¿Bolivia será gobernada por la izquierda después de la covid-19?

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Créditos: La Tercera
Tiempo de lectura: 3 minutos

Por Fabián Campos Hernández

Durante esta semana fue aprobada en Bolivia la fecha para la realización de las elecciones presidenciales que darán fin al golpe de Estado contra Evo Morales ocurrido el 10 de noviembre del año pasado. La nueva fecha es el 6 de septiembre. Con este anuncio arrancarán unas campañas electorales que tendrán encima las miradas de todo el mundo porque responderán a la pregunta de si el Movimiento al Socialismo (MAS) será capaz de recuperar el poder y dar inicio a otro largo periodo gobernando el país sudamericano.

A lo largo de una década, el MAS gobernó con la legitimidad que le daba el respaldo electoral de más de la mitad de los votantes. Un ejercicio de tan profunda aceptación que estaba sustentado en trasformaciones sociales y económicas que catapultaron a Bolivia de ser uno de los países más pobres y desiguales en el mundo a ser reconocido por diversos organismos internacionales como un ejemplo de políticas públicas.

La crisis del MAS inició cuando Evo Morales decidió lanzar una campaña política que le permitiera un cuarto periodo presidencial, aún en contra del voto mayoritario resultado del referéndum del 21 de febrero de 2016 que le negaba esa posibilidad. El rechazo a la decisión de Evo Morales redujo su respaldo dentro de las clases medias y los sectores urbanos, aunque mantuvo su popularidad entre los sectores más pobres.

Debido a ello, durante la campaña presidencial de 2019 se veía complicado que Evo Morales consiguiera la mayoría necesaria para ganar en primera vuelta. Todas las encuestas marcaban una amplia ventaja para el MÄS sobre una oposición dividida y enfrentada entre sí, pero todos los indicadores hablaban de la necesidad de una segunda vuelta donde una derecha unificada podría terminar con catorce años de políticas que habían afectado a las clases terratenientes y oligárquicas bolivianas.

En las elecciones de 2019, no hay ninguna duda, Evo Morales ganó nuevamente la presidencia. Pero el reducido margen de votos y algunas irregularidades hicieron cuestionable que no fuera necesaria la segunda vuelta. Las protestas sociales no se hicieron esperar y el ejército boliviano terminó por “sugerirle” al presidente constitucional que abandonara el cargo y el país. Ese golpe de Estado donde tuvieron mucho que ver los Estado Unidos y sus aliados en Brasil, Argentina, Chile, Perú y Ecuador, dio inicio a un gobierno inconstitucional y a políticas regresivas que les retornan los beneficios a las clases altas y que desmantelan el incipiente Estado de Bienestar que se había construido en Bolivia.

La oposición estaba urgida de realizar pronto unas elecciones que dieran legitimidad al cambio de gobierno y que aprovecharan tanto la persecución contra los militantes del MAS como el descredito social e internacional de ese partido como opción de poder. Sin embargo, la pandemia de la Covid-19 vino a alargar ese periodo suspendido al obligar a la postergación en diversas ocasiones de la fecha para la realización de los comicios.

Este tiempo en realidad ha jugado en contra de la oposición. Escandalosos casos de corrupción, tráfico de influencias y malversación de fondos públicos han desbarrancado liderazgos “cívicos” que habían emergido durante las protestas sociales. La derecha boliviana continuó dividida y enfrentada entre sí, menoscabando su mayoría electoral que es un hecho en Bolivia por lo menos desde 2016.

Con el anuncio de que las nuevas elecciones se realizarán el próximo 6 de septiembre surgen dudas sobre si podrán ser realizables en medio de la pandemia. Aún con ello, las encuestas hablan de una vieja fotografía. Luis Arce y David Choquencahua, candidatos a la presidencia y vicepresidencia por parte del Movimiento al Socialismo, llevan la delantera con alrededor del 33% de las preferencias electorales. El expresidente Carlos Mesa y la presidenta de facto Jeanine Añez, segundo y tercer lugar en los sondeos, suman otro 35%.

De mantenerse la división de la derecha, cuestión de por sí dada como un hecho por las diferencias irreconciliables de los intereses que representan, el próximo 6 de septiembre el Movimiento al Socialismo volverá a ganar la presidencia del país sudamericano, pero será necesaria una segunda vuelta. Es decir, Bolivia regresará al momento en que estuvo en octubre del año pasado.

Los resultados de una segunda vuelta son tan impredecibles como lo eran hace un año. Pero si el Movimiento al Socialismo logra remontar ese hándicap, la llegada al poder de dos de los pilares en la construcción de una economía que beneficiaba en primer lugar a los más pobres tendrá que revertir los efectos profundamente negativos de un año de medidas neoliberales de facto, los daños de la covid-19 y hacer sentir avances a una clase media postergada y resentida. De lograrlo estaremos ante el inicio de un nuevo largo periodo de gobiernos de izquierda en aquel país.

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Autoría y edición

Licenciatura, maestría y doctorado sobre Historia de América Latina en la UNAM de México.

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