Créditos: Dante Liano

Por Dante Liano*

Uno de los fenómenos más interesantes de los últimos tiempos es la práctica de la mayoría de la gente de hacerse autorretratos con el propio movil, sobre todo si están en una situación agradable (una cena, un aperitivo o un viaje turístico). El nombre en inglés es selfie. Los pobres escritores, que por lo general son escritores pobres, han sufrido un grave golpe a su autoestima (generalmente una sobrestima), pues ahora los lectores, en lugar de pedir una dedicatoria, se contentan con hacerse un selfie con el sonriente artista, amargado por dentro porque, al contrario del autógrafo, el selfie no garantiza la compra. Uno se puede consolar pensando que le sucede también a Leonardo da Vinci. La masa de visitantes que, en el Louvre, se apuñusca delante de la Mona Lisa, no se preocupa tanto de contemplar el cuadro, cuanto de hacerse un selfie que atestigüe su visita al museo. Luego lo colgarán en Facebook, en Instagram o harán una payasada en Tik Tok. Vi, por primera vez, en Venecia, unas extensiones que ahora venden para poner el smartphone en alto y que el selfie tenga la panorámica adecuada. Ya no ven el paisaje, ya no ven la soberbia arquitectura, ya no ven el arte. Al menos, no directamente. Lo ven después, en la foto que se han sacado.

foto: Melancholie 1989, Fernando Botero

El estudioso Giovanni Stanghellini nos propone una reflexión sobre el fenómeno del selfie. (G. Stanghellini, Selfie, Sentirsi nello sguardo dell’altro, Milán, 2020). Parte, como nosotros, de la constatación del fenómeno y sugiere que se trata de una nueva relación de los seres humanos con el propio cuerpo. Una teoría budista sostiene que el primer ideal de una persona sería hacer desaparecer la consciencia del cuerpo. Si yo no estoy pensando en mi cuerpo, esto quiere decir que está funcionando perfectamente. O sea: yo no vivo pensando en esta muela o en aquel incisivo. Si lo pienso es porque me recuerdan su presencia con alguna molestia. Si un alto objetivo es olvidar el cuerpo, la meta suprema sería olvidarse incluso del espíritu: ya no pensar, sumergirse en el nirvana. 

Al contrario del budismo, las sociedades occidentales impulsan una obsesiva consciencia del cuerpo. Stanghellini nos recuerda que, en épocas antiquísimas, las gentes no tenían esa conciencia: eran una sola cosa con la naturaleza. A partir de los textos griegos y latinos, en cambio, se establece la separación entre cuerpo y espíritu. Y, con raras excepciones, de Aristóteles a Hegel, se ha privilegiado el alma sobre el cuerpo. Para perfeccionarse, un ser humano tenía que refinar su espíritu, aun sacrificando y castigando su cuerpo. El estoicismo y el ascetismo nos invitan a llegar a la perfección a través del sacrificio corporal. 

Solo a partir de la segunda mitad del S. XIX, prosigue Stanghellini, se produce una inversión total de esa tendencia. A partir de ese momento, será el cuerpo el centro de la atención de la cultura, relegando el espíritu a un segundo lugar. El estudioso coloca el inicio en Schopenhauer, no por nada seguidor de las doctrinas orientales. En la época en que Schopenhauer escribe, comienza a imponerse la fisiognomía, una falsa ciencia cuya propuesta es que el carácter de una persona está determinado por su apariencia física. De allí, algunas creencias populares, como la difundida patraña de que los gordos son naturalmente buenos. Será Nietzsche quien dará patente filosófica a la mayor importancia del cuerpo sobre el espíritu, autorizando, en una suerte de “rompan filas”, a satisfacer las pasiones sensuales como una demostración de la potencia de la voluntad.  Todo el siglo XX tendrá pensadores que postularán el primado del cuerpo y de sus deseos como una afirmación necesaria del ser humano. Piénsese en Freud: su descubrimiento del inconsciente rompe completamente el esquema racional del Occidente. Ya no es la voluntad, fruto de la razón, la que guía nuestras acciones. Hay un invitado incómodo, el inquilino del piso de abajo, quien, en muchos casos, es responsable de lo que hacemos. Fromm pone en competición la pulsión de la vida (la energía sexual) con la pulsión de la muerte (la represión de esa energía).

Tal evolución del pensamiento occidental repercute en el excesivo cuidado del cuerpo que caracteriza a nuestras sociedades. La obsesión de la gente por no ser gorda ha dado lugar a una florida industria de las dietas. ¿Cuántos de nosotros no están permanentemente a dieta y permanentemente nos sentimos culpables por cada pizza o cada helado que comemos? Esto sucede porque en la época contemporánea preocupa más mostrar un cuerpo perfecto que un espíritu refinado. Y la clave está en exhibirse a los demás, no tanto a nosotros mismos.  La dimensión corporal ha llegado a ser tan hegemónica que no nos sentimos en vida si no hay alguien que certifique la existencia de nuestro cuerpo. De allí el selfie para colgar en las redes sociales. Son los otros, con sus likes y emoticones los que me dicen: “existes”, porque he exhibido mi físico delante del David de Miguel Ángel, en donde lo que más importa no es la obra de arte, sino yo, que estoy delante. Una conexión decididamente perturbante la establece Stanghellini cuando recuerda que el mecanismo del selfie es el mismo de la anorexia. Todo es aparecer delante de los demás. Mi ego es la imagen que los demás tienen de mí. La imagen corporal. Por eso mismo, dejar de comer con tal de aparecer como la norma de delgadez impone. Matar el cuerpo, el mejor selfie.

* Escritor guatemalteco, 1948. Comenzó a publicar narrativa desde muy joven. En 1974, ganó el Primer Premio en la sección Novela, con Casa en Avenida, en los Premios Literarios Centroamericanos de Quetzaltenango. La persecución contra los docentes universitarios lo decidió a dejar el país en 1980. Se estableció en Italia, donde se dedicó a la enseñanza universitaria. Actualmente es profesor de literatura española e hispanoamericana en la Università Cattolica del Sacro Cuore (Milán). Ha publicada varias novelas, entre ellas: El lugar de su quietud (1989), El hombre de Montserrat, (1994), El misterio de San Andrés, (1996), El hijo de casa (2004).

Publicado originalmente en: https://dantelianoblog.wordpress.com/2020/08/12/el-mejor-selfie/

Autoría y edición

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