Créditos: Dante Liano
Tiempo de lectura: 4 minutos

Por Dante Liano

El gran sabio dominicano Pedro Henríquez Ureña atribuye a Cristóbal Colón (y sucesores) el mito de América como realización del Paraíso Terrenal. En efecto, a veces la necesidad aguza el ingenio, y Colón no podía regresar de su azaroso viaje proclamando el fracaso de su hipótesis de que, navegando hacia Occidente, un viajero tenía, por fuerza, que toparse con las Indias occidentales. Ahora cualquiera puede burlarse del magnifico Almirante (“que descubriste una nueva ruta”) pues llamó Indias a lo que sería, después, América. En su época, Colón fue creído, y fue creído también cuando afirmó que las islas encontradas estaban pobladas por gente mansa, pacífica, en crudo estado natural, y que su ingenuidad era tal que restituían oro en cambio de espejitos. Para subrayar la ida de Paraíso, Colón declaró que los habitantes de las islas iban desnudos como su madre los parió. Nada era verdad, pero Europa entera se tragó la leyenda de América como Paraíso, confirmada años más tarde por el mismo Colón que juró haber hallado en Venezuela el sitio exacto en donde Adán y Eva habían habitado, pecado, y procreado (ignoro si el orden es exacto). El mito tuvo un arraigo tan profundo y tan intenso, que todavía a finales del ‘800 los europeos pobres se embarcaban hacia América, con la esperanza de encontrar allí el paraíso prometido. Muchos lo encontraron. 

Una de las grandes metas, sobre todo de los españoles, fue la isla de Cuba, en donde volverse rico parecía cosa de nada. Hacerse de un terreno, llenarlo de esclavos y rascarse la panza podía ser un ideal de vida regalada. Quizá el mayor esfuerzo era azotar a algún africano díscolo. Pocas colonias españolas tuvieron una relación tan privilegiada con la península y todavía ahora hay cubanos que tienen parientes en toda España, principalmente en Asturias. Hay que ver las ostentosas mansiones de los “indianos” en el verde paisaje de esa privilegiada región. Quizá la desgracia de Cuba fue esa: una isla favorecida, una meta paradisíaca, un lugar donde todo era posible. O, como dice Nicolás Guillén con la certera imagen que solo un gran poeta puede elaborar: “siempre hubo quien la encontró”. Fidel Castro nunca negó sus orígenes gallegos, y por muchos años circuló el chiste de que “solo un gallego podía imaginar una revolución en una isla tropical”.

Cuba ha tenido, siempre, un lugar especial en el corazón de España y en la cultura hispánica. Durante la colonia y después, los lazos con la península nunca se han interrumpido. Difícil hacer la lista de los grandes intelectuales y artistas cubanos, porque muchos y muy buenos. Uno podría evocar al fascinante José Martí, cuya prosa enseña a Darío la senda del modernismo. O al barroco Lezama Lima, Góngora en el trópico, cultísimo, hedonista, esteta máximo. La refinada escritura de Carpentier, los entrañables versos de Nicolás Guillén, el grupo Orígenes. Los malabarismos lingüísticos de Guillermo Cabrera Infante. Y así…

Hubo un momento, en la cultura de América, en donde había tres faros que iluminaban y atraían. Eran México, Buenos Aires y La Habana. Todo artista de un cierto nivel pasaba por esas capitales. Por decir: en los años treinta, se reunían en la capital de Argentina, en coloquios de altísimo nivel, Borges, Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Bioy Casares y otros que discutían de literatura inglesa en inglés, de literatura francesa en francés, de literatura griega en griego… En México, las editoriales publicaban las últimas novedades del mundo, en español, y esa gran función educativa la fomentó la Revolución Mexicana con el Fondo de Cultura Económica, que formó generaciones de latinoamericanos.  En Buenos Aires, Alejandro Losada publicaba a Kafka, Joyce, Vigrinia Woolf y también a todos los autores españoles en el exilio, que la dictadura de Franco había censurado en patria. Y a Miguel Ángel Asturias y a José María Arguedas. Después de la Revolución de 1959, la casa de las Américas, en Cuba, se convirtió en un punto de referencia para todos los intelectuales latinoamericanos, a través de su prestigioso premio anual y a través de la Revista, que sigue siendo una publicación de todo respeto. 

En los últimos días, importantes publicaciones internacionales se ocupan de las protestas de parte de la población cubana contra las restricciones que deben sufrir sus habitantes. Se ocupan de ella con el mismo interés momentáneo y efímero con que, periódicamente, se acuerdan de Venezuela, Bolivia y Nicaragua. Con la misma superficialidad y con la misma parcialidad. Cuando un país latinoamericano está gobernado por una férrea derecha y tiene a la población en condiciones de miseria, no hay periódico que lo recuerde, porque consideran que esa debe ser la situación normal. Les permite clasificarlo bajo la despreciable acepción de “república de las bananas”. Basta que alguno se desvíe de ese lugar común para que se activen las redes sociales, los servicios de televisión, los corresponsales (desde Nueva York) de periódicos altisonantes propiedad de grandes multinacionales, y comiencen los epítetos de rigor: antes era comunista; ahora, populista. ¿Cuándo los periodistas norteamericanos y europeos conocerán de veras a América Latina? 

Solo queda desear, para Cuba, una mejor suerte en el futuro. Que podría comenzar con el levantamiento del embargo económico. Lo dicho: Cuba es un gran país con una gran cultura. No merece la superficialidad con que los medios de comunicación la tratan. 

Publicado originalmente en:

Autoría y edición

COMPARTE