Créditos: Cortesía
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Por Miguel Ángel Sandoval

En la historia del movimiento revolucionario mundial las defecciones o traiciones fueron una constante. Siempre formaron parte de los contratiempos que las organizaciones tuvieron que enfrentar y manejar. Lo mismo con la clandestinidad, que fue la norma. El modus operandi de quienes participaron de alguna manera en las diferentes organizaciones que hicieron diversas formas de oposición política o de la guerra una opción, en países con dictaduras militares, abiertas o no. Por ello, fue algo extraordinario. De la misma manera, el trabajo de inteligencia fue siempre una norma. El adversario o enemigo nunca descansó. Hay datos infinitos sobre ello. Nada hay de excepcional en el asunto.

Existen un montón de ejemplos. Uno de ellos fue la conocida infiltración de un policía de la Ojrana, antecedente de la KGB, en el partido bolchevique ruso. En Guatemala se conocieron los casos de Carlos Manuel Pellecer, del Gallo Giro en Zacapa, del cura Pellecer Faena, en la capital, y de otros con algún renombre. Ninguno de ellos ha sido motivo para estructurar una narrativa histórica. Ninguno. Salvo el caso de “Miguel”-el hombre lobo-. Lo grave del asunto es que se hizo a partir de unos pocos testimonios y dos novelas que narraron una historia de mentiras y traiciones, donde cada uno de los militantes expresó y condensó lo más pútrido de la sociedad en donde se inscribió la acción de estos comunistas. En verdad esto no puede constituir, de forma seria, un análisis con rigor histórico. 

Este es uno de los temas que valdría la pena analizar con mayor detenimiento. Se sabe y esto se dice siempre al paso, que en la historia del Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT) hubo varias rupturas por su oblicua relación con la lucha armada. Esto fue siempre así. Los congresos que se invocaron para decir lo contrario y la forma de hacer de muchos militantes, con serias diferencias de forma y de fondo con la práctica cotidiana, no ha pasado de ser una especie de intentos de acomodar y dar vueltas a la historia.  La historia que se puede hilar sólo vía documentos no es necesariamente exacta y adolece de múltiples defectos. Adicionalmente es de sobra conocido que en las principales figuras de la dirigencia de ese partido –salvo unos cuantos–, siempre hubo oposición férrea a la lucha armada. 

Cito de memoria. El III Congreso adoptó la vía violenta como una de las formas de lucha. Adelante un pleno de 61 vuelve sobre lo mismo. Impulsa en 1962 el intento de Concuá, alguna otra experiencia. Participó en la fundación de las primeras FAR. Luego el IV congreso y entre ellos una serie de declaraciones, que no resolvieron temas prácticos. La letra muerta de los documentos no es más que una de las tantas fuentes que el historiador puede consultar. Hay muchas otras vías. 

Es cierto que muchos militantes de la juventud comunista (JPT) y del partido son de los primeros que se entrenaron y optaron por la vía de las armas. Diría aún más, decenas de cuadros salidos de la juventud comunista empuñó las armas, pero luego sufrieron una enorme decepción y frustración cuando se dieron cuenta que la dirección no acompañó de forma clara y categórica el impulso de la guerra revolucionaria en las diferentes etapas.  Esto es lo que explica el abandono del PGT. No así de la lucha revolucionaria de decenas de cuadros. Ello fue claro en la primera etapa de la guerra que concluyó alrededor de los años 68-69.

En esos años la ambigüedad de la dirección del PGT hacia la lucha armada fue de antología. Ello se expresó, entre otros aspectos, con en el apoyo a la lucha electoral en sucesivas elecciones a fórmulas diversas. Tanto para alcaldes como presidenciales. De forma abierta o solapada. Ejemplos: apoyo a la campaña electoral de Toriello en el 62, luego de marzo y abril. Apoyo a Méndez Montenegro en 65-66, con las FAR en crecimiento. El resultado de esto fue muy sencillo. Desprendimiento de cuadros hacia las FAR (rebeldes).

Posteriormente el intento de constituir las FAR (revolucionarias) por el PGT, entre el 68-69, solo expresó la ambigüedad y una maniobra de distracción. Hacer creer que se impulsó la guerra, pero en el fondo se encontró siempre a la caza de alguna oportunidad brindada por las elecciones o la conquista de espacios en la Universidad o el movimiento sindical.  Son los datos que muy pocas veces se ponen sobre el papel. Es esto lo que explica la ruptura entre FAR y PGT en 1968.

Es un tema bastante complejo y delicado, pues no se me escapa la cantidad de revolucionarios que con las banderas del PGT fueron secuestrados, asesinados, desaparecidos, a pesar de que no había una clara postura de ir por el rumbo de la guerra popular, que era el rasgo principal en nuestro país y en muchos a nivel continental. Fue el espíritu de la Conferencia Tricontinental (1966) y luego de la OLAS (1967).

Esta ausencia de estrategia clara y de práctica en esa dirección fue lo que explica que, durante los años de la guerra, el PGT (a diferencia del PC salvadoreño) nunca contó con una fuerza militar de consideración en el marco de una guerra que se libró durante 36 años y que, a juzgar por un conjunto de documentos, acompañó casi desde el inicio.  Estos son los datos, los hechos.

La Comisión Militar (COMIL) que historia Juan Carlos Vázquez Medeles, no pasa de ser un intento valiente y comprometido de algunos cuadros del PGT, pero que más allá de algunas acciones armadas, no resistieron la prueba de un conflicto armado cruento y violento como el que tuvo lugar en Guatemala.  Son luchas episódicas y ello no explica la totalidad de un proceso como el guatemalteco. No es una muestra relevante por lo corto de su existencia. Adicionalmente, no se logró el objetivo de historiar sobre la experiencia de la lucha urbana en esos años. Hay sin embargo un aspecto que destacar: varias acciones armadas de la COMIL no fueron reivindicadas por la dirección del partido. Fue una actitud cobarde y claudicante. No se explica por el momento político o cualquiera otra consideración. Mi reconocimiento a ese esfuerzo militante y combativo.

Entre paréntesis, (en un trabajo que se quiere académico-científico) hay datos erróneos en nombres, de fechas, le adjudica hechos a quienes no son protagonistas y, sobre todo, no sitúa el contexto histórico que tiene lugar en los años de la guerra.  Especialmente el contexto latinoamericano en los años 60 y posteriores.

En alguna de las conclusiones, se atreve a situar parte de las contradicciones como algo entre comunistas y anticomunistas. Grave error. Las izquierdas guatemaltecas no comunistas o no integradas al PGT estuvieron integradas en sus principales cuadros por marxistas. Pero, además, el gran tema planteado por Marx sobre la violencia como partera de la historia no tuvo eco en muchos de estos comunistas. O, en otros términos, la guerra planteada en los documentos no tuvo un correlato sostenido en la vida o en la praxis como se dice.  

Para muchos de mi generación, ser comunista del PGT o del PC colombiano, mexicano o argentino, equivalía a ser reformista. Por ello hubo rechazo a pensar en “el partido” como la razón de ser que devino por la fuerza de las cosas en una verdadera entelequia. Por esa razón, las rupturas y los desgarramientos. Es más que notable la ausencia de fuerzas militares relevantes en las FAR (revolucionarias) en la COMIL o en otros intentos de facciones de esa expresión política. En el análisis histórico no se puede ser complaciente.

Los datos son categóricos. Una organización como el EGP fundada en los años 70, alcanzó fuerza militar importante. ORPA en los mismos años, logró un nivel de beligerancia militar notable. Aconteció algo semejante con las FAR (Rebeldes). Fueron organizaciones pensadas para hacer la guerra y luego de cumplido su cometido -incompleto por supuesto, se disolvieron-. Para entonces el PGT fraccionado en varias tendencias no poseía ninguna incidencia real en el curso del proceso que tenía lugar. Menos en la fase de la negociación por la paz que culminó en 1996.

Curiosamente estas valoraciones no se encuentran en el recuento que ofrece Medeles. 

Vale la pena leer Militantes Clandestinos para tener una idea de cómo no se puede jugar con la historia, a pesar de tener acceso y leer muchos documentos.

*Las opiniones vertidas en este texto son de exclusiva responsabilidad de quien la emite y no representan, necesariamente, la línea editorial de Prensa Comunitaria.

Autoría y edición

Escritor, activista social, catedrático, consultor y politólogo guatemalteco.

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