Créditos: Rocío Conde

Por Pia Flores

Esta es una historia de tristezas, alivios y sustos. Después de que el barco holandés que prestaba servicios de abortos seguros en aguas internacionales se fuera de Guatemala, buscamos a tres mujeres que no tuvieron la posibilidad de abortos seguros y tuvieron que buscárselo en Ciudad de Guatemala. Una no tiene que preguntar muchas veces hasta encontrar a mujeres que han interrumpido un embarazo.

La primera historia

Eran casi las 4 de la madrugada. Laura despertó otra vez por los fuertes dolores que sentía en la parte baja de su abdomen. Pero está vez había algo diferente.

– Una gran mancha de sangre. Pero un charco de sangre. Fue horrible. Todavía intenté levantarme pero me resbalaba.

La estudiante universitaria de 24 años –que cuenta su historia con otro nombre– vivía sola, pero esa noche se había quedado en la casa de su mamá. Al ver la sangre Laura gritó para que su mamá le ayudara.

Fue hace 9 meses. Recuerda que la ambulancia llegó rápido y que el sangrado no se detuvo camino al hospital. Recuerda su angustia cuando escuchó una de las enfermeras decir que el embrión todavía estaba en su cuerpo, que tal vez todavía se podía salvar. Y el alivio cuando los médicos decidieron que por el riesgo que corría la vida de Laura tenían que hacerle un legrado. Un aborto terapéutico.

– Pude haber evitado el trauma de pasar por todo eso. Si solo hubiera podido interrumpir el embarazo cuando yo quería eso no hubiera tenido que pasar.

La pared del útero de Laura se reventó por una inyección de hormonas que había recibido dos días antes en una clínica ginecológica. Una inyección que buscaba salvar un embarazo de alto riesgo y no deseado.

El caso de Laura fue un embarazo ectópico. Es decir, que el óvulo fecundado crecía fuera del útero y se consideraba de alto riesgo porque puede provocar la ruptura de órganos y en peor caso la muerte de la mujer. Con la inyección, explicó el ginecólogo de Laura, había un 50% de posibilidades de que el óvulo cayera al útero por las contracciones y que así se pudiera recuperar embarazo. El otro 50% era que una de las paredes de su útero se rompiera y así saliera el óvulo para tener un aborto terapéutico.

– Todavía hay posibilidad de que usted puede tener el bebé, por eso el aborto terapéutico no es una opción. Ahí entonces lo que Dios mande, si lo tiene o no lo tiene, le dijo el ginecólogo.

No le importó que ella no quisiera seguir con el embarazo.

– Mire, yo entiendo su situación. Han venido muchas jóvenes así. Soy doctor y no es que no la quiero ayudar, pero no puedo actuar en contra de la ley. No hay ninguna prueba que me apoya a mi después, si en cualquier momento me llegan a investigar. Lo único que puedo hacer es darle la inyección.

Laura se siente muy incómoda al recordar este momento con el ginecólogo. Sus ojos se empiezan a llenar de lágrimas.

– Me sentí muy feo. No poder decir no. O decir que no me siento preparada. Traer hijos al mundo no es solo así. No poder decidir. Lo único que pensaba mientras me daba la inyección era, yo no quiero, no quiero. Sentía que fue en contra de mi voluntad, en contra de mi cuerpo. Tenía ganas de llorar, porque ¿qué tiene de malo no querer?

La visita al ginecólogo y la decisión de aceptar las inyecciones que le provocaron un aborto terapéutico fue su última opción. Antes habló con su novio, la otra persona responsable de la situación, pero le respondió que seguro había sobornado a los doctores para que dijeran que estaba embarazada, y se desapareció de su vida. Entonces fue a buscar clínicas clandestinas.

– Fui a una clínica en la zona 18, cerca de la colonia Atlántida. Solo a ver. Era una casa hasta abajo en un barranco. El techo era de lámina y la puerta era roja. No tenía ventanas. Entrabas a una salita bien oscura. El piso era de tierra y las paredes eran como de adobe. Parecía muy escondido, muy rústico, por decirlo así. Pasabas por una cortinita, como de baño, que te llevaba al siguiente cuarto donde estaba la camilla y todos los utensilios. Pero lo ví todo muy hecho a mano. Como hechizo, no parecía médico. El lugar no era nada higiénico. Incluso en la camilla, donde uno pone las piernas eran unos palos de madera.

El servicio costaba Q3,500. Otra opción eran las pastillas, que una amiga del colegio le vendía por Q600. Pero los gastos para las pruebas y consultas subieron a más de Q9,000. Y no fue hasta que se fue con el ginecólogo que le contó a su mamá que estaba embarazada. No quería que si la inyección tenía algún efecto secundario, su mamá no supiera por qué le ocurría.

– Mi mamá quería que yo ya casada formara una familia, entonces estaba decepcionada conmigo. Pero se enojó por la reacción de él. Ella quería un mejor futuro para mí, y sabía que el apoyo que iba a recibir de él era mínimo. Me dijo que al terminar el embarazo tendría que ir a demandarlo, para que me diera una pensión. Un proceso largo y feo. Yo nunca pensé en todo eso, solo sabía que no lo quería.

Una de mujer depende de una misma. El embarazo (a sus 24 años) iba a interrumpir muchas cosas en mi vida. Su carrera en la universidad, una beca para estudiar en el extranjero y viajar. Todavía quiere muchas cosas.

Su mamá describe el legrado como un milagro. “No era tu momento de ser mamá, ni con la persona indicada”, le dice. Laura se recuperó físicamente y emocionalmente, pero repite, “no tenía que pasar todo esto”. Su trauma no fue por culpa ni arrepentimiento. Fue por las condiciones de clandestinidad y el riesgo al que se expuso.

Esa negativa a seguir con un embarazo, aunque sea a costa de su propia vida, es penalizada con cárcel en Guatemala. En febrero de 2017 fue bloqueada por el presidente de la República, Jimmy Morales, que ordenó que el ejército impidiera a 60 mujeres guatemaltecas que llamaron a Women on Waves salir del país rumbo a aguas internacionales. Y a criterio del alcalde capitalino, Álvaro Arzú (ya demandado por incitar a la violencia en otro caso) debería ser sancionado con la muerte: La semana pasada escribió en su cuenta de Facebook que el barco holandés de abortos seguros de la oenegé Women on Waves debería ser “hundido”.

Para comprender mejor cómo piensan las personas que defienden el derecho a tener un aborto seguro, le recomendamos este texto, de Martín Rodríguez: Todos somos pro-vida, sólo que diferimos sobre el aborto.

La segunda historia

Eugenia es una mujer ocupada. Trabaja en ventas en la Ciudad de Guatemala. Entre su oficina y atender a clientes en diferentes sitios, el horario de la profesional es impredecible. No cambiaría su vida. Sabe que ahora no quiere tener hijos. Tal vez en algún futuro, pero ahora no. Para este reportaje recuerda la experiencia de su aborto médico hace 12 años con emociones mezcladas.

Otra de las entrevistadas para este reportaje. Foto: Rocío Conde.

Tenía apenas 16 años. Se enamoró de un compañero nuevo de su colegio y se sentía realizada. La emoción se sustituyó rápido por el pánico que le causó cuando supo que estaba embarazada. La reacción entre la pareja llegó en el instante.

– En el momento no lo dudé ni un segundo. Tampoco él. Fue decisión de los dos y pasó de un día para otro. Gracias a Dios, yo no tenía más que un mes. No era tan avanzado el embarazo, y entonces no era un tema complicado.

Conseguir el medicamento para realizar un aborto hace 12 años tampoco fue difícil. Un amigo de Eugenia y su novio sabía de una señora en la zona 17 que vendía una pastilla para el propósito. El aborto quirúrgico inseguro implica muchos riesgos, infecciones, perforación uterina, laceraciones uterinas y daños al tracto vaginal y hemorragias. Por lo mismo, en la mayoría de países donde el aborto no es penalizado, se practica el aborto médico –con pastillas– cuyos riesgos son mínimos. No sólo físicos, sino también sociales, ya que el medicamento es indetectable en la sangre y presenta los mismos síntomas como un aborto espontaneo natural.

El aborto médico combina dos medicamentos, Mifeprostona y Misoprostol. El primero, ilegal en Guatemala, es el que induce el aborto en embarazas de hasta 12 semanas. En Guatemala es ilegal, aunque se consigue fácilmente en internet o en ventas clandestinas como en el caso de Eugenia. El segundo, Misoprostol también conocido como Cytotec, para provocar la expulsión del embrión. Éste sí es legal en Guatemala y se utiliza también para el tratamiento de úlceras gástricas.

Algunos procedimientos incluyen solo el Misoprostol, pero se estima que el aborto médico es efectivo en 99% de los casos cuando se combinan los dos medicamentos. Mal manejado o usando solo Mifeprostona puede causar complicaciones graves y poner en riesgo la vida de la mujer. Como pasó con Eugenia.

La pastilla le provocó un sangrado más fuerte de lo que normalmente se espera y duró varios días. Un amigo de Eugenia estaba preocupado y propuso que se hiciera una prueba de embarazo para ver si el aborto había fallado. Salió positivo.

– Me fui con un ginecólogo que me hizo un ultrasonido. Había que hacerme un legrado. Obviamente salió positivo porque el tejido estaba en mi cuerpo todavía. El doctor me dijo que 24 horas más y podría haber muerto.

El legrado le costó Q4,000 en una clínica de la zona 1. Eugenia estaba nerviosa, pero recuerda que lo tomaron como una perdida normal, sin preguntar más.

– Hoy no sé si lo hubiera hecho. Puedo decir que me arrepiento. La culpa es más que todo por no haberme dado la oportunidad de pensarlo realmente. Al mismo tiempo me cuesta imaginar mi vida, si no lo hubiera hecho. Creo que no sería nada fácil. Tal vez sería una mujer frustrada, tal vez culparía a mi hijo. Hubiera tenido que seguir estudiando hasta después. Hubiera sido muy complicado.

A pesar de que se arrepiente, cree que el aborto debería ser legalizado en Guatemala.

– No estoy de acuerdo que se haga cuando el embarazo ya sea más avanzado. Pero antes de eso, sí. Todo el mundo dice que se puede dar en adopción, pero que fácil decir eso. En sí el embarazo es súper complejo. ¿Y quien apoya a uno en el termino económico de un embarazo? Cada quien puede tomar su decisión, y creo que se debería de legalizar. Cuantas violaciones, y niñas embarazadas.

En Guatemala, cifras del Ministerio Público dicen que todos los días asesinan a 15 personas, en su gran mayoría hombres, y que violan a 22 mujeres. Hay 5 niñas menores de 14 años embarazadas cada día producto de violaciones, en su mayoría de familiares.

En el colegio de Eugenia, como cualquier secreto a voces, no pasó mucho tiempo hasta que los chismes empezaron a circular.

– Me señalaron, me juzgaron. La mala de la historia siempre era yo. ¿Y él? Bien gracias. ¿Entonces por qué penalizar sólo a la mujer? La culpa también es del hombre por no cuidarse. Y otra cuestión en un país como este es la falta de educación sexual.

Una razón que influyó para que Eugenia tomara la decisión rápido, sin pensarlo más, fue por el temor de tener que contarlo a su papá. Todavía no se atreve. Pasaron casi 10 años hasta que decidió contarle a su mamá. Eugenia se sorprendió cuando su mamá le confesó que ella también a sus 22 años se había hecho un aborto.

– Yo creo que el estigma social y la criminalización hace que muchas mujeres guatemaltecas lo hacen, pero no lo hablan.

Aunque según un estudio del Instituto Guttmacher, cada año se realizan en Guatemala 21,000 abortos clandestinos, de los cuales 600 terminan en muertes de mujeres. Es decir, cada día mueren dos mujeres guatemaltecas por hacerse abortos inseguros.

La tercera historia

Mar era estudiante de periodismo y prefiere escribir su historia para este reportaje:

“El televisor proyectaba la edición nocturna de un noticiero por cable cuando el locutor interrumpió las noticias y dio a conocer públicamente su pesar por la muerte de una compañera que trabajaba en ese canal. No sé porque recuerdo tanto ese momento, tal vez porque era estudiante de periodismo y me fascinaba ese mundo y cómo se relacionaban los colegas entre sí. Después conocí a alguien del canal y le pregunté qué había pasado con ella. Me contó que había muerto por una hemorragia luego de que le practicaran un aborto. Al parecer todo lo provocó una mala práctica médica, que siguió con una infección y terminó en una incontrolable pérdida de sangre”.

“Varios años después, el recuerdo de ella me inundó la mente cuando estaba por entrar a una clínica para interrumpir mi embarazo. Así es, yo también decidí abortar, incluso sabiendo los riesgos a los que me presentaba y con el temor de no volver a salir viva por esa puerta”.

“No tenía ni 23 años y apenas iniciaba mi vida sexual. La persona con la que mantenía relaciones sexuales a veces usaba condón y pero una vez no lo hizo y no le importó terminar dentro. Se excusó diciendo que se le había roto el preservativo y que por eso se lo quitó, y aún así decidió terminar sin preguntarme”.

“Podrán preguntarse cómo alguien de mi edad no sabía de métodos anticonceptivos, pero así era. Poco sabía de las inyecciones o pastillas anticonceptivas. Había escuchado de las famosas pastillas del día después pero no sabía dónde las vendían o cómo pedirlas. Así que me dije: primero Dios no pasa nada, pero pasó”.

“Cuando le dije al co-responsable de ese embarazo lo que había sucedido, fue como que le dijera que estaba contagiada de una enfermedad mortal, que él también moriría y que la única forma de salvarse era sacarme de inmediato de su vida. Ni su mamá me quiso escuchar cuando la llamé”.

“Eso sólo reforzó mi decisión de no querer ser madre. No me sentía preparada, tenía muchos sueños y muchos miedos y nadie quién me apoyara. Tampoco me hacía a la idea de estar atada durante toda la vida a un hombre que me conquistó con un discurso progresista y feminista pero que, cuando necesité su apoyo, simplemente se alejó”.

“La única persona a quien le conté fue a una amiga que en confidencia me dijo meses atrás que ella también había abortado por miedo a lo que le diría su novio si se enteraba que estaba embarazada. Así fue como llegué a esa clínica clandestina que estaba ubicada en una colonia residencial de la zona 7 capitalina. Creo que tuve suerte porque la operación la pude pagar con mis ahorros y fui a un lugar que se miraba limpio. Los doctores nunca me preguntaron mis razones, sólo se percataron que los Q4,200 ($560) estuvieran exactos. Así fue cuando al empezar a contar de uno a diez quedé dormida en la anestesia. Sólo recuerdo la camilla fría y el cuarto rosa en el que estuve por una hora después de la operación”.

“Han pasado más de cuatro años después de aquel momento y puedo decir que no estoy arrepentida de lo que hice. Tampoco tengo alguna secuela física ni psicológica. En el camino me he encontrado a varias mujeres que también han pasado por esto pero que no lo dicen en voz alta por temor a las calificaciones injustas que se suelen hacer en este país y me di cuenta que el aborto es más común de lo que pensé”.

“La razón por la que decidí rememorar todo esto es por la llegada del barco Women on Waves. Al saber la noticia, mi inconsciente me trasladó a la angustia que viví hace algunos años. Sin duda yo hubiera ido. Pero con las acciones que tomó el ejército y la postura de la clase conservadora en este país en contra del barco, me pregunto si me hubieran perseguido a mí también sólo por querer buscar otra opción, una opción legal y segura, con médicos capacitados y medicinas autorizadas internacionalmente. Entre las dudas y temores que tenía en aquella época, tener que pensar también en esa persecución me aterroriza”.

“Ahora, la posibilidad de tener una opción segura se aleja cada vez más de Guatemala, el mismo país que tampoco nos da información para que nos cuidemos, que nos obliga a parir pero que ve con indulgencia al hombre que huye y no se hace responsable. Yo también aborté, como muchas mujeres lo han hecho y lo seguirán haciendo”.

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La comunidad de lectores de Nómada está dividida sobre el derecho a abortos seguros. La mayoría lo apoya en casos de violación o salud de la madre, pero lo reprueba cuando es por decisión de la mujer. Estos son los datos:

https://www.facebook.com/watch/?v=971258126317256

Via Nómada

Prensa Comunitaria hace visible el trabajo de siete periodistas que abordan el fenómeno de la violencia contra la mujer. Con la finalidad de apoyar la amplificación de está temática, compartiremos 24 piezas periodísticas publicadas en el medio digital Nómada.

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