Los comandos urbanos de la guerrilla de las FAR

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Créditos: Fotografía Hemeroteca

Por Luis Ovalle

– 1 – Ataque al Segundo Cuerpo

La guerra en la ciudad se libró en condiciones totalmente desventajosas. Los comandos urbanos sólo podían ir armados para ejecutar una acción previamente planificada. Era común que los compañeros y compañeras llegaran a un punto de encuentro donde recibían las armas a utilizar, las que después de la operación entregaban para ser debidamente embuzonadas.

Pero la principal forma de operar se basaba en métodos conspirativos. La compartimentación era fundamental, como prevención ante el riesgo de ser capturados por el enemigo. En las FAR se vivieron distintos momentos en la ciudad, desde los que se dieron en los inicios, en los años 60’s, con una alta dosis de temeridad, hasta los registrados en los últimos años, en los 90’s, cuando se daba más prioridad a la seguridad.

Hay infinidad de historias no contadas, de carencias, de dificultades, de peligros enfrentados, pero principalmente de mucho coraje y entrega…

El Che Luis realizó un mes antes un último “caminamiento” en los alrededores del Segundo Cuerpo de la Policía Nacional. Consistía en desplazarse a pie, por las calles aledañas al puesto policial y elaborar un croquis detallado del lugar. Suponía que se llevaría a cabo una acción, pero aún no sabía si él tendría alguna participación.

El croquis debía incluir, además de los puntos cardinales, los hospitales, tiendas, iglesias o escuelas que estuvieran cerca. Antes de concretar una acción varios compañeros, sin conocerse, debían realizar los “caminamientos”, en distintos horarios, incluso de madrugada, para determinar la situación operativa.

El día del operativo el responsable inmediato de Che Luis le dijo: — “Vamos al cine antes que llegue la hora”. No sabía a qué hora se refería e imaginó que se reunirían con el responsable superior. Un comando urbano debía estar preparado para cualquier cosa. Sabía también que para alcanzar el éxito de una acción era necesario tener el menor acceso a la información.

La película escogida no fue la mejor motivación: tres adolescentes intrépidos planificaban e intentaban un atentado a unas torres de energía eléctrica, pero finalmente eran capturados. Che Luis salió del cine con una sensación agridulce. La película mostraba el valor de los jóvenes, pero también sus errores, que finalmente los llevaban a ser derrotados. “Solo es una película”, se dijo.

— Ya casi es hora, le dijo el responsable, que lo hizo volver a su realidad. No debía preguntar. Su obligación era respetar la compartimentación. Caminaron durante unos minutos hasta que los alcanzó otro compañero que iba en un pick up, con un tonel al fondo. Che Luis, sin darse cuenta, hizo una pregunta indiscreta: — ¿Y ese tonel en la palangana? —Es para protegernos un poco, por si nos disparan, respondió el compañero.

Recordó entonces el “caminamiento” y ató cabos. Se subieron a la parte de atrás del pick up y abajo del tonel iban dos fusiles G-3, que él y su responsable utilizarían en la acción. Tomaron por la 10 avenida A y dos cuadras antes colocaron balas de salva a los fusiles. Eran las que utilizaban para impulsar granadas a cierta distancia. Media cuadra después apareció a pie otro compañero que lanzó lañas a lo largo de la 4ª calle para pinchar las llantas si alguna patrulla los seguía posteriormente.

Guatemala vivía en esas fechas en un ambiente de intensa represión en contra de los estudiantes de educación media y de la Universidad de San Carlos. Unos meses antes, once compañeros y compañeras directivos de la Asociación de Estudiantes Universitarios fueron secuestrados, torturados y asesinados.

El pick up iba despacio. —Che Luis sentía eterna la media cuadra que faltaba para el lugar de la acción. Él y su responsable tomaron posiciones en la palangana del pick up, cada uno hincado, con un G-3 entre las piernas. El automóvil se detuvo para que los combatientes apuntaran y dispararan hacia las puertas del puesto policial, donde se encontraban al menos tres agentes platicando, sin prestar atención a lo que ocurría en la calle. La primera granada cayó unos 30 metros antes del objetivo, en tanto la segunda detonó sobre el techo.

Los policías se quedaron petrificados sin tomar ninguna reacción inmediata. El compañero que conducía el pick up dobló sobre la décima avenida y cruzó en la séptima calle para dirigirse con dirección a la Guardia de Honor. El compañero responsable ordenó a Che Luis cubrir los fusiles bajo sus piernas. Se alejaron hacia la zona 9 y finalizaron en la zona 8, donde descendieron del vehículo. Cada quien tomó su camino.

Muy temprano, al día siguiente, Che Luis se dirigía a su trabajo, en un bus del transporte público. Un policía, que conversaba con el piloto, narraba los detalles del atentado sufrido un día antes, en el Segundo Cuerpo. —Ya es muy peligroso ser policía en esta época, le decía. — Viera, nos dispararon con armas de grueso calibre ¿y nosotros qué podemos hacer con una pistolita? — ¡La verdad estoy pensando seriamente en renunciar! No vale la pena arriesgar la vida por un mísero salario.

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