Guatemala y Palestina: dos testimonios de la colonización

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Autora: Iskra Soto Orantes.

En medio de la crisis global provocada por el Covid-19, el recién formado Gobierno de unidad nacional israelí liderado por Benjamin Netanyahu, anuncia la puesta en marcha a partir del mes de julio de este año la anexión ilegal de los asentamientos ilegales judíos y el valle del Jordán, que representan un 30% del territorio de Cisjordania, extendiendo la soberanía israelí a parte del territorio palestino ocupado. El Coronavirus ha paralizado al mundo, la economía y ha confinado a una tercera parte de la población mundial, sin embargo, como podemos ver, la ocupación ilegal israelí no se detiene.

Ante estos hechos, no puedo evitar recordar cuando visité Palestina por primera vez hace once años en calidad de cooperante. Palestina, sin imaginarlo, superaría todas mis expectativas y cambiaría mi vida para siempre.

En Palestina fui testigo de la perpetración de una ocupación militar ilegal sobre territorios ya poblados, y su colonización en pleno siglo XXI. Cinco siglos después, pude ver en tiempo presente, como los conocimientos y las sensaciones adquiridas a lo largo de los años sobre los hechos acontecidos durante la cruenta colonización de América, se ponen en práctica por parte del Estado de Israel sobre la población y los territorios palestinos.

Como guatemalteca y latinoamericana, estudié desde pequeña la historia de cómo los españoles nos conquistaron, cometiendo grandes masacres hasta teñir los ríos de rojo de tanta sangre indígena derramada. También, aprendí cómo el proceso de colonización posterior a la conquista, en virtud del nombre de Dios, despojó a las poblaciones originarias de sus tierras, tradiciones, impuso un nuevo idioma, nuevas costumbres y una nueva religión. Crecí siendo testigo de los crueles niveles de racismo y discriminación que se viven en nuestro país, tomando consciencia a lo largo de los años, de que el racismo sirve como herramienta para justificar la segregación, la dominación y también, para cohesionar a la clase dominante.

Pero nada es igual cuando lo experimentas en primera persona, lo vives, lo palpas y lo sientes. En este sentido, Palestina me enseñó a comprender más allá de conocer y a entender con empatía, la realidad de mi país. Por primera vez comprendí conceptos como el derecho a la libre autodeterminación de los pueblos y el vínculo estrecho entre una población y su territorio. Me sorprendí al darme cuenta, como dos países tan lejanos y tan distintos entre sí, compartían tanto en común.

Entendí qué como seres humanos somos capaces de estudiar la historia, aprenderla, construir opiniones y tomar consciencia sobre diversos temas. Pero si no lo comprendemos, corremos el riesgo de reproducir hasta el cansancio discursos vacíos. Tal es el caso del discurso sionista cristiano evangélico introducido en Guatemala en los últimos años. Una narrativa que promueve una postura netamente sionista en torno a la figura de Jesucristo y la fe cristiana. Defiende a Israel como el país por derecho divino de los judíos y celebra con alegría su constitución después de 2000 años de exilio, hasta calar en la opinión pública guatemalteca a niveles tan profundos e ilegales, como apoyar las decisiones políticas del reconocimiento de Jerusalén como la legitima Capital de Israel, o como establecer en el calendario oficial el 15 de mayo como “El día nacional de la amistad entre Guatemala e Israel”, día en que el pueblo palestino conmemora la Nakba (ver más adelante).

Paul Valéry afirmaba que “La Historia, es el producto más peligroso que la química del intelecto ha elaborado… Hace soñar. Embriaga a los pueblos, engendra en ellos falsos recuerdos… los conduce al delirio de grandezas o al de la persecución y hace a las naciones amargas, soberbias, insoportables y vanas”. En ninguna otra parte, en la actualidad, es más grande este peligro que en la historia de Palestina. La ideología sionista manipula y utiliza la historia para justificar un nacionalismo arcaico que se origina en el siglo XIX y que legitima la colonización de Palestina desde hace 72 años, profundizandose en el siglo XXI.

Para entender esto, es necesario entender el Sionismo como lo que es, un proyecto colonial surgido entre las ideologías nacionalistas del siglo XIX en Europa, que impulsa la creación de un Estado exclusivo para los judíos en la tierra de Palestina y, para lograrlo, necesita conquistar nuevos territorios a través de anexiones y ocupaciones militares ilegales. Ilegalidad que nubla, cargando la ideología sionista con una serie de elementos religiosos, emocionales y subjetivos que, en primer lugar, pretende justificar la ocupación ilegal de un territorio y la colonización de sus pueblos originarios, cuando esta está prohibida por el Derecho internacional y, en segundo lugar, tiene un efecto sobre la comunidad internacional.

No basta con ocupar un espacio físico dentro de un territorio, es necesario expandirse a través de la colonización del pensamiento, reedición de la historia y desaparecer los valores culturales de las poblaciones ocupadas. Esto es algo que se extiende a lo largo de la historia en cada uno de los procesos de colonización que han ocurrido tanto en Guatemala como en Palestina, y que empiezan a reconocerse y reivindicarse en el siglo XX dentro del marco de los derechos humanos.

La historia actual de Guatemala se fundamenta en estos cimientos colonizantes, donde la colonización se sigue reflejando en la segregación y exclusión de las poblaciones originarias y, la conquista de la tierra, ahora se convierte en el extractivismo abusivo de los recursos naturales encontrados en los territorios expropiados hace ya algunos siglos.

Otra similitud que pude encontrar fue la limpieza étnica. En Guatemala, desde la colonia y con el establecimiento del Estado liberal, se impulsó la ideología racista y eugenésica para mantener la pureza de la raza entre los criollos que actualmente están representados por la oligarquía nacional, desplazando a las poblaciones originarias a los lugares más recónditos e inaccesibles del país, lejos de la sangre blanca. En Israel el objetivo es la creación de un Estado cuyo componente central sea su carácter judío para conseguir la mayor superficie posible de territorios ocupados. Como señala la Dra. Hanady Muhiar, se trata de una ecuación demográfica perversa, cuanto mayor sea el número de población palestina, menor es la posibilidad de cumplir con la idea de crear un Estado exclusivamente judío. Sin embargo, cuanto más cerca se está de cumplir la idea de crear un estado exclusivamente judío, menor es la seguridad de la existencia del pueblo palestino.

La limpieza étnica en Palestina dio su primer golpe en 1948 con la Nabka (Catástrofe en árabe), en la que cientos de miles de palestinos fueron expulsados de sus viviendas y sus tierras. Esto se reafirma en 1967 después de la Guerra de los Seis Días y, en la actualidad, queda plasmado en los planes de desarrollo y prácticas del gobierno israelí. El Plan Estratégico 5800 -2050 presentado en 2016, es un ejemplo de ello. El mismo promueve el desarrollo urbanístico de diversas infraestructuras, complementariamente con un cambio demográfico en la ciudad de Jerusalén. En el apartado que aborda el reto demográfico dice textualmente: “La planificación urbanística a largo plazo debe tratar el cambio demográfico como parte de la misma. El pronóstico de las tasas de crecimiento de población para la metrópolis es un factor esencial para todo el proceso de planificación. Al planificar el futuro de Jerusalén, consideraciones nacionales juegan un papel importante, como lo es, el eje de la ciudad como Capital de Israel, así mismo el deseo de tener una mayoría judía, sólida y diferenciada”.

Hasta aquí, vemos una serie de elementos comunes entre Guatemala y Palestina: Primero, la conquista, la ocupación ilegal y la posterior anexión de territorios, a través de la expulsión, la transferencia y el vaciamiento forzoso de las poblaciones originarias; segundo, la imposición del relato dominante como herramienta de colonización del pensamiento y de los pueblos; y, tercero, la limpieza étnica. Tres piezas complementarias que conforman el engranaje perfecto para cometer el más cruel de los crímenes, usurpar a los pueblos sus raíces, su historia milenaria e intentar romper su vínculo con sus territorios ancestrales.

No debemos olvidar los crímenes de genocidio. Los pueblos de Guatemala, al igual que el pueblo palestino han sido víctimas de los genocidios más sanguinarios cometidos en el siglo XX. Concretamente Guatemala, se sirvió de la cooperación entre ambos gobiernos para aplicar estrategias contrainsurgentes y tecnología israelí. Durante el Conflicto Armado Interno, el ejército guatemalteco utilizó armas tan sofisticadas de destrucción y muerte como los fusiles Galil, morteros Tampella y municiones fabricadas en Israel.

Durante mi viaje, sentada en el Monte de las Tentaciones, ubicado en la ciudad palestina de Jericó, la ciudad habitada más antigua, con 10 000 años de antigüedad, y ante la majestuosidad del Valle del Jordán y el Mar Muerto pensaba: “Aquí, donde según la leyenda, Jesucristo fue tentado por el demonio, empezó todo… la historia del mundo tal y como lo conocemos, todo lo que nos han enseñado en el colegio, el origen del cristianismo, las cruzadas, la enorme cruzada para la conquista y la evangelización de América, el establecimiento de las relaciones de poder que perduran hasta nuestros días…Sumergida ante tanta grandeza histórica mi tristeza no podía ser mayor: El pueblo de Guatemala, víctima de la desinformación y la manipulación sionista cristiana, profesa una enorme devoción al Estado de Israel, al grado de cambiar los crucifijos por banderas israelíes. Pensaba en el voto incondicional del 29 de noviembre de 1947 en Naciones Unidas para promover la creación del Estado de Israel, y legitimar la creación de un estado colonial… Ese Estado violador de todos los derechos humanos del pueblo palestino… Ese Estado, hermanado con el Estado de mi país que también viola todos los derechos de los pueblos que lo habitamos. La historia se repite…siglos después, la narrativa del poder dominante continúa cometiendo crímenes aberrantes en el nombre de Dios.

Cuando empezó el genocidio indígena con la conquista de América, la anexión de territorios y el genocidio no eran ilegales ni se consideraban crímenes. En la actualidad, estos actos están tipificados y condenados por el Derecho Internacional, el Derecho Internacional Humanitario y en el marco del Derecho de los Derechos Humanos, pilares fundamentales del orden internacional basado en normas. Esto abre puertas y caminos de lucha, para poner fin a dichos crímenes. 

Palestina cambió mi vida para siempre, porque comprendí Guatemala a través de la mirada palestina. No existe nada más hermoso y poderoso que la solidaridad humana. La solidaridad entre los pueblos es la mejor arma de lucha y resistencia. Los pueblos de Guatemala debemos ser portadores de ese baluarte de dignidad. Sobretodo, cuando compartimos con el pueblo palestino elementos comunes de la historia y nuestro más profundo sentimiento en la búsqueda de la justicia y la paz.

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