Ana María Rodas

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Créditos: Dante Liano
Tiempo de lectura: 3 minutos

Por Dante Liano

Existe un libro que propongo (me permito el arbitrio de la hipérbole) como el perno de una revolución en la poesía de América Central. El libro se llama Poemas de la izquierda erótica, fue publicado en 1973 por Ana María Rodas, y provocó un cataclismo poético del cual todavía se sienten las consecuencias. ¿Se podría decir, sin exagerar, que existe una poesía “antes de Ana María Rodas” y una poesía “después de Ana María Rodas”? Tratemos de argumentar esta afirmación, que por tajante puede parecer ingenua. 

Desde mucho antes que Sor Juana escribiera el irónico “Hombres necios que acusáis…”, las mujeres habían fustigado, con su poesía, la actitud prepotente de los varones. Sin embargo, había un problema de forma literaria. Como bien razonaron los jóvenes rusos de principios del siglo XX, en literatura, forma y contenido son inseparables. El problema era que muchas mujeres, para reafirmar las razones femeninas, habían usado las formas creadas por varones. Era como vestirse de hombre y retar a un tipo a las trompadas. 

La novedad de Ana María Rodas está en la forma que inventó, probablemente originada por sus muchas lecturas anglosajonas. ¿Cuándo aprendió Ana María la lengua inglesa? Solamente sé que domina con fluidez ese idioma. A tal punto que no actúa como los rastacueros que a cada rato incluyen expresiones inglesas en su discurrir, para hacer notar que algo chapurrean de aquel idioma imperial. Ana María lee a Walt Whitman, en su idioma original, y lee a Emily Dickinson (quien, traducida, pierde sabor) y lee a Derek Walcott y, sobre todo, lee a William Carlos Williams, ese gran inspirador de la poesía conversacional de América Latina. 

De su cultura hispánica (los Rodas son de estirpe española), de su conocimiento de la cultura maya de Guatemala (de niña vivió en el Quiché y aprendió a amar a los mayas verdaderos, los que viven aquí y ahora en el país, y a los mayas de los grandes libros de arqueología, los del Popol Vuh), de su conocimiento de la cultura occidental, Ana María elabora una rebelión personal que es, claro está, un contenido explosivo de rebelión contra la hegemonía de los hombres en todas las sociedades, pero, también y sobre todo, es una rebelión contra las formas expresivas creadas por esos hombres y, en muchos casos, contra las formas expresivas impuestas a las mujeres. 

De tal forma que los Poemas de la izquierda erótica irrumpen con violencia blasfema, irreverente y desmitificadora en aquel año de 1973 y rasgan en pedacitos de papel cebolla las delicadezas y efluvios de la “poesía femenina”. El verso libre es prisión para quien lo ejercita, pues lo obliga a concentrarse en el ritmo, no en la métrica ni en la rima. Rítmicas son las enumeraciones de Ana María, y rítmicos los improperios y rítmicos los insultos desesperados.  El léxico no evita aquel lenguaje de carretero o de arriero que una señorita tenía prohibido conocer. Todo el muestrario del mal hablar castellano se despliega a lo largo de sus versos y ese hablar no es mal hablar, se siente justo, adecuado, preciso, pues no hay otra forma para decir la inmensa rabia de un ser humano que ha sufrido opresión, menoscabo, desprecio por el solo hecho de ser mujer. Otro acierto léxico es el uso de términos anatómicos precisos, que la mojigatería colonizada cubría con graciosos eufemismos: la vagina es la vagina, el pene es el pene, el culo es el culo. Y en el fondo, poderoso e imparable, el deseo del placer, el deseo del cuerpo femenino, el legítimo deseo de un éxtasis que ni siquiera los varones conocen. Se podría decir: a partir de ese momento, la poesía no fue la misma, porque fue poesía y usó las herramientas pesadas del idioma.

La casa de Ana María Rodas estaba en el centro de la ciudad vieja, detrás del alto edificio de un famoso periódico. Allí, por las tardes, concurrían jóvenes aspirantes a intelectuales, hombres y mujeres. Ana María vestía un poncho quizá peruano, y servía tazas de exótico té inglés, destilaba una maternal ironía, hablaba de sus hijas como si vivieran en otro universo, de su perro que llegaba descomunal a olfatear a las visitas, dejaba caer como si nada los últimos chismes de la corrupta clase dirigente (era periodista y sabía muchas cosas) y flotaba en esas tertulias una armonía como una niebla pacífica, todos se daban cuenta, nadie se daba cuenta, que ya estaban en la historia de la literatura, merced a los poemas que, en la soledad angustiosa de la casa vacía, cuando ya todos se habían ido, Ana María iba escribiendo con rabia, con demonio, con ángel.

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