Créditos: Fabián Campos

Hace un año el mundo observó como cientos de miles de chilenos salieron a las calles a protestar contra el gobierno de Sebastián Piñera y el sistema neoliberal del que es perpetuador. La respuesta del Estado ante la movilización social fue la preferida por la derecha, la represión y el menosprecio de aquellos que se encuentran en condiciones prácticamente subhumanas a causa de un sistema económico y social agresivamente excluyente.

Sin embargo, las manifestaciones no cesaron. Las voces se fueron concentrando en una demanda que todos los sectores inconformes hicieron suya, Chile requiere una transformación profunda en todos los ordenes de la vida social, económica, política y cultural. Y esa transformación pasa por la creación de una nueva constitución que derogue la base legal del sistema neoliberal y el legado de la dictadura militar encabezada por Augusto Pinochet. Por medio de los votos se puede dejar atrás un sistema ideado, conformado y aplicado por los Chicago Boys y cuyos principales beneficiados han sido la oligarquía nacional, las empresas transnacionales y las fuerzas armadas, sobre el menoscabo permanente de los más mínimos derechos humanos de la inmensa mayoría de los chilenos.

Hace una semana, exactamente un año después de la manifestación que captó la atención del mundo, los chilenos salieron a votar y decidieron por una aplastante mayoría convocar a una asamblea constituyente que genere un nuevo pacto social, político y económico. La izquierda ha tomado este triunfo como una reivindicación del proceso cegado abruptamente por los Estados Unidos hace 47 años, la transformación encabezada por Salvador Allende. Su profética frase, emitida momentos antes de morir asesinado o por suicidio, de “Pisaré las alamedas nuevamente” ha retumbado los oídos de tirios y troyanos. Sin embargo, este triunfo se da en condiciones que parecen conducir al fracaso de los movimientos sociales y a la negativa de las demandas que llevaron a la calle a esos miles de chilenos.

Evidentemente, el sistema neoliberal impuesto en Chile desde la década de 1970 ha perjudicado enormemente a las grandes masas de la población. Un sistema educativo privatizado que esta sustentado en créditos que vuelve deudores a todo aquel que busque integrarse al sistema. Servicios públicos en manos de empresas privadas que generan altos costos y baja calidad en el agua, luz, teléfono o transporte. Bajos salarios y condiciones laborales permeadas por la “flexibilidad laboral” neoliberal. Pensiones que generan altos niveles de rendimiento para las empresas, pero raquíticas pensiones para los jubilados. Pueblos originarios víctimas del racismo, el clasismo y el machismo al tiempo que sufren de pobreza, marginación y la expoliación de sus territorios y recursos naturales bajo las lógicas del libre mercado. Todos estos sectores, y otros más, fueron los que se levantaron. Todos encontraron en la demanda de una constituyente una posible solución a sus problemas particulares.

Pero esos movimientos sociales que han cimbrado las bases del sistema social. político, económico y cultural chileno no cuentan actualmente con un instrumento político que les permita crear una agenda común. Obnubilados por los resultados de las urnas, los analistas no han reparado en las contradicciones existentes en las demandas de los sectores. Que todos estén en contra de el sistema neoliberal no implica que compartan un horizonte de transformación ni que los cambios esperados por todos ellos sean compatibles.

La mayoría a favor de la constituyente no implica que los distintos movimientos sociales, varios de los cuales forman parte de esta forma de “autoconvocados”, sin estructuras que permitan dar continuidad a proyectos más allá de las necesidades inmediatas de las movilizaciones, puedan presentar candidatos comunes. Existen, claro está, personalidades que han alcanzado cierta proyección local o nacional, pero no representan ni convocan a la totalidad de los que se han manifestado en las calles a lo largo de un año. No existe un instrumento político en el que puedan dirimirse las diferencias ideológicas y de proyectos. No existe un liderazgo que sirva de fiel de la balanza. Ese fue el problema al que se enfrentaron los bolivianos y hace 23 años lo resolvieron con el MAS y con la figura de Evo Morales.

A lo largo de los siguientes meses se podrán atestiguar convocatorias de la más diversa índole para encausar las protestas sociales a candidaturas de constituyentes. Los llamados a la unidad y a la conformación de un proyecto nuevo de país serán tema de todos los días. Pero ese tipo de procesos son largos, tortuosos y agotadores para movimientos sociales tan carentes de estructuras como los que se ponen en primer plano en el escenario chileno.

Teniendo en consideración todo ello, la pregunta necesaria es si el triunfo obtenido por los movimientos sociales chilenos hace una semana no es una victoria pírrica. ¿Ganaron las elecciones para perder la posibilidad de otro Chile?

Comentarios y sugerencias: [email protected]

Autoría y edición

COMPARTE