Créditos: Miguel Ángel Sandoval
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Por Miguel Ángel Sandoval

Cuando se firmó la paz en Colombia escribí desde este mismo espacio mis mejores deseos porque fuera una paz firme y duradera. Sabía que podía existir sobresaltos, avances o retrocesos, pues finalmente todos los procesos de paz son autoría de hombres y mujeres reales. Lejos estaba de pensar en un proceso tan traumático como el que vive el hermano país colombiano.

A la fecha tenemos un proceso de paz bastante desgastado por la falta de voluntad política del gobierno de Colombia. Por no impulsar los acuerdos de La Habana, grupos significativos volvieron a las armas. Los asesinatos de activistas que exigen la paz y otras demandas, son realmente demasiados, parece que la paz nunca se hubiera firmado.

Ahora que escribo estas notas, Colombia lleva más de 10 días seguidos de movilizaciones a nivel nacional. No hay sector social que no se exprese en contra de las desacertadas medidas del gobierno de Duque. Tanto por los incumplimientos de los compromisos de la paz, como por las medidas últimas que por la movilización de millones de colombianos tuvo que retirar. Es el caso de una reforma tributaria, regresiva, en medio de una crisis económica y social agudizada y resultado de la pandemia.

El proyecto sobre la salud, deberá ser engavetado pues no cuenta con los mínimos apoyos. Salvo de la argolla del uribismo-duquismo. Y esos aliados son los nostálgicos de la guerra y los paracos. No hay que perderse en explicaciones que no dicen ni la mitad de las cosas que ocurren. Como observador atento de lo que ocurre en Colombia es posible señalar que urge un acuerdo nacional que tenga en su base los acuerdos de paz, pues ello expresa compromisos con aval de amplios sectores de la sociedad colombiana, así como de la comunidad internacional, la ONU incluida.

Ante la crisis que inunda todos los medios de información en el mundo se dice que es urgente una mesa nacional. Ya el comité coordinador del paro está planteando eso. No se trata de nada que pueda ser caracterizado como algo ideológico, o una maniobra cubano-venezolana, como impúdicamente dice el expresidente ecuatoriano, Lenin Moreno. O en otro registro, el uribismo intenta deslegitimar a los millones de participantes, siempre con la idea de crear un enemigo interno.

El discurso del narcoterrorismo ya no surte efecto ninguno, pues entre los millones de gentes que protestan, la guerra es cosa del pasado y lo que exigen ahora, son cosas absolutamente ancladas en la democracia que no termina de llegar a Colombia por la presencia de los nostálgicos de la guerra como Uribe y los paracos.

En la actualidad, las movilizaciones que tienen alcance nacional, no son teledirigidas por las FARC o por los narcos o desde Venezuela. La fuente de la movilización es una reforma tributaria que ya fue derrotada y por un proyecto en salud que no tiene ninguna posibilidad. Hay la exigencia por la vacuna masiva, gratuita, cuanto antes. A ello se suma la exigencia por el cese de la violencia policía, el fin de las provocaciones por paramilitares vestidos de civil que solo buscan crear el caos y la confusión. Esto es lo que ocurre en Colombia. Y repito, todo tiene origen reciente en el incumplimiento de los compromisos de la paz.

El gobierno de Colombia no puede pensar por más tiempo que las protestas pueden ser resueltas y acalladas por las balas y los gases. Como amigo de la paz y de las soluciones políticas y pacificas para procesos sociales, armados o no. Demando del gobierno de Colombia un poco de realismo y menos anteojeras ideológicas heredadas de la guerra fría.  Al pueblo colombiano le ratifico mi solidaridad.

Autoría y edición

Escritor, activista social, catedrático, consultor y politólogo guatemalteco.

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