El fantasma matemático

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Créditos: Dante Liano
Tiempo de lectura: 4 minutos

Por Dante Liano

Los maestros recurrían a todo tipo de trucos para hacer, de las matemáticas, una materia animada y divertida, sin darse cuenta de que bastaba presentarlas como lo que siempre han sido: un juego con el que se puede poner al mundo patas arriba. Una de las más floridas leyendas entre los que hemos obtenido escasos resultados en esa materia recóndita y esotérica proclama que Albert Einstein era pésimo en aritmética. Las matemáticas son otra cosa: algo así como petulantes hermanas mayores. Por eso, Einstein podía distraerse en sumas y restas, pero no en ecuaciones que le erizaban los blancos cabellos de deliberado excéntrico. Nos enseñaban, en la niñez, cancioncitas que repetíamos como loros: “Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho y ocho dieciséis”. ¿Qué aprendíamos con esa canción? 

Los maestros de matemáticas dejaban como tarea aprender las tablas de multiplicar y hubieran caído desmayados al saber que, tantos años después, su labor se convertiría en humo, en niebla, en nada, ante las calculadoras electrónicas que hasta el más miserable de los móviles posee. En cambio, en esa época, devorábamos tardes enteras en la memorización de “las tablas”: la tabla del dos, que era fácil; la del tres, ligeramente más complicada, hasta llegar a la tabla del nueve, que era la reina de las tablas. De pronto, tu compañero de banco te preguntaba a boca de jarro: “¿ocho por seis?”, y uno se quedaba un momento en suspenso, pero le venía del alma, automáticamente, sin saber lo que estaba diciendo: “cuarenta y ocho”, con lo que el otro agradecía y apuntaba en su cuaderno.

            Las cosas se complicaron en la escuela secundaria, pues allí se pasaba al álgebra, que no se llamaba álgebra. Esa señora estaba casada con un árabe cuyo turbante perturbante aparecía en el soñoliento retrato de la portada del libro de texto. Se llamaba doña Álgebra de Baldor. Nadie preguntó ni nadie explicó quién era este musulmán aterciopelado que tuvo la ocurrencia de complicarnos la adolescencia y sus alrededores. Enrevesadas ecuaciones se iban desenrollando como boas constrictoras a medida que uno iba resolviendo los problemas que Baldor proponía en su libro de tapa dura. Lo bueno de ese libro eran las respuestas al final. Toda mi promoción recuerda a un novicio al que los salesianos pusieron como maestro de matemáticas con total desprecio de su incapacidad para la materia. El pobre muchacho sufría como un galeote mientras desgajaba en la pizarra el chorizo de igualdades que representaban las ecuaciones. Sólo que con frecuencia se equivocaba, y aunque el resultado fuera bueno, la infame suerte hacía que le saliera con el signo equivocado. Malvados, como teníamos la respuesta en el libro, le decíamos: “¡Señor, señor, se equivocó de signo!”. Avergonzado y enfurecido, el novicio exclamaba: “¡Tonces, se le cambia el simno!”. También eso nos hacía reír. Era incapaz de pronunciar la palabra “signo”: por un cortocircuito de su cerebro, decía “simno”. 

            Las cosas se agravaron con la llegada de los hermanos Cabañas. Estos eran dos profesores laicos, uno corpulento y amenazador, el otro flaco y tremolante. Se llamaban, como los sobrinos del pato Donald, Paco y Luis. Mis compañeros les pusieron el apodo de un animal que, en el mejor de los casos, se alimenta de bellotas y produce un jamón apetecible.  A mí me tocó el imponente Luis Cabañas, con el que intercambiamos una inmediata y espontánea antipatía. La antipatía se extendió, por contagio, a la materia que enseñaba: físico-matemática. Yo odiaba estudiar esa materia; Cabañas era implacable conmigo. De modo que los resultados de los exámenes eran siempre raspados, al límite de la perdición, y Cabañas se solazaba en comunicarme las deplorables notas que me deparaba. Por suerte, los Cabañas dejaron su empleo en el Colegio para irse como asistentes universitarios, y los sustituyó el padre Coronillas, un español pequeñito como un chiltepe (capsicum annum) y con una escasa y nula vocación sea para las matemáticas que para el sacerdocio. Algunos años después, cuando me lo encontré en la calle vestido de paisano, me confesó que me hacía superar la materia porque sí, porque le daba la gana. Algunos años después, cambió la sotana por las faldas de una de las catequistas con las que se divertía mucho más que con nosotros.  Algunos años después, en la aulas universitarias, como si el guion de mi vida lo hubiera escrito algún enemigo, me encontré con Cabañas, el corpulento, quien, cada vez que había exámenes, se acercaba a mi escritorio, veía mis respuestas, y meneaba la cabezota, como un San Bernardo que pensara, con regocijada reprobación.

No odié las matemáticas gracias a un librito verde que mi padre compró por diversión. Se llamaba Paradojas matemáticas, y me puse a hojearlo porque estaba en aquella época cervantina en que leía hasta los papeles tirados por las calles. Me cautivó la paradoja del mentiroso: si un mentiroso dice, “Estoy diciendo una mentira”, se plantea el siguiente problema: si dice la verdad, entonces, miente; si miente, entonces dice la verdad, pero si dice la verdad, entonces miente… y así hasta el infinito. Comprendí el significado de la palabra “aporía”. También estaba la de la ranita que cae en un pozo de 27 metros, y que sube de regreso saltando un metro cada vez. ¿Cuántos saltos necesita dar para salir? Ya no me acuerdo, pero me lucía, en esa época, divirtiendo a mis amigos y, sobre todo, a mis amigas, ganando mentirosa fama de inteligencia y simpatía, pero, sobre todo, reconciliándome para siempre con el fantasma matemático.

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