Sistema de alerta temprana, recursos y voluntad política, previenen desastres

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Créditos: CONRED.
Tiempo de lectura: 4 minutos

Por Lourdes Álvarez Nájera

Este viernes el flujo de lava que mantiene el volcán de Pacaya de manera constante desde hace dos meses llegó a 435 metros de la aldea El Patrocinio, San Vicente Pacaya, Escuintla, según el Instituto Nacional de Sismología, Vulcanología, Meteorología e Hidrología (Insivumeh).

Desde el miércoles, la Coordinadora para la Reducción de Desastres (CONRED) alertó que el flujo de lava avanzaba sobre cultivos de café en la finca La Breña, a una velocidad de unos 5 metros por hora y un ancho de 300 metros.

La actividad del volcán de Pacaya es común, en términos geológicos de largo alcance y miles de años, pero representa riesgos, dijo Rüdiger Escobar Wolf, doctor en Ciencias de la Tierra, enfocado en vulcanología y riesgos volcánicos por la Universidad Tecnológica de Michigan, en Estados Unidos, de donde actualmente es profesor investigador.

La actividad del volcán de Pacaya ha ocurrido muchas veces y probablemente siga ocurriendo muchas más, pero representa diversos tipos de riesgos en términos diferenciados para las poblaciones a sus alrededores, aseguró Escobar.

Según las características geográficas del país, los volcanes que mantienen actividad son el Santiaguito, el de Fuego y el de Pacaya, que representan vulnerabilidad para las comunidades que viven en las cercanías. En los alrededores de los dos últimos volcanes viven comunidades y en el caso de otros menos activos, como el Cerro Quemado, en Quetzaltenango, mantienen una gran aglomeración de población urbana en sus cercanías.

Para Escobar, la mayoría de esas poblaciones viven en condiciones precarias y de marginación y son pocas las personas que tienen acceso a recursos, por ejemplo, el caso del complejo hotelero La Reunión y la comunidad San Miguel los Lotes, que fue devastada por la erupción del volcán de Fuego en junio de 2018.

Entre la caracterización de las comunidades, hay una gran diversidad étnica y cultural; en el volcán de Fuego hay comunidades conformadas por personas retornadas del Conflicto Armado Interno que fueron reubicadas en las faldas del volcán, entre ellas la comunidad 15 de Octubre o La Trinidad. También otras que se instalaron en esos lugares debido a la migración interna por la guerra, otras tienen una historia más larga y con muchas generaciones que han vivido ahí, añadió el entrevistado.

Sobre los riesgos de vivir cerca de un volcán, el experto indicó que se podría repetir una tragedia similar a la que se vivió en 2018 con el volcán de Fuego, donde en la actualidad unas 10 a 15 mil personas están en riesgo por los flujos piroclásticos que expulsa; en el Pacaya se encuentran en peligro entre 5 y 7 mil personas, si se llegara a repetir una erupción como sucedió en 2010, cuando los fragmentos de rocas arrojados afectaron a varias comunidades.

En el caso de un incremento de actividad en el Cerro Quemado, podrían estar expuestas más de 100 mil personas, una situación similar se presentaría si entrara en actividad el volcán de Agua, con alto riesgo para la población de Antigua Guatemala.

Pese a la larga historia de actividad de los volcanes en el país y de las recientes tragedias, las comunidades han forjado una relación fuerte con el entorno en el que viven, condicionando y adaptando sus vidas a la amenaza constante que representa vivir cerca de los volcanes.

Escobar destacó que durante muchos siglos, e incluso, durante el período colonial no existían comunidades tan cerca del volcán de Fuego, de Pacaya y Santiaguito. “Muchas de las comunidades que fueron asentadas en esos lugares lo hicieron durante el periodo Liberal con el cultivo del café. Ese cambio socioeconómico político lleva a un gran número de población a asentarse más cerca de los volcanes. Muchas de las comunidades donde han ocurrido varias tragedias están más cerca de los volcanes a partir de esos eventos en el siglo XIX”, añadió.

A criterio del experto, hace falta entender las características de la amenaza que producen los volcanes y que hace vulnerables a las comunidades.

Según el entrevistado, existen riesgos como los flujos piroclásticos para el volcán de Fuego y Santiaguito con alta letalidad y amenaza; y también los lahares y los flujos de lodo y caída de fragmentos de roca que son expulsados durante las explosiones y caída de ceniza.

Recursos económicos ante la tragedia

Para Escobar, el problema que se observó en La Reunión y San Miguel los Lotes fue que no pudieron responder y evacuar a las personas bajo las mismas condiciones.

En contraste, el éxito en la evacuación de La Reunión se debió al acceso de recursos, personal que vigila constantemente, vehículos para movilizar a la gente y una estructura organizativa para tomar decisiones y delegar responsabilidades.

“San Miguel no tenía esa estructura organizativa, no estaban leyendo los boletines, muchas de las personas no tenían un vehículo para salir, tampoco una segunda casa u hotel a donde llegar”, agregó Escobar.

El entrevistado enfatizó que contar con un sistema de alerta temprana, destinar recursos suficientes, definir roles y responsabilidades de las comunidades y las instituciones de gobierno o privadas, podría marcar una ruta en la prevención de desastres por actividad volcánica en el país.

“El plan no es solo un documento ritualista que diga cosas, debe contener acciones efectivas para salvar vidas, recursos para los albergues, transporte para que la gente pueda evacuar e implementar un mecanismo de confianza progresivo en el sistema de alerta temprana”, puntualizó Escobar.

Autoría y edición

Periodista y comunicadora para organizaciones sociales, de pueblos indígenas y de organismos internacionales; estudios concluidos en sociología, asistente de investigación social para peritajes judiciales con enfoque histórico y antropológico.

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