Las vacunas y la prensa

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Créditos: Dante Liano
Tiempo de lectura: 4 minutos

Por Dante Liano

En los primeros días de marzo, antes que la primavera cumpliera su rito anual de florecimientos e inquietudes, un carabinero de Sicilia se presentó a un centro de vacunación contra el Covid. Esa misma noche moría de trombosis. Los periódicos efectuaron uno de sus ejercicios favoritos: la metonimia. Dictaminaron que el carabinero había muerto a causa de la vacuna. Tanto escándalo hicieron, que los políticos europeos suspendieron las vacunaciones, esperaron tres días a la Agencia Europea de Medicina, y luego proclamaron científicamente lo que cualquier cristiano sabía: no estaba probada la relación de causa y efecto en ese caso y en otros que se habían presentado. Y aunque la hubiera, la incidencia no autorizaba la suspensión de la suministración del fármaco. Los periódicos dieron la notica con el mismo énfasis con el que habían dicho, días atrás, lo contrario.

La ligera suspicacia que despierta la noble profesión de los informadores se debe a una experiencia común. Basta ser testigo de un acontecimiento para que, al leerlo en el periódico, uno encuentre distorsiones, fantasías, añadiduras o sustracciones. Cuando uno ve algunas películas norteamericanas, nota que ciertos periódicos aparecen como el máximo ejemplo de decoro, objetividad, valentía y verdad. En apasionantes aventuras, hemos aprendido que el New York Times, el Washington Post o el Boston Globe están habitados por caballeros andantes que desfacen entuertos y combaten ejércitos bajo nobles e invencibles principios éticos. Quién sabe por qué, la Prensa Libre, de Guatemala, o La Nación de Costa Rica, no han merecido superproducciones hollywoodianas. A pesar de todo, el llamado “Cuarto Poder” se presenta, a veces, algo oblicuo, ligeramente opaco.

Me bastaría recordar el comportamiento de esos campeones de la libertad y la justicia con el gobierno de Jacobo Arbenz, en 1954. La actitud de la prensa, en ese momento, ha sido muy bien descrito en diferentes libros sobre el poder de los medios comunicación. Puesto que Árbenz molestaba al gobierno de los Estados Unidos por la soberbia de querer implantar la democracia en su país, un oscuro periódico de Chile lanzó una falsa noticia: la Unión Soviética se estaba infiltrando en el gobierno de Guatemala. La técnica de crear lo que ahora llaman una fake news (los italianos, con mejor imaginación, la llaman “máquina del fango”) se había puesto en marcha. Los principales diarios de los Estados Unidos publicaron esa noticia con resalto, citando objetivamente la fuente de la cual la habían sacado. Una forma limpia de hacer periodismo sucio. Naturalmente, si lo dice el New York Times, no puede ser falso. Al contrario, es verdad amplificada. De modo que los principales periódicos europeos reprodujeron la calumnia, citando al Times como fuente. A ese punto, la fábrica de “opinión pública” se había puesto en marcha. Para la vulgata mundial, Guatemala era un país comunista. Pocos meses después, esos mismos periódicos aplaudían la invasión norteamericana a Guatemala, como una liberación del país del “comunismo” que ellos mismos habían fabricado. 

El mismo procedimiento fue aplicado, como siguiendo un manual, al gobierno del Presidente Allende, en Chile. En una serie de televisión en la que se cuenta el ascenso de Silvio Berlusconi, al inicio, un joven publicitario explica al lugarteniente de Berlusconi cómo tomar el poder. “Hace algunos años”, le dice, “los Estados Unidos se querían desembarazar de un gobierno molesto, en un país de Centroamérica. Iniciaron una campaña de propaganda que lo hacía aparecer como un satélite comunista y esa campaña tuvo tanto éxito que el gobierno cayó a los pocos meses. No había comunismo en ese país, lo habían inventado los publicitarios. Nosotros tenemos que hacer lo mismo: inventar un enemigo contra el que Berlusconi va a combatir”. Pocos meses después, Silvio Berlusconi era elegido Premier de la República Italiana. 

Conozco una revista que recoge los mejores artículos publicados esa semana en el mundo. En general, publica a los periódicos que corresponderían a una vaga izquierda liberal. Esa revista es un espejo de lo que podríamos llamar “la obligación de opinar en un cierta forma en el hemisferio occidental”. Cada vez que la leo, regreso a una vieja práctica que aprendí en la juventud: polemizar mentalmente mientras recorro las líneas de un artículo. Porque si hablan de América Latina, resulta evidente la antipatía de la prensa liberal de izquierda contra todo líder o todo gobierno latinoamericano que se presente bajo la bandera de la justicia social. No creo que Nicolás Maduro sea un iluminado gobernante, pero la vehemencias de la propaganda en su contra me hace dudar que sea tan malo como dicen. Poco faltó para que esa prensa mainstream prorrumpiera en aplausos cuando Lula fue encarcelado Y así, no hay cosa buena que haya hecho nadie que parezca de izquierda o que haya pronunciado la palabra “socialismo”. Mientras, sobre los desmanes de los gobiernos de derecha, un manso silencio. Sobre el avance de las multinacionales destructoras del ambiente en toda América Latina, un cordial desacuerdo. Y para volver a las vacunas del principio, sobre el hecho de que los países europeos se hayan puesto en manos de Big Pharma para combatir el coronavirus, mientras tenían laboratorios e investigadores estatales de primera categoría, ninguna pregunta. Ni siquiera cómo fue posible que una pequeña isla, en las Antillas, haya producido cuatro vacunas sin necesidad de arrodillarse ante gigantes como Pfizer, Moderna, Astra Zeneca y demás.  

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