Créditos: Dante Liano
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Por Dante Liano

Tres acontecimientos aparentemente diferentes y distantes, corren sobre el alambre insostenible de la pandemia del coronavirus. El conocimiento del primero lo debo a la prensa internacional. Algunos supermercados de los Estados Unidos, dicen las noticias, han tenido que cerrar debido a la violencia de los clientes. El tema de la disputa ha sido el uso de las mascarillas. Cuando un empleado nota a un comprador sin la mascarilla, lo conmina a usarla, y con mucha frecuencia la reacción del cliente puede ser violenta hasta la agresión física. Una trabajadora cuenta que un cliente, furioso porque no encontró el codiciado papel higiénico, le dio un golpe en la nuca. Los compradores reaccionan así porque interpretan las llamadas de atención como un tentativo de restricción de su libertad individual.

El otro episodio me llega a través de un comentario de un amigo. Parece ser que los ricos de su país han decidido que el dinero provee de inmunidad al covid-19, lo cual demostraría (consuelo de pobres) que la riqueza no da inteligencia. Sea como sea, luego de haber participado a un funeral (con la ostentosa ausencia de mascarillas y de distancia social) los acomodados miembros de la próspera casta fueron a una casa, en donde departieron con comidas y bebidas, siempre con gran desprecio de las precauciones contra la epidemia viral.

El tercer episodio no es un episodio sino un artículo de periódico que proclama la existencia de una conspiración mundial para propagar el virus y así reducir el gasto público de las jubilaciones y, además, reducir el crecimiento demográfico. Ocioso es decirlo: según el iluminado articulista, los jefes de tal conspiración son todos norteamericanos y todos del Partido Demócrata. Hace unos días recibí un WhatsApp delirante con los mismos conceptos. 

Trato de explicarme de la manera más clara posible el anterior conjunto de hechos heterogéneos. Me parece curioso que un acontecimiento que pertenece al ámbito científico se haya convertido en cuestión ideológica. Son nuestros tiempos. Si, en el siglo XX, uno podía afirmar sin temor a contradicción que dos más dos son cuatro, en estos dorados tiempos alguien podría proponerme que, a lo mejor, dos más dos no son cuatro, sino cinco, o tres, y que esa certeza mía es fruto de la constricción escolar para crear ciudadanos obedientes y credulones.

Una de las causas de tal actitud, que pone en tela de juicio lo que antes llamábamos “verdades científicas” tiene orígenes económicos. Sabemos que la escuela dominante en las teorías económicas es el neoliberalismo, el de los austriacos Hayek y Mises (me niego a recordar cuál de los dos lleva el apreciado prefijo “von”). Una posición política derivada del neoliberalismo es el anarco capitalismo. En palabras simples, el anarco capitalismo proclama la total desaparición del Estado liberal, y su sustitución por las leyes del mercado. Los anarco capitalistas pregonan que si dejamos que las leyes del mercado actúen libremente dentro de una sociedad de competitividad y libre empresa, todos los aspectos de esa sociedad se van a estabilizar. Ejemplo: si el Estado abandona salud y escuela, las leyes de la oferta y la demanda harán que emerjan las mejores escuelas posibles y los mejores hospitales posibles. Toda intervención del Estado, afirman, es una restricción de las libertades individuales pues conspira contra el axioma fundamental del anarcocapitalismo. 

Las reacciones de los estados nacionales delante de la aparición del coronavirus han sido bastante diversificadas. En países en donde dominan gobernantes secuaces declarados o escondidos del anarcocapitalismo, la estrategia ha sido dejar de  imponer medidas severas (como la trilogía que todos sabemos de memoria: uso de mascarillas, distanciamiento social, lavado de manos), sino sugerirlas. En algunos casos, como en el Brasil, apostar por la “inmunidad de rebaño”: esperar a que se infecte el 80% de la población para que se creen anticuerpos de masa. En países en donde gobiernan las socialdemocracias a la europea, el Estado ha impuesto con severidad esas medidas higiénicas y ha establecido penas severas contra los infractores. Italia, Grecia, España, Francia y Alemania. Y, claro, también están los que han comenzado con un tipo de medidas para cambiar al tipo contrario.

Por supuesto, la actitud de los que impugnan la existencia del coronavirus es explicable, hasta que no les dé a ellos. Creo que, a estas alturas, dada la experiencia sensible, ni el premier inglés ni el presidente del Brasil creen que la existencia del coronavirus es una opinión. Sin embargo, siguen creyendo que obligar a los ciudadanos a seguir ciertas reglas higiénicas es una constricción de su libertad. A este punto, más que una cuestión científica se trata de responsabilidades políticas e históricas (por no hablar de las judiciales) de las cuales tendrán que rendir cuentas. La historia nos enseña que si yo, en el ejercicio de altas responsabilidades gobernativas, pude detener un holocausto y por razones ideológicas contribuí a su desarrollo,  tendré que responder por ello. Delante de todos los tribunales posibles. 

*Escritor guatemalteco, 1948. Comenzó a publicar narrativa desde muy joven. En 1974, ganó el Primer Premio en la sección Novela, con Casa en Avenida, en los Premios Literarios Centroamericanos de Quetzaltenango.. La persecución contra los docentes universitarios lo decidió a dejar el país en 1980. Se estableció en Italia, donde se dedicó a la enseñanza universitaria. Actualmente es profesor de literatura española e hispanoamericana en la Università Cattolica del Sacro Cuore (Milán). Ha publicada varias novelas, entre ellas: El lugar de su quietud (1989), El hombre de Montserrat, (1994), El misterio de San Andrés, (1996), El hijo de casa (2004)-.

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