Un diplomático mexicano en la guerra civil salvadoreña. Réquiem por Don Hermilo López Bassols

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Créditos: Fabián Campos Hernández
Tiempo de lectura: 3 minutos

Por Fabián Campos Hernández

El 21 de agosto falleció Don Hermilo López Bassols. Hombre afable, su partida representa una pérdida irreparable para su familia y sus amigos. Como profesor universitario, su conocimiento y pasión les hará falta a sus alumnos en la Facultad de Derecho de la UNAM. La vieja guardia de la diplomacia mexicana ha mostrado su pesar por la partida de uno de los suyos.

Conocí a Don Hermilo en 2005. Como miembro del Comité Monseñor Romero de Solidaridad con El Salvador, preparábamos algunos eventos con motivo de la conmemoración por los mártires de la Universidad Centroamericana Simeón Cañas. Cuando el embajador conoció nuestra intención de hacer un conversatorio en la Facultad de Filosofía y Letras aceptó de inmediato.

Por el poder de su personalidad y la fuerza de su testimonio, Don Hermilo abarcó todo el evento. Los entonces jóvenes universitarios escuchamos en su voz sus impresiones al llegar a la UCA y encontrar los cuerpos masacrados de sus amigos, los padres jesuitas. Nuestros corazones se estremecieron y pasaron del dolor a la rabia cuando escuchamos el motivo de su asesinato. La derecha salvadoreña necesitaba cumplir un anhelo largamente postergado: eliminar físicamente a aquellos quienes desde la razón habían desnudado un régimen corrupto, violento, excluyente y asesino.

Ese mismo testimonio lo pude escuchar en otras ocasiones. Y cada una de las veces, las reacciones que tuve aquel noviembre de 2005 regresaron. Así de fuerte era la pasión con la que Don Hermilo lo contaba. Con el paso del tiempo, tuve la oportunidad de convivir más cercanamente con Don Hermilo. En su casa pasé horas memorables escuchando sus mil y una anécdotas como embajador mexicano en la guerra civil salvadoreña. Tras cada uno de los objetos que poblaban su estudio, se resguardaban momentos clave de la historia centroamericana reciente.

Su memoria prodigiosa me condujo por la “Ofensiva Final” mediante un mapa que contenía la estrategia guerrillera, pieza histórica porque estaba firmado por todos los comandantes del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional.

Su risa irreverente, excluida cuando asumía su papel de diplomático, me permitió recrear los malabares ideológicos y físicos que hizo cuando, siendo embajador de México, los sandinistas lo nombraron representante de sus intereses ante el gobierno salvadoreño. En medio de carcajadas que llenaron su estudio recordaba él, y vivía yo, sus gesticulaciones para presentar la posición sosegada del gobierno de Carlos Salinas de Gortari. Inmediatamente después, presentando las furibundas reclamaciones nicaragüenses ante un mismo hecho: las violaciones a los derechos humanos cometidas por el ejército contra el pueblo salvadoreño en medio de la ofensiva insurgente.

Entre café y café su charla me trasladó al Hotel Sheraton de San Salvador. A los combates entre guerrilleros y soldados disputándose cada uno de los pisos del edificio. Así como al papel de la embajada mexicana para sacar del hotel, la ciudad y el país a la misión de la OEA, incluido su entonces secretario general João Baena Soares. Quien después afirmó convencido una mentira histórica: que los revolucionarios habían querido secuestrarlo.

Al calor de las confidencias, Don Hermilo contaba las discrepancias entre los comandantes guerrilleros y su posición frente a Joaquín Villalobos. Por un lado su respeto como dirigente militar durante la guerra, pero su cruda desaprobación de la actuación política del dirigente del Ejército Revolucionario del Pueblo tras la firma de los acuerdos de paz. Don Hermilo en su juicio señalaba este periodo como una traición al pueblo salvadoreño.

También llegaron a la rememoración la presencia de importantes dirigentes revolucionarios en las instalaciones de la embajada mientras en las calles de San Salvador combatían las dos fuerzas enfrentadas. Lo que motivó que el ejército salvadoreño lanzara su artillería hacía la representación diplomática. Y la decisión mexicana de “no hacer olas” sobre un suceso que en el derecho internacional hubiera calificado como causa belli.

Por supuesto, también fue motivo de conversación la visión de Don Hermilo sobre el profundo cambio que se operó en la diplomacia mexicana con el inicio del nuevo siglo. La vergüenza personal y profesional ante la nefanda frase de “comes y te vas”. El profundo nacionalismo del embajador reaccionaba herido ante el fin de una época de la que fue heredero y artífice directo.

Durante las largas horas en las que tuve el privilegio de compartir con Don Hermilo López Bassols, además de adentrarme en la historia diplomática mexicana, pude conocer a un hombre admirable y por el cual guardo profundo respeto y admiración.

Hoy que Don Hermilo López Bassols no nos acompaña con su entereza y compromiso, con su amor y dedicación, México y los mexicanos hemos perdido en mucho más de un sentido.

Descanse en paz.

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Autoría y edición

Licenciatura, maestría y doctorado sobre Historia de América Latina en la UNAM de México.

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