Créditos: Dante Liano
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Por Dante Liano

Creo que, para todos nosotros, es ya común y casi natural ver que, en los transportes públicos, la gente no ve más que la pantalla de su teléfono móvil. Una mirada indiscreta puede revelarnos que la mayoría están intercambiando mensajes en WhatsApp. Otros se entretienen con inocentes juegos casi infantiles. Algunos consultan Facebook. Si entráramos a un vagón del tren, y encontráramos que todos sus ocupantes están disfrazados de Batman, la situación nos parecería bastante extraña. No nos sorprende, en cambio, la máscara que implica refugiar la vista en el smartphone, una barrera más en la ya larga historia de la incomunicación entre los seres humanos. Paradójicamente, un instrumento de comunicación es utilizado para no hablar con los demás.

Leo, en Big data, de Marco Delmastro y Antonio Nicita (Bologna, Il Mulino, 2020), que “cada 60 segundos, en Facebook, la gente crea 3.3 millones de entradas y que en el mismo período se publican 510 mil comentarios a esas entradas; en Twitter, se envían 470 mil mensajes, mientras que, en WhatsApp, se intercambian 38 millones de mensajes. En tanto, se efectúan 3.8 millones de búsquedas en Google”. Se trata de una masa enorme de datos.

Lo interesante es que, para poder acceder a esos datos y participar en la oleada de comunicación mundial, así como para ingresar a cualquier sitio de Internet o abrir una cuenta de correo electrónico, estamos obligados a dar una serie de referencias personales que nos parecen bastante inocuas. Al menos, desde nuestro punto de vista: nombres y apellidos, fecha de nacimiento, sexo, nivel de estudios, y algunas minucias más. Podríamos decir que, desde nuestra perspectiva, son informaciones sin importancia. A cambio de eso, recibimos gratis una serie de servicios: mensajería electrónica, la posibilidad de publicar cuanta sandez se nos venga a la mente, intercambiar imágenes y chismes, reírnos con videos cómicos, comprar a distancia con la entrega casi inmediata de la mercadería y tantas otras canonjías más.

Creo que todos hemos aprendido que nada es gratis. Y mucho menos los servicios que se nos ofrecen en Internet. El gran valor comercial de la Red son precisamente los datos que le damos. Más la usamos, más informaciones sobre nuestra persona son coleccionadas por los gigantes de la Web. El verdadero objeto comercial de las redes sociales somos nosotros. Poco a poco, se va creando un perfil de cada usuario que lo coloca dentro de categorías sociales y económicas muy precisas. Damos tantas noticias a Internet, que las grandes compañías han creado una nueva unidad de medida: el zetabyte. Cada zetabyte corresponde a una capacidad de archivo semejante a 36 mil años de videos en HD. Se calcula que, en 2025, se habrán acumulado 163 zetabytes de datos.

De esa enorme cantidad, el 80% no son útiles por ahora. Lo que interesa es el 20% restante. Desde un punto de vista comercial, la utilidad es muy grande. Las empresas pueden comprar los perfiles de sus futuros compradores, con tal exactitud, que ya no necesitarán gastar en publicidad genérica. Se dirigirán (como ya lo hacen) directamente a su seguro comprador. Si yo compro un par de pantalones por el e-commerce, puedo estar seguro que, por correo electrónico, recibiré publicidad de pantalones. Se están produciendo algoritmos predictivos tan potentes y tan refinados, que pueden anticipar los comportamientos individuales. Michael Kosinski, creador del appMypersonality”, ha demostrado que se puede identificar la orientación política de un usuario con una probabilidad del 85%; su credo religioso, con una probabilidad del 82%; el género, con una probabilidad del 93%; el origen étnico, con una probabilidad del 95%. (Controle la música que le sugiere Spotify: verá que es un auténtico retrato de sí mismo).

Se ha llegado al extremo que Amazon Technologies ha registrado una patente para un “modelo anticipado de envío de paquetes”. El Anticipatory Package Shipping, consiste en adivinar cuáles serán las órdenes futuras de un cliente, de manera que se prepare con antelación el paquete que le será enviado. Quiero decir, uno ni ha pensado en lo que va a comprar y Amazon le tiene ya listo el embalaje.

Y si en el comercio el manejo de datos ha llegado a tal eficiencia, en el ámbito político ha sido igual. En la actualidad, una de las mayores fuentes de información viene de las redes sociales. El algoritmo que crea nuestro perfil, maneja también el flujo de información que recibimos. De ese modo, estamos leyendo mensajes u observando videos que se adecúan a nuestro perfil. En otras palabras, nos informan de lo que nos gusta. Y se burlan de los políticos que no nos gustan. De ese modo, quien posee las redes sociales fácilmente puede crear noticias e inducir nuestras preferencias políticas. Ya existe la posibilidad de crear videos artificiales con personajes conocidos que dan falsas declaraciones. No hay gobierno en el mundo, por pequeño que sea, que no tenga una fábrica de fake news. Falsas contextualizaciones, contenidos enviados por fuentes falsificadas, contenidos creados en forma artificiosa y noticias manipuladas son el arsenal contemporáneo de la política.

Y para terminar, no hay empresario que, al seleccionar personal, no dé una ojeada a los perfiles sociales de los candidatos. Pueden imaginarse los resultados. Una bravuconada hecha a los 20 años y posteada en Facebook puede influir sobre la asignación de responsabilidades a una persona que ha llegado a los 40. Más aún, existen empresas especializadas en elaborar el currículum de una persona según los datos que le venden las grandes empresas de Big Data. El mismo algoritmo que sirve para ofrecer comprar un determinado producto, puede servir, también, para elaborar un perfil completo de una persona (creencias religiosas, políticas y sexuales), incluso aquellos datos íntimos que nunca se incluirían en un currículum. Y de eso puede depender nuestro futuro laboral.

*Escritor guatemalteco, 1948. Comenzó a publicar narrativa desde muy joven. En 1974, ganó el Primer Premio en la sección Novela, con Casa en Avenida, en los Premios Literarios Centroamericanos de Quetzaltenango.. La persecución contra los docentes universitarios lo decidió a dejar el país en 1980. Se estableció en Italia, donde se dedicó a la enseñanza universitaria. Actualmente es profesor de literatura española e hispanoamericana en la Università Cattolica del Sacro Cuore (Milán). Ha publicada varias novelas, entre ellas: El lugar de su quietud (1989), El hombre de Montserrat, (1994), El misterio de San Andrés, (1996), El hijo de casa (2004).

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