El Proyecto Rivers y los derechos humanos más allá de lo humano: una genealogía

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Créditos: ©LViaene, 2002
Tiempo de lectura: 9 minutos

Por: Lieselotte Viaene

“El Tzuultaq’a es Dios porque yoyo, vive”, me dijo una anciana q’eqchi’ en Guatemala. Corría el 2002 y yo era una estudiante belga de antropología que pensó que le hablaban sobre una creencia, un mito más de los tantos que tienen los pueblos indígenas mesoamericanos. El Tzuultaq’a, sin embargo, es más que eso. Es un concepto que significa literalmente Cerro-Valle. Enmarca la cosmovisión de los pueblos mayas y su relación con su entorno natural. En ese momento no lo sabía, pero ese Tzuultaq’a maya definió para siempre lo que ha sido mi vida académica, profesional y hasta personal. Era la semilla del proyecto Rivers.

Crecí en Ieper en el Noroeste de Bélgica. Mi infancia y adolescencia transcurrieron en el campo. Desde la casa de mis padres se podían observar tres cerros, un paisaje bastante peculiar en medio de las características planicies de mi país. Para mí, esas tres formaciones geológicas no eran más que un enorme volumen de acumulado de piedra y tierra. Algo nada especial.

Entré a estudiar criminología y como parte de mi formación realicé una pasantía en la Policía Regional en Rotterdam, Holanda. Allí, un crimen realizado por una mujer camerunés, cuya resolución pasaba por el estudio de antecedentes etnográficos, me llevó a interesarme en la antropología.

Así, inicié un postgrado en antropología en la Universidad de Gante, Bélgica.  La investigación de mi tesis de postgrado giraba en torno a los procesos de reconciliación y justicia en el posconflicto guatemalteco. Como parte de mi proyecto de tesis viajé al país centroamericano para adelantar un trabajo de campo con grupos indígenas víctimas de la guerra. Durante esa experiencia me acerque a una concepción diferente a la que, como una mujer europea, tenía sobre lo que nos rodea.

En ese viaje, esos tres cerros que se veían desde la casa mis padres dejaron de ser tan solo un montón de piedra y tierra.

Cerros y valles vivos

Tenía 22 años y me encontraba rodeada por la comunidad q’eqchi Chicoj Raxquix a 20 minutos en carro de la cabecera municipal de Cobán, Guatemala. El asentamiento estaba conformado por 40 familias desplazadas víctimas del conflicto que se habían organizado con la ayuda de la Iglesia Católica. Mi intención era participar en el wa’tesinq, una ceremonia tradicional para inaugurar la instalación de unos treinta postes de energía que le llevaban por primera vez electricidad al pueblo.

Ofrendas wa’tesinq: gallos y copal pom, 
comunidad Chicoy Raxquix, Cobán (Guatemala) ©LViaene, 2002

Wa’tesinq quiere decir, literalmente, dar comida. El propósito de aquel wa’tesinq era, precisamente, alimentar a Tzuultaq’a, y así pedir su protección y permiso para el uso de aquellos postes de energía que le traían prosperidad a los Chicoj Raxquix.

Los ancianos de la comunidad descabezaron unos gallos para recoger su sangre. La usaron, junto con su carne mezclada con cacao, para dibujar cruces sobre ofrendas ceremoniales. Un guacal ceremonial circulaba con boj, una tradicional bebida fermentada resultante de caña y maíz. Prendieron mucho copal pom, una resina de un árbol con un aroma sagrado.

Todo era muy extraño para mí. Un mundo ajeno y lejano, pero fascinante.

Una vez terminamos la primera parte de la ceremonia, nos dirigimos hacía los postes en plena oscuridad. Los tambores, flautas y violines, y las oraciones del guía espiritual y los ancianos fueron el compás para los niños, mujeres y hombres. Al lado de cada poste fue enterrado un gallo. Se inició una enorme fogata y los ancianos se dispusieron a tocar melodías ceremoniales a su alrededor en un ritual que llaman mayejak. En esas estábamos cuando, sin darnos cuenta, amaneció.

Los rayos del sol se asomaban. Una gran cantidad de comida fresca nos esperaba para superar el trasnocho. Compartimos una deliciosa kaq’ik (sopa de gallina), tortillas de maíz y frijoles. Aquella merienda me supo a gloria.

Manuel, el guía espiritual, me aseguró que todo había salido muy bien. El Tzuultaq’a había dado su autorización para que aquéllas 40 familias tuvieran electricidad en sus casas. Los q’eqchi de Chicoj Raxquix estaban agradecidos con su entorno natural por permitirles introducir este extraño elemento; aquellos postes tenían vida-energía, su xmuhel, porque provenían del Tzuultaq’a y estaban integrados al territorio.

“Así debe ser”, me dijo Manuel con ojos brillantes y una sonrisa dibujada en su rostro. Para él, sin la ceremonia “el Tzuultaq’q y los postes de energía no estarían contentos. Se enojarían y asustarían a las familias”. Había concluido con éxito mi primer wa’tesinq. No olvido la alegría que sentí en esas personas esa mañana, una energía electrizante.

Comprendí que todo lo que nos rodea tiene vida y que tenemos que agradecerlo. De una manera u otra todo está integrado. Las personas y los animales, las plantas y los árboles, los cerros que veía desde la casa de mis padres, todos, tienen vida-energía.

Todo lo que conforma un paisaje, un entorno natural, tiene vida.

El maíz lloraba por la guerra

Poco tiempo después inicié mi doctorado en derecho sobre el rol de los contextos culturales en procesos de justicia transicional. Quería comprender cómo los maya q’eqchi’ de Guatemala, tanto las víctimas como los expatrulleros de autodefensa civil, entendieron los conceptos centrales de este emergente campo conectado con los derechos humanos: justicia, reparación, reconciliación, memoria histórica.

Aprendí q’eqchi’. Nunca logré hablarlo bien, pero obtuve el nivel suficiente para conducir entrevistas y grupos focales junto con Marta, mi traductora. Participé durante dos años en muchos wa’tesinq y mayejak. Unos en pequeños círculos familiares, otros en comunidades enteras.

Mayejak ante Cruz víctimas del genocidio región Nimlaha’kok
©LViaene, 2008

Poco a poco aprendí que lo que los abogados llaman “violaciones de derechos humanos”, para los q’eqchi’ no se limita al ser humano. En numerosas ocasiones oí hablar de que el Tzuultaq’a fue violado por el Ejército y los patrulleros de autodefensa civil.

Aprendí que la violación del derecho a la alimentación por el Ejército no solamente implicaba hambruna. Era una profanación profunda del maíz, un ser no humano y sagrado para los mayas. Según el Popol Vuh, su libro más antiguo, los mayas son de maíz. Durante el conflicto armado, el maíz lloró porque las milpas fueron quemadas.

“Ahora el Tzuultaq’a y el maíz sagrado están muy enojados”, me aseguraron muchos ancianos. “Por eso es que las cosechas ya no son como antes, por eso hay el feminicidio, estas maras, tanta violencia, por toda la sangre inocente que se arrojó sobre la tierra”, sentenciaban.

Presenté estas narrativas q’eqchi’ en conferencias académicas internacionales sobre los logros y desafíos de la justicia transicional, que por aquel entonces era un campo novedoso. Recuerdo una mega conferencia organizada por la Universidad de Oxford en 2009. Allí sí que les quedó difícil a mis colegas juristas abrirse a otras miradas. Encontré una enorme resistencia a la aproximación a los derechos humanos desde los conocimientos mayas.

En aquellos foros, tanto en la capital de Guatemala como alrededor del mundo, la sentencia, casi unánime, fue: “los derechos humanos son para los humanos”. Para la academia y la comunidad defensora de derechos humanos la espiritualidad indígena era un conjunto de mitos, nada más.

El río Chixoy iba a morir por el proyecto hidroeléctrico Xalalá

En 2014 regresé, tras una ausencia de cuatro años, a una de las zonas q’eqchi’ en Guatemala. El propósito era elaborar un estudio sobre el proyecto hidroeléctrico Xalalá y su impacto sobre los derechos humanos. El exgeneral Otto Perez Molina era presidente y planteaba la construcción de la hidroeléctrica como una prioridad nacional. Las presiones sobre las comunidades para que no se opusieran al megaproyecto eran inmensas.

Para poder adelantar el estudio me vi obligada a ampliar mis etnografías. Aquellas que se circunscribían a las violencias del conflicto armado ahora abarcaban a las violencias de los proyectos extractivos en los territorios indígenas.

Me reuní varias veces con los q’eqchi’ afectados por la hidroeléctrica Xalalá. En estos encuentros no me sorprendió escuchar que la obra de infraestructura amenazaba al impactante río gigante Chixoy, que es yoyo y está vivo. También los cerros que rodean ese cuerpo de agua iban a sufrir y a llorar cuando el Gobierno abriera los caminos para iniciar los trabajos de construcción de la represa.

Estas nuevas violencias eran iguales a las viejas. Los q’eqchi’ las llaman nimla rahilal, el gran dolor y sufrimiento. Ya no eran masacres de personas, ahora eran la matanza de los ríos sagrados.

El informe de la investigación sobre lo acontecido en la represa Xalalá tenía que dar eco a las preocupaciones de los q’eqchi’. La construcción de esta enorme mole de concreto en medio de la selva iba más allá de las violaciones a derechos humanos.

Y así fue. El nombre que recibió el documento fue: “¿Qué pasará con nuestra tierra y agua sagradas?”.

En 2015 organizamos una gira de tres semanas para presentar el informe, tanto en las comunidades en ambas orillas del río Chixoy, como en la cabecera municipal de Cobán y en la capital. La criminalización de las autoridades indígenas que defendían sus tierras contra los mega proyectos iba aumentando vertiginosamente.

En la tarde en la que presentamos el informe en un hotel de la capital junto con varias organizaciones indígenas, ocurrió algo inesperado. La Policía Nacional detuvo a Rigoberto Juárez y Domingo Baltazar, dos reconocidos líderes de la oposición hidroeléctricas en el departamento de Huehuetenango, cuando entraban al evento. Duraron un año como presos políticos del Estado guatemalteco.

El río y sus derechos

En todos estos años de colaboración con los q’eqchi’ aprendí que las montañas te pueden llamar. En 2017 sentí ese llamado y regresé a Guatemala. En esta ocasión iba como investigadora post-doctoral con una beca Marie Curie de la Comisión Europea. Contaba con más recursos y sentía reivindicado mi trabajo de tantos años. Pero lo que era aún más importante, volvía para continuar aprendiendo de los q’echi’ y el impacto de los proyectos de desarrollo extractivo sobre la tierra y los ríos.

En este nuevo aprendizaje en las tierras q’echi’ de la Alta Verapaz no estaba sola. Rachel Sieder, profesora de investigación senior de CIESAS de México y acompañante de mi camino académico, venía conmigo.

Preparación mayejak ©LViaene, 2017
 

Antes de adentrarme en las tierras mayas, impartí un seminario en Ciudad de Guatemala sobre saberes indígenas de agua y conflictos ontológicos, gracias a una invitación de la Asociación de Abogados Maya Nim Ajpu.

Cuando preparaba mi ponencia, una colega me dio una noticia muy importante. En Nueva Zelanda habían emitido una ley que le otorgaba derechos a un río.

Mi estudio y mi investigación adquirían una nueva dimensión. El panorama se ampliaba.

Poco después una Alta Corte de la India y la Corte Constitucional de Colombia seguían esta novedad jurídica. Sentí que una nueva moda internacional legal había nacido. Estaba encantada.

Había aprendido en este largo camino que el concepto indígena de que todo tiene vida y se debe proteger como se protege la vida humana no era nuevo. Pero su reconocimiento legal si era novedoso. Para mí los q’eqchi’ y los abogados litigantes tenían ahora un nuevo instrumento jurídico para hacerle frente a los megaproyectos extractivos.Ahora, la vida del río, el agua y los bosques podría ser protegida por el derecho.

El proyecto RIVERS – sentipensando sobre el agua y la naturaleza 

Ahora es difícil seguirle la pista a la infinidad de seminarios, webinars, publicaciones académicas, o cuánto foro les venga a la cabeza, que se organizan sobre los Derechos de la Naturaleza y la jurisprudencia ecológica. Existe una euforia entre un creciente puñado de abogados que creen esta nueva doctrina jurídica va a salvar al mundo. Pero, casi dos décadas después de aquella primera experiencia de wa’tesinq y de mayejak, esta novedad legal me deja con muchos interrogantes.

Lo que me pregunto es si ese Norte Global – que es más que una referencia geográfica – en realidad tendrá la apertura mental y conceptual para afrontar estas concepciones indígenas que en principio no existen en ese mundo jurídico. A mí me ha costado 20 años y todavía siento que estoy iniciando el camino.

Por ejemplo, en todos estos años de aprendizaje con los q’eqchi’ nunca los había escuchado decir ni declarar que los elementos del entorno natural deben tener derechos.  ¿Será que este nuevo lenguaje de juristas europeos y americanos es otra vez una colonización y orientalismo del mundo indígena? También me preocupa ¿cómo se evita una romantización exagerada de la imagen que el indígena vive en armonía con la naturaleza?

Creo que ahí tengo algo que ofrecer a la discusión global. Mi aporte es el proyecto RIVERS. Se trata de una investigación con un equipo internacional de cinco años de duración en torno a una pregunta: ¿Hasta qué punto el derecho internacional de los derechos humanos puede abarcar y entender las realidades plurilegales del agua y la naturaleza? 

Diseño de investigación Rivers (2019-2024)

RIVERS, que es financiado por el prestigioso Consejo Europeo de Investigación (ERC por sus siglas en inglés) de la Comisión Europea, busca seguir reflexionando sobre los múltiples rompecabezas que han generado mis encuentros con los q’eqchi’. En veinte años, timil timil – poco a poco – aprendí que es urgente de conversar sobre nuestras resistencias y racismos epistemológicos, sobre el impacto y los límites de la modernidad, sobre la colonialidad de poder y la colonialidad jurídica, y sobre la existencia de pluriversos.

Debemos plantearnos interrogantes sobre nuestros privilegios y nuestro rol como investigadores del Norte Global. Pensar en cómo apoyar procesos colectivos de co-construcción de conocimiento académico en clave de diálogo verdadero con los pueblos indígenas.

En estos cinco años aspiro impulsar diálogos de sentipensar Sur-Sur y Sur-Norte basados en investigaciones empíricas colaborativas en Nepal, Guatemala, Colombia, y espacios clave de pueblos indígenas dentro el sistema protección de los derechos humanos de las Naciones Unidas.

Mirando al futuro, espero que RIVERS pueda contribuir con su granito de arena a estas complejas cuestiones y realidades. Que genere espacios de debate y diálogo sobre los puntos de encuentro entre visiones y prácticas que se antojan opuestas.

Agradezco inmensamente a Germán Daniel Díaz-Rivas por sentipensar conmigo sobre este río personal que me llevó al proyecto RIVERS.

*Sobre la autora

Lieselotte es Profesora en el Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Carlos III de Madrid (España) y es la Investigadora Principal del proyecto de investigación RIVERS- Agua/Derechos humanos, ¿más allá de lo humano? Ontologías indígenas del agua, encuentros plurilegales, traducción interlegal.  Lieselotte es antropóloga con un doctorado en Derecho (2011, Universidad de Gante, Bélgica) y ha colaborado con pueblos indígenas en Guatemala, Ecuador, Perú y Colombia. Fue investigadora Marie Skłodowska-Curie en el Centro de Estudios Sociales (CES) de la Universidad de Coimbra (Portugal) (2016-2018). Trabajó también, entre ellos, con el asesor de Derechos Humanos de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidades para los Derechos Humanos en Ecuador (2010-2013), donde estuvo a cargo tanto del área de derechos colectivos de los pueblos indígenas y afrodescendientes, como del área de justicia transicional. Su último libro es: Nilma Rahilal. Pueblos Indígenas y justicia transicional: reflexiones antropológicas (2019, Universidad de Deusto, España).

*Serie “La Naturaleza y sus Derechos” – Coloquio Jóvenes Investigadores, abril 2020. Escrito por Lieselotte Viaene, Investigadora principal RIVERS. Publicado originalmente en:

Autoría y edición

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