Medio siglo de intervención democratizadora en América Latina. Tercera parte

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Créditos: Fabián-Campos
Tiempo de lectura: 3 minutos

Fabián Campos Hernández

Durante las dos partes previas hemos presentado tanto el concepto del intervencionismo democratizador como las condiciones en que se ha desplegado en América Latina. Sin embargo, también es necesario tomar en cuenta algunos elementos de la historia de los Estados Unidos y de las características y condiciones en que se desarrolló esta nueva forma de las relaciones regionales.

El inicio del intervencionismo democratizador en América Latina visto desde los propios Estados Unidos puede entenderse como el resultado de la confluencia de dos generaciones sociales y políticas distintas. En la década de 1970 había un grupo de políticos nacidos en la primera mitad del siglo XX que desde la Segunda Guerra Mundial mantenían una agenda pacifista, multilateralista y crítica de los monopolios estadounidenses. Entre ellos destacó el senador William Fulbright, quien entre otras decisiones controversiales al interior de la clase política nacional se opuso a las actividades anticomunistas del también senador John McCarthy y a la decisión de John F. Kennedy de llevar a cabo la invasión a Cuba mediante la acción mercenaria en Playa Girón. Otro caso es el excandidato presidencial demócrata Bernie Sanders. En la academia, un ejemplo paradigmático es el del filósofo y lingüista Noam Chomsky.

A este grupo se sumó la generación que irrumpió en la escena social y política durante las revueltas estudiantiles de la década de 1960. Opositores a la guerra de Viet Nam, seguidores de los discursos por la abolición de la segregación racial de Martin Luther King y Malcom X, partícipes u observadores en primera línea de la revolución cultural del rock, las drogas, el feminismo y el cuestionamiento a un mundo centrado en los valores patriarcales y machistas, este grupo social que vivió su juventud en los años sesenta, para la década siguiente se estaba integrando a los distintos espacios de poder en la educación o la administración pública. Ejemplos de ellos en la vida política partidaria son el expresidente Bill Clinton, Hillary Clinton y el actual mandatario Joe Biden.

Este grupo heterogéneo que vio en los años sesenta la llegada al poder de Fidel Castro y los “barbudos” a través de los informes clasificados de la CIA o de revistas como Life, para 1970 presenciaron en palco de honor que Salvador Allende ganaba la presidencia de Chile mediante los votos y no las armas. La posibilidad de establecer profundas reformas sociales utilizando las herramientas de la democracia formal se volvió una piedra de toque donde confluían ambas generaciones. Y en las que educaron y formaron a los jóvenes que les siguieron.

Mientras que el golpe de Estado en Chile representó un duro golpe a ese imaginario, al mismo tiempo obtuvieron un triunfo de grandes dimensiones. Desde las universidades, los medios de comunicación y los espacios de poder político formal, estas dos generaciones impulsaron el juicio político a Richard Nixon. El presidente obligado a renunciar los había engañado de muchas maneras. Se había comprometido a firmar la paz en Viet Nam, utilizó a la CIA y acompañado de importantes monopolios había intervenido en Chile para colocar en el poder a un dictador y violador de los derechos humanos, Augusto Pinochet, y de la mano del escándalo del WaterGate había puesto en evidencia la podredumbre imperante en el sistema político estadounidense.

Desde 1970 diversos congresistas jóvenes, unidos con senadores de la vieja guardia, impulsaron desde el Congreso reformas a las leyes de asistencia extranjera. El dinero de los contribuyentes estadounidenses no debía de utilizarse para financiar violadores a los derechos humanos. Debía de existir una correspondencia entre el discurso de crítica a la Unión Soviética y los países de la órbita socialista por su carácter autoritario y antidemocrático y sus propias alianzas internacionales. ¿Cómo podían asumirse como los paladines de la democracia en el mundo si su aliados y testaferros se encontraban en los primeros lugares en las violaciones a los derechos humanos?

Estas iniciativas corrieron una suerte similar. Presentadas en forma de iniciativas o enmiendas concretas desde los distintos comités dedicados a revisar la política exterior, eran modificadas hasta perder todo su filo o simplemente desechadas en los plenos. Desde los medios de comunicación la batalla fue intensa. Finalmente, en 1973 consiguieron su aprobación. Pero fueron aplazadas o rechazadas por la Casa Blanca.

Tuvo que llegar una nueva campaña presidencial, la de 1976, para que esto cambiara. Estas dos generaciones se aglutinaron en torno a la candidatura de James Carter, quien se comprometió a hacer del gobierno de su país “tan bueno y moral como lo es el pueblo estadounidense”.

Los grupos de cabildeo demócratas y progresistas especializados en temas de América Latina, entre ellos la Washington Office on Latin America (WOLA, por sus siglas en inglés), vieron una posibilidad inminente para hacer avanzar su agenda regional. Integrado o cercano a líderes opositores de los gobiernos dictatoriales y militares de América Latina, como el chileno Orlando Letelier o el sacerdote nicaragüense Miguel D’Scoto, el WOLA puso a discusión en los corrillos de Washington la relación entre la Casa Blanca y los violadores de derechos humanos.

La intervención democratizadora estaba a punto de volverse política de Estado. Continuará.

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Autoría y edición

Licenciatura, maestría y doctorado sobre Historia de América Latina en la UNAM de México.

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