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Por Fernando Espina – miembro del grupo Intergeneracional

6 de junio 2018

Estoy muy triste por la tragedia humana derivada de un fenómeno natural en el que, con las precauciones adecuadas, se hubiera evitado la pérdida de vidas.

Mucho se está hablando y se hablará, una vez más, de la falta de ordenamiento urbano, de la incapacidad del gobierno de atender emergencias, de los malos protocolos de seguridad, de la falta de personal calificado, etcétera, etcétera.

¿Cómo es posible que después del Mitch, del Stan, de la E12, de Panabaj, del Cambray y de otras tragedias parecidas estas sigan sucediendo?

Salvo muy contadas excepciones, siempre las víctimas son pobres, son parte de ese grueso grupo  que representa según la Encovi el 59.3% de la población, esos guatemaltecos que viven con menos de Q.15.00 al día o de Q.450.00 al mes. De aquellos a los que sus ingresos no alcanzan para más que sobrevivir y eso significa mal comer y mal cubrir sus necesidades básicas, como vestimenta y calzado de paca, una cama y con suerte una tele. No pueden darse “gustitos”, ciertamente no pueden darse lujos. Si en Guatemala habitan digamos que 16 millones de personas, los pobres serían casi 9.5 millones.

Lo pienso y lo pienso… y siempre llego a la misma conclusión: los pobres en Guatemala son una política de Estado. Los pobres son la base de la economía finquera y de la explotación que sostiene a las familias que de verdad gobiernan este país, y así ha sido desde el inicio de nuestra historia.

Esos pobres de ahora son los descendientes de aquellos encomendados que al principio fueron entregados a las grandes fincas como mano de obra gratuita a cambio de cristianización; son los mismos que históricamente han cortado café, azúcar y últimamente palma africana a cambio de jornales de miseria. Son quienes hoy en día las empresas de seguridad y de limpieza reclutan con salarios que apenas alcanzan el mínimo, son las empleadas de casa explotadas por quien puede pagarlas, son los mozos de fincas y jornaleros que ven como una bendición recibir un salario injusto porque es mejor ese algo que nada.

La pobreza no es voluntad de dios o, como muchos dicen, que “son pobres porque son huevones”. Los pobres son pobres porque así los necesita el sistema.

El sistema le ha enseñado a esos pobres que mientras más hijos tengan es mejor porque así podrán tener más ingresos por jornales, lo que es una trampa más, pues mientras los pobres sean más, más barato será su trabajo, porque siempre habrá alguien dispuesto a aceptar menos que el otro con tal de recibir algo en lugar de nada.

Los pobres también son importantes para los partidos políticos. Cada cuatro años los políticos activan su maquinaria para repartir migajas a los pobres para que voten por ellos. ¿Cómo no van a votar por quien les dé Q.150.00, un colazo en camión, una playera y un tamal, si eso junto puede representar sus ingresos de un mes jornaleando, en caso que consigan jornal?

¿Pudo haberse evitado la tragedia? Claro que sí. Veamos el ejemplo del famoso hotel y campo de golf: a la una menos cinco circulaba en redes sociales un video en el que la gerente de seguridad decía que ya todos los huéspedes y personal habían sido evacuados del lugar.

¿Por qué no se evitó? Porque la atención a y el bienestar de los pobres no es importante para el Estado. Que se mueran 100 mil pobres por desastres naturales o por lo que sea ¡Qué importa, tenemos más de 9 millones en reserva que trabajaran con más ganas! Pero que esos pobres se organicen contra los abusos de las fincas, de las hidroeléctricas, de las minas y transportes, ¡dios me guarde! Ahí sí que hay que poner a toda la maquinaria del Estado a someterlos al orden, incluso con violencia si es “necesario”.

Pareciera que acabar con la pobreza en el país sería un contrasentido para el sistema económico y político, sería como pegarse un tiro en el pie. No veo a los políticos y a sus financistas – que ahora por los casos de financiamiento ilícito sabemos quiénes son y tradicionalmente han sido- luchando por erradicar la pobreza. No les interesa… a ellos solo les interesa seguir engordando sus millonarias cuentas de ganancias y comprar votos al más bajo precio cada 4 años, manteniendo así no solo su mano de obra barata sino sus privilegios legales, fiscales, políticos y demás.

El cambio no puede venir de ellos, el cambio debe venir de la organización de los pobres, de impulsar propuestas que rompan dicho sistema económico y político electoral. De propuestas que pongan al gobierno al servicio de todos y no solo de los poderosos, de lograr condiciones de vida digna para todos, que incluyan lugares seguros para vivir, tres tiempos de comida, educación y salud gratuita de calidad y empleo digno. Con eso las emergencias serían mínimas o, al menos, habría otro sentido común para enfrentarlas.

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