Hablando de religiones

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Créditos: Archivo

Por Marcelo Colussi

Dos comentarios a partir de un provocador texto de Mariano González sobre el tema de las religiones: las mismas ¿pueden ayudar a los cambios sociales, o eso es imposible? Comentan Marcelo Colussi y Romina de la Roca.

Para una comprensión psicológico-política de la religión

Mariano González

Las religiones han sido el principal sistema de sentido y motivación que ha tenido la humanidad en su historia y, pese a las críticas directas que han sufrido o de ciertos procesos de la modernidad (condensados en expresiones como el “desencanto del mundo” y la muerte de Dios proclamada por Nietzsche) como indicadores del retroceso del papel de la religión en la vida humana, sólo falta alzar la cabeza para notar la fuerte influencia y significación de la religión en la vida de millones de personas, incluyendo los peligrosos fundamentalismos que se encuentran en Montana, Medio Oriente, Centroamérica y otras tantas partes del globo.

Se puede suscribir la crítica ilustrada de la religión que hacen Marx o Freud (por poner dos ejemplos importantes), pero ello no significa que se deje de advertir y valorar que la religión tiene una importancia crucial en la vida de las personas.[1] No sólo en términos personales y de creencias “internas”, sino en la vida social y política de los colectivos.

Estas observaciones sirven como introducción para indicar que la religión es demasiado importante como para dejarla en manos de la derecha política o de la incomprensión científica. Sobre todo a partir de la crisis política abierta en 2015 en Guatemala, se puede observar que el bloque histórico en el poder ha instrumentalizado, o pretendido instrumentalizar, las creencias religiosas de un sector importante de la población para favorecer el llamado “pacto de corruptos” a través de la relación de la religión con la “defensa de la vida y la familia” (oposición al aborto) y de los llamados a la obediencia y respeto a las autoridades (Jimmy Morales, porque pertenece a una iglesia evangélica o por la supuesta aquiescencia divina de los gobernantes). La oposición a la diversidad sexual, a lo que se denomina ideológicamente como “ideología de género” y a la propia lucha contra la impunidad, se articulan en torno a creencias religiosas, y la derecha lo sabe y usa a su favor.

Si la crítica es necesaria, la comprensión concreta de qué significa y cómo usan las personas la religión también lo es. En este sentido, la psicología (junto a otras ciencias sociales) aportan a la comprensión de los usos y significados que tienen las personas de la religión. La psicología puede aportar un papel modesto, pero necesario, de comprensión de cómo operan las religiones y cuáles son sus alcances en la vida de la gente: sentido de vida, pertenencia, consuelo frente a las adversidades y la desesperación, motivación para lograr cambios, recurso para la prosperidad o la ascesis, experiencia mística, forma para acallar malas conciencias y justificarse moralmente, legitimación de prácticas directa o indirectamente ligadas a la religión, etc. En términos más políticos, la psicología debe estudiar cómo ciertas expresiones religiosas forman parte de un conjunto de tendencias de derecha neofascista que utiliza las creencias de las personas en favor de determinados intereses políticos como el apoyo al “pacto de corruptos” y de manera básica, al sostenimiento de sistemas que se basan en la injusticia.

Pero también es necesario comprender el papel que juegan otras tendencias religiosas liberadoras, como sucedió en el caso de la Teología de la Liberación que acompañó a los movimientos populares e insurgentes en Guatemala (y Latinoamérica) en el siglo pasado, así como las que sirven a la resistencia política en La Puya (y en otros casos de defensa del territorio) o en el caso de los migrantes indocumentados (por partida doble, pues las creencias religiosas tienen un papel en el sostenimiento de la gente que migra, pero también en la institucionalidad que la acompaña, como los distintos hogares del migrante de la Iglesia Católica).[2]

Estas posibilidades implican el estudio de la subjetividad personal y social que es parte importante del estudio de la psicología y de la psicología social. Hay que anudar la comprensión de la religión, aspecto al que puede contribuir la psicología, con una política democrática y liberadora en la que se debe incluir necesariamente a religiosos comprometidos. Las tendencias de derecha (que van adoptando un tono cada vez más próximo al fascismo o que nunca lo han perdido de fondo) tienen a su favor la inercia social y una interpretación literal de las escrituras que favorecen la apatía, el conformismo social (Martín-Baró) o la defensa militante del statu quo. La propia realidad social guatemalteca en la que las personas creyentes son mayoría (católicas o cristianas), demanda análisis y prácticas consecuentes con la significación que tienen las expresiones religiosas.

Esto lo sabía Walter Benjamin quien en sus Tesis sobre el concepto de historia, hace una mezcla sui generis de materialismo histórico y mesianismo. En efecto, en la primera tesis, hace uso de una conocida historia respecto a un artilugio en el que un muñeco vestido a la turca[3] podría vencer a cualquier oponente que se le presente en un juego de ajedrez. Gracias a un sistema de espejos, se esconde un maestro ajedrecista que maneja al muñeco, pero por ser enano y jorobado no está para dejarse ver. El muñeco representa al materialismo histórico y el enano jorobado a la teología. Lo que propone Benjamin es algo equivalente en política, la unión del materialismo histórico y mesianismo que sirviera para enfrentar el fascismo de su tiempo[4], pero que puede ser urgentemente necesario para los momentos que corren.

Religiones: ¿aporte para el cambio o fuerzas conservadoras?

Marcelo Colussi

No caben dudas que las religiones siguen ocupando un lugar de gran importancia en la dinámica de las sociedades. En algunas más que en otras (por ejemplo, en Guatemala mucho más que en las sociedades europeas). De todos modos, su función de cohesionadora social (religión, del latín re-ligare: unir, amarrar) ha sido desplazada en buena medida por nuevos mecanismos; para el caso: los medios masivos de comunicación. El papel de los mismos supera con creces la influencia de cualquier religión. La guerra de cuarta generación que vivimos (guerra mediático-psicológica de la que absolutamente nadie puede escapar) influye sobre “mentes y corazones” como nadie en la historia.

Las religiones, al institucionalizarse y convertirse en iglesias, siempre han estado en manos de la derecha, de las fuerzas conservadoras. De hecho, se alinean con los poderes porque, ellas mismas, hacen parte de la estructura de poder, pues no existen para cambiar nada, sino todo lo contrario. Las religiones son conservadoras, la argamasa social que sostiene el edificio civilizatorio. Por tanto, ejercen un poder moral (en general temible) que sanciona todo tipo de transgresión, de desviación de “lo correcto”. La sexualidad, en tanto Talón de Aquiles de la Humanidad, cae bajo su vigilancia más estricta.

En alguna ocasión las religiones pueden tener una función de denuncia, pero nunca de elemento transformador (eso iría en contra de su propia esencia). Por ejemplo: la Teología de la Liberación. Es sabido que tanto en Guatemala como en Latinoamérica jugó en décadas pasadas un importante papel en el despertar de conciencias políticas en buena parte de las poblaciones. Pero en tanto religión, tiene ya marcados sus límites. Si intenta ser abiertamente revolucionaria, choca con el poder constituido, y tiene que optar: seguir en la institución religiosa, o desmarcarse. El padre Ernesto Cardenal arrodillado ante Su Santidad Juan Pablo II en el aeropuerto de Managua en plena Revolución Sandinista pidiendo perdón lo dice todo. Ese es el límite infranqueable.

Y del mismo modo: la moral sexual. Los valores religiosos (de cualquier religión: católica, neo-evangélica, de la cosmovisión maya, musulmana, judía, etc.) son patriarcales, homofóbicos, anti aborto, defienden a rajatabla la monogamia (mientras la institución matrimonial hace agua por todos lados y los moteles están atiborrados de “pecadores”). Un cambio social, un verdadero y profundo cambio y no solo una buena intención (la caridad religiosa se alimenta de “buenas intenciones”) difícilmente puede hacer uso de las religiones, dados sus límites conservadores.

Ahora bien: es absolutamente cierto que la gran mayoría de la población guatemalteca practica alguna religión. Y también es absolutamente cierto que la derecha aprovecha esa religiosidad popular para mantener el estado de cosas. De hecho, la explosión de cultos neopentecostales que inundan el país es parte de una muy bien pergeñada estrategia de control social ideada en Washington (ver Documentos de Santa Fe), que sin dudas ha dado grandes resultados para esos planes conservadores. ¿Puede una propuesta religiosa distinta, alternativa, ser un vehículo para el cambio? Por tacto político podría decirse que un proceso transformador debe ser amplio, democrático, no discriminar a nadie. Y en esa perspectiva, lo religioso puede ser un invaluable compañero de ruta. Pero también es cierto que las religiones, cualquiera sea, pueden constituirse en un obstáculo para cambios más profundos, por su esencia conservadora. ¿Cómo barajar esas perspectivas antagónicas? ¿Se resuelve en términos ideológicos o en la arena de la práctica política? Difícil cuestión, por cierto. El debate está abierto.

¿Hasta cuándo la religión será el opio del pueblo?

Romina de la Roca

No se puede negar la trascendental importancia e influencia que han tenido las religiones en la historia de la humanidad, tanto en lo individual como en lo político y social. Sin embargo, que esto haya sido así y que lamentablemente continúe siéndolo, no significa que la existencia de las mismas sea algo realmente positivo en la vida de la humanidad. Si no, habría que preguntárselo a los miles de seres humanos perseguidos, torturados y “ajusticiados” por blasfemos y herejes; en especial a los miles de mujeres asesinadas en la hoguera o en la horca por brujas y hechiceras. O en la época más reciente, a los cientos de niños y niñas abusadas sexualmente por los representantes de estas religiones tan trascendentales. O a los muchos pastores neopentecostales que se enriquecen a costillas de sus acérrimos seguidores. O a las judías que deben “tolerar” oraciones como “Gracias, Señor,[…] porque no me hiciste mujer”. Los “errores” cometidos por algunos de los representantes religiosos no significa que eso pregonen las religiones; sin embargo, toda la gran estructura que hay detrás sí funciona de tal forma que los protege, defiende e incluso puede llegar a justificar.

Si bien es cierto que a muchas personas las religiones les sirven como una esperanza para encontrar solución a sus males o problemas, la explicación a situaciones negativas que no comprenden porque “siempre han sido buenos creyentes y practicantes de su religión”, la aceptación de situaciones que consideran injustas (la muerte de un ser muy querido o la enfermedad de un hijo, etc.), a otras más bien les han representado inmensos problemas que les han costado incluso la vida. En nombre de las religiones se han peleado guerras. Y aunque a veces las religiones han reconocido sus errores y se han modernizado, aún siguen siendo una forma de engaño y de llamado a la obediente resignación. Es decir, aceptar la existencia de las religiones y más aún, el reconocimiento de que se hace necesario utilizarlas para alcanzar otros fines, puede resultar un tanto perverso, porque sería justificar como daños colaterales los grandes males que ocasionan. Y resultaría muy difícil determinar qué tanto es bueno y qué otro tanto no. Es por eso que, sin importar a qué ideología respondan las religiones para manipular a las masas, ellas en sí mismas conllevan un engaño. Aunque sea una religión enmarcada en la “opción preferencial por los pobres”, no deja las raíces que la unen con la iglesia tradicional, llena de oro. Aquella que pregona “bienaventurados los pobres porque de ellos será el reino de los cielos”. La foto de Ernesto Cardenal de rodillas besando el anillo de Juan Pablo II y pidiendo perdón, es una muestra de ese vínculo que perdura, aunque para ello haya muchas justificaciones.

¿No sería más saludable mentalmente que la gente se libere del pensamiento religioso y encuentre la solución a sus problemas de forma racional y desde un enfoque científico? ¿No sería más liberador dejar de temerle a un dios que, aunque se “porten bien”, siempre los pone a prueba y les manda castigos para ver qué tanto “le aman”? ¿No sería mucho mejor que los miles de creyentes supieran que si son pobres es porque unos cuantos les explotan y se enriquecen a costa de su trabajo y no porque “de ellos será el reino de los cielos”? Sería mejor que las religiones dejen de ser el falso consuelo de miles de personas.

No se pueden eliminar las religiones por decreto de la noche a la mañana, y mucho menos la creencia en ellas. Aunque no se esté de acuerdo en lo que significan, se debe reconocer que son un actor más en la vida política y social. Y claro, mejor que ese actor trabaje en favor de las grandes mayorías siempre olvidadas y se convierta así en un compañero en el camino hacia el cambio del sistema económico, político y de poder. Pero se debe ser cuidadoso y no olvidar que la religión puede ser solamente eso, un compañero de camino, y que llegará un momento en no habrá más puntos de coincidencia, y entonces se convertirán en un enemigo a combatir.


[1] El propio Marx lo sabía y por ello indicaba que la crítica de la religión es el principio de toda crítica. Cuando se cita que “la religión es el opio del pueblo” se omite lo que le antecede, a saber: “la religión es el suspiro de una criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón, el espíritu de una situación carente de espíritu”, que comprende a la religión como consuelo en este “valle de lágrimas” (aunque Marx no suscribiera dicho consuelo).

[2] Max Horkheimer, uno de los principales miembros de la Escuela de Frankfurt, hablaba de un momento de verdad de la religión, a saber: “El inextinguible impulso, mantenido contra la realidad, de que ésta debe cambiar, que se rompa la maldición y se abra paso la justicia”.

[3] La imagen de Benjamin es tremendamente irónica. El materialismo histórico es el muñeco vestido a la turca, con una pipa de narguile en la mano que, como se sabe, se usa para fumar opio y la religión “es el opio del pueblo”, pero en la tesis benjaminiana es la representación del “materialismo histórico” la que fuma opio…

[4] Las tesis fueron puestas por escrito tras el pacto Ribentrop-Molotov de no agresión entre la Alemania de Hitler y la URSS de Stalin. Era, en expresión de Reyes Mate, “medianoche en la historia”. 

Marcelo Colussi

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Autoría y edición

Estudió Psicología y Filosofía en su país natal Argentina.

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