Bolivia, vidas y muertes en la pandemia

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Créditos: ranklin Gutierrez Zárate/Centro de Formación y Realización Cinematográfica – CEFREC

Por Franklin Gutierrez

El momento es sencillo de explicar: Ayer se murió Don Macario y hoy Don Andrés.

Se preguntarán por qué causa. No tenemos la absoluta certeza, pero todas y todos lo intuimos. A pesar que, a estas alturas de la pandemia, no tiene sentido preguntarse si es por Covid-19, porque en Bolivia, es casi imposible hacerse una prueba. Es muy probable que sí, pues la gente se está muriendo por decenas a causa del Covid-19, pero también a causa de muchas otras enfermedades como consecuencia del colapso del sistema de salud, la falta de atención médica, la falta de medicamentos, la falta de respiradores, oxígeno y demás insumos médicos. Por esto mismo se puede decir que, principalmente, la gente en Bolivia se está muriendo por la falta de voluntad política.

Don Macario en vida fue el “el zapatero del barrio”, como decimos popularmente, un reparador de zapatos, para ser más claros. Quien día a día atendía con cariño las urgencias de las personas que se acercaban a su puesto ubicado en el mercado de un barrio popular de la ciudad de El Alto.

Siempre te recibía con una sonrisa. Sin dejar de hacer sus tareas, te invitaba a sentarte en una banquita que ponía en frente suyo. Y era una regla, que antes de hablar de la reparación, primero debíamos hablar de política, de la difícil situación que vive Bolivia desde el golpe de Estado, el pasado noviembre y de todas las barbaridades que estaba haciendo el gobierno de facto. Ya cuando llegó la pandemia, no pudimos seguir con nuestras charlas, lo saludábamos desde lejos nomás, aun as

. De que vamos a vivir si no trabajamos, decia.las barbaridaes que estaba haciendo el í seguía trabajando con su barbijo puesto. “De qué vamos a vivir si no trabajamos”, decía.

Ayer pasé por su puesto y estaba cerrado. Una vendedora vecina me dio la mala noticia de que Don Macario había fallecido por falta de espacio en los hospitales del El Alto. Y así está la situación en El Alto y en Bolivia, todos los días se ven desgarradoras escenas de personas que mueren en las puertas de los hospitales, en sus casas o, peor aún, en las calles. Y esto no es una licencia literaria para dotar de mayor dramatismo a este texto, ésta es la vida real en las barriadas más populares de las ciudades bolivianas. Tristemente Don Macario fue una víctima más que, además, seguro no entró en la estadística del impacto del Covid-19 que se da todos los días por las televisoras del país, como si fuera un programa de terror.

Por su parte, Don Andrés, era un ex trabajador minero jubilado, quien ayudaba a su esposa a atender una tiendita en el mismo barrio de Don Macario, y donde los vecinos nos aprovisionábamos cotidianamente de lo imprescindible, para seguir adelante con la vida. Siempre amable y preocupado por los demás, preguntaba cómo estaba la familia cuando uno se pasaba a comprar pan y otros insumos básicos.

Desde hace varios días la tienda de Don Andrés cerró, y hoy nos enteramos que se fue en silencio, porque no hubo visitas a su casa para despedirlo y porque no habrá velorio, ni entierro. Porque esta enfermedad es así, nos separa y nos deshumaniza.

Don Andrés murió en su casa, porque no tenía caso insistir en llevarlo a un hospital; si ni tan siquiera están ingresando en los hospitales al propio personal médico contagiado del seguro social, menos a los jubilados.

Por el contrario, la propaganda del gobierno de facto y su discurso principal, hace hincapié en que lo prioritario, para ellos, es la salud y la vida de las y los bolivianos. Se explayan en insistir que están gobernando solo para luchar contra la pandemia y para proteger la vida de toda la ciudadanía. Pero sabemos que es mentira, que la vida de la población, nuevamente empobrecida y abandonada bajo el régimen de facto, no les importa. Critican y descalifican como “irracionales, sediciosos y hasta terroristas” el hecho de que en medio de la pandemia los movimientos sociales exijan la realización pronta de las elecciones nacionales, que ya fue pospuesta en varias ocasiones y hoy aún no se tiene la certeza de cuándo realmente de realizarán, por que en verdad no se quieren hacer. Las organizaciones sociales exigen la celebración de las elecciones para que haya un gobierno que de verdad afronte la pandemia, pensando en las grandes mayorías y no solo en los intereses de los enriquecidos.

Entonces, ¿qué es lo que está pasando en realidad?

Lo cierto es, que las y los ciudadanos de a pie, que no tenemos privilegios, ni dinero, sentimos que estamos abandonados a nuestra suerte. Y más aún, obligados a vivir en un escenario de terror, preparado especialmente para inmovilizarnos e inhibirnos de nuestros derechos políticos, sociales y sanitarios. Es decir, para dejarnos caer en el miedo y la desesperación que está provocando la enfermedad y así ellos prolongar indefinidamente este gobierno de facto y todas las medidas contra los avances de los últimos catorce años.

Complementariamente y con el mismo fin, están la violencia y la persecución política que impone el Ministerio de Gobierno, junto a la policía y las fuerzas militares, que tratan de minar las diferentes voces de disidencia y perseguir los liderazgos sociales, utilizando también a los medios de comunicación (en su mayoría, sino todos, afines al golpismo) y al sistema judicial, que se han acomodado sin problema al nuevo orden impuesto. Así pues, después de varios meses aún existen refugiados políticos en la embajada de México, y se acosa a ex autoridades y dirigentes de las organizaciones indígenas, sociales y campesinas, muchas de ellas encarceladas. Igualmente, el permanente acoso violento y político de grupos paramilitares armados, como el denominado Resistencia Cochala, que salen a intimidar a la población cada vez que hace falta, con total impunidad y hasta con protección de la propia policía.

Estoy seguro que Don Macario y Don Andrés pasaron a mejor vida con la amargura de saberse víctimas de las infamias y la vileza del gobierno de Janine Añez, que en pocos meses está destruyendo la Bolivia digna y del Vivir Bien que estábamos construyendo. Seguros de que, desde donde estén ahora, y al igual que la mayoría de población, se preguntan a gritos:

¿Dónde fueron a parar los cientos de millones de dólares del tesoro general de la nación y que captó del exterior y supuestamente asigno el gobierno de facto para enfrentar la pandemia?

¿Dónde están los 500 respiradores que se prometieron en el mes de marzo, y de los que hasta ahora no llegó ni uno solo?

¿Por qué no se encarceló a los verdaderos y principales responsables de la corrupción de los otros 170 ventiladores inservibles y de los muchos escándalos de corrupción dados en el gobierno de facto?

¿Por qué se le negó aterrizar a dos aviones llenos de medicamentos y equipamiento para la pandemia?

¿Por qué no controlan e intervienen a las cadenas de farmacias y a las grandes empresas que importan los medicamentos y que son las responsables de la especulación y la subida de los precios?

¿Por qué no viabilizan la ley que aprobó la Asamblea Legislativa Plurinacional que obliga a las clínicas privadas a atender gratuitamente a los enfermos de Covid-19 y a controlar y juzgar sus abusos en los cobros excesivos?

¿Por qué en estos más de 5 meses de emergencia lo único que se ha equipado son la policía y las fuerzas armadas?

¿Qué alternativas económicas reales han dado a la población para que no muera de hambre antes que del Covid-19?

¿Cuánto más tiene que suceder para que entiendan a la gente que se manifiesta de mil modos para que este gobierno se vaya y vuelva la democracia en Bolivia?

En resumen: ¿Hasta cuándo seguirá mintiendo, engañando y destruyendo al país el gobierno de facto?

En algún momento, quizás, nos encontraremos en la eternidad, pero por ahora me imagino a Don Andrés sentado en la banquita de Don Macario, conversando juntos sobre todo esto con los dioses tutelares andinos.

Descansen en paz.

El Alto Bolivia, agosto de 2020.-

Autoría y edición

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