Nuestros nombres

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Créditos: Prensa Comunitaria.
Tiempo de lectura: 4 minutos

Por Dante Liano

Llevamos nuestro nombre a cuestas con la ligera irresponsabilidad con que respiramos, con la naturalidad que vemos lo que está a nuestro alrededor, con la inconsciencia que sentimos el gusto de las comidas. Nuestro nombre nos parece tan espontáneo como la salida del sol por las mañanas o las constelaciones en una noche clara. Como el mar encrespado cuando hay viento, como la copiosa lluvia en los meses de la primavera. Y, sin embargo, de todos nuestros negocios, el menos ingenuo es el nombre que nos dieron. Podemos ser responsables de los errores que cometemos. Nos podemos atribuir las virtudes que creemos poseer. Alguien puede concedernos un premio por nuestro talento, o un ascenso por nuestro buen trabajo. O podemos ser multados por dejar nuestro automóvil en lugar prohibido. De todo eso, nos asumimos la responsabilidad. De lo que no podemos responder es del nombre que nuestra madre y nuestro padre decidieron ponernos. 

La Divina Commedia di Dante de Domenico di Michelino  (1417–1491).

Había un periodista, en los años de la guerra en Guatemala, cuyo apellido era bastante común en el país: Colón. Padre y madre de este periodista no tuvieron piedad y le pusieron, de nombre, Cristóbal. Para exuberancia de desgracias, el muchacho cubría la crónica roja (que en otros países se llama crónica negra). En medio de las refriegas urbanas entre el ejército y la guerrilla, allí estaba el joven reportero describiendo la noticia. La cosa se ponía dramática cuando los militares le pedían que se identificara. “Y usted, ¿cómo se llama?”, lo increpaban con sonoro vozarrón bélico. Tembloroso, porque ya sabía lo que iba a suceder, el jovencito respondía, mostrando su carnet: “¡Cristóbal Colón!” (a gritos, porque de fondo sonaban la metralla y los bombazos). Los militares se enfurecían: “¡Ah, no, hijo de su madre, usted no me va a tomar el pelo de esa forma!”. Y bueno, era un martirio convencer a los uniformados de que ese era su verdadero nombre. 

El insospechable Carlos Gustavo Jung convirtió el psicoanálisis de Freud en una suerte de misterio esotérico y simbólico. Como bien dijo Borges, los inventores del psicoanálisis nos devolvieron los mitos griegos que el racionalismo nos había robado. Jung sostenía que el nombre dado por los padres a los hijos es una especie de mandato, o, en el mejor de los casos, un auspicio, una sugerencia. Por eso, dice, bautizan a sus párvulos con nombres sacados del santoral cristiano. Y al que llaman Francisco es para invocar en él las virtudes del santo de Asís; y Antonio lo será por el de Padua; Jesús, por el jefe de todos; Jaime, por el vencedor de dragones y de moros; Benito, porque es bendito; Mario, para la protección de la Virgen, y así. Un nombre bastante difundido en la América del Sur es Washington, y supongo que se debe al deseo de que el así bautizado tenga el espíritu combativo y de independencia del prócer norteamericano. Gran prestigio gozan los nombres bíblicos, sobre todo de profetas: llamarse Esaú, Ezequiel, Isaías, Jeremías o Salomón es una invitación a la sabiduría y a la adivinación. Llamarse María es un programa de virtud y de maternidad protectora, al punto de acompañar al hijo hasta cuando lo crucifiquen. De María provienen cantidad de nombres hispánicos: Dolores, Soledad, Remedios, Auxilio y Socorro, que no imponen, a las así nominadas, dolores, soledades, remedios, auxilios y socorros, sino que están antecedidos por “María de…”, porque quien se llame Concepción no es porque esté destinada a tal cosa, sino porque invoca a María de la Concepción Inmaculada. 

El complicado psicoanalista francés Jacques Lacan predicaba que cualquiera que le otorga el nombre a un niño ejerce la función del padre. Aunque sea mujer, en ese momento es el padre. Algo así como los gansos de Konrad Lorenz, que, habiendo visto como primera cosa en su vida de gansos al famoso etólogo, lo confundieron con su mamá gansa y lo seguían por todos lados sin reconocer que ese alto, flaco y canoso alemán no podía ser el animal que ellos creían. Para Lacan, el nombre del padre, esto es, el nombre que nos dan nuestros padres, implica un mandato inconsciente. No necesariamente directo: no porque llamo a mi hijo Sansón, este va a crecer forzudo y hercúleo. Probablemente, el mandato es luchar contra las injusticias. Sé, de seguro, que había un señor llamado Aquiles Pinto Flores. ¿Sería una casualidad que se convirtió en uno de los más prestigiosos críticos de pintura del país? También sé de un amigo llamado Napoléon Armando Guerra, pero, por suerte, no emprendió batalla alguna en su vida. Y sé del poeta Eloy Amado Herrera. En este caso, estaba prohibido llamarlo por el diminutivo de su nombre propio, pues todo el mundo se ruborizaba. Me parece obvio que quien bautizó a su hija Madeinusa quiso otorgarle el prestigio imperial de los Estados Unidos. Y lo mismo los innumerables Usnavi que pueblan el Caribe. A propósito, en los pueblos caribeños se usa mezclar el nombre del padre y de la madre para crear el del hijo. De modo que al descendiente de María y Miguel se le llamará “Marguel”. Ingenioso modo de subrayar y reconocer el mestizaje. 

¿Somos lo que nuestros nombres ordenan? Lo sabremos al final de nuestras vidas. Lo único de lo que podemos estar seguros es que no hemos ordenado nuestros nombres. Seremos, como dijo el poeta modernista, “arquitectos de nuestro propio destino”, pero de nuestro nombre, no.

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