “… Como hija de exiliados me interesé en la literatura y cultura guatemaltecas como una forma de explorar mis raíces. Y en el camino, encontré narrativas innovadoras que evidencian las luchas, injusticias, problemáticas sociales, ideales y esperanzas de un país contradictorio y asombroso como Guatemala”.

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