Instrucciones prácticas para el golpista latinoamericano del siglo XXI

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Créditos: ar.pinterest.com

Por Fabián Campos Hernández

Durante las décadas de 1960 y 1970 Estados Unidos organizó y perpetró en toda América Latina diversos golpes de Estado bajo la doctrina de Seguridad Nacional. El “fantasma” del comunismo y la Guerra Fría sirvieron de acicate, justificación y legitimación para desalojar del poder a gobernantes socialistas y progresistas que ponían en riesgo los intereses estratégicos de la superpotencia mundial. Pero también para quitar a aquellos que a pesar de ser fieles servidores de la Casa Blanca, sus prácticas y vesanias le resultaban incómodas y un lastre para los “guardianes de la democracia”. O cuando su ilegitimidad les impedía entregar buenos resultados en su misión de combatir a grupos revolucionarios. 

Esa época fue lentamente dejada atrás durante la década de 1980 mediante transiciones a la democracia pactadas con los sectores civiles que habían mostrado su compromiso con el combate al socialismo y que aceptaban la implementación del neoliberalismo. Democracias formales, sin cambios sociales, que apenas tuvieron una década antes de demostrar el fracaso de su modelo. Para finales de los noventa una ola de descontento y nuevos movimientos sociales empezaron a configurar un giro a la izquierda inédito en el subcontinente. Para el año 2010 Estados Unidos podía contar con los dedos de las manos a sus pocos aliados. Y eso no lo podía permitir. 

Históricamente le tocó a un demócrata, Barack Obama, diseñar la forma en cómo Estados Unidos conseguiría recuperar la hegemonía en América Latina. Y para hacerlo contaba con el apoyo y experiencia de Hillary Clinton, esposa del expresidente encargado de consolidar las democracias sin contenido social propias del neoliberalismo tendría la oportunidad de arreglar las aberraciones que había llevado a cabo Bill Clinton. 

Embuídos en el clásico discurso moralino y falaz de los demócratas estadounidenses desde James Carter, Obama y Clinton tenían un par de limitaciones para conseguir su objetivo. Primeramente, como afirmó Carter en su campaña presidencial, “las relaciones con América Latina tienen que ser tan buenas y decentes cómo lo es el pueblo estadounidense”. Por lo tanto, la “ejemplar democracia” no podía volver a recurrir a la dictadura militar o cívico militar para reestablecer o garantizar sus intereses estratégicos. Esa etapa de la historia política latinoamericana estaba clausurada por sus propios creadores. 

Con las manos atadas, por ellos mismos, para ejecutar directamente su poder hegemónico parecía que la única forma de volver a tener gobiernos cipayos y cómplices era mediante la democracia. Pero sin justicia social, esto era inaceptable para el neoliberalismo y los dueños del capital mundial. ¿Cómo convencer a los latinoamericano de que mantener a dos terceras partes de su población en la pobreza y pobreza extrema pero con 1% de su población inmensamente ricos y con un flujo incesante de recursos monetarios y materias primas a los países centrales era la mejor democracia posible? ¿Cómo hacerles entender que reparto de riqueza, uso de los recursos naturales para beneficio de la mayoría de la población y la limitación de las ganancias de las grandes multinacionales eran un “peligro” para América Latina? Ese era un menudo problema.

Además, está limitación se enfrentaba a otra más. La clase económica, social y política que había sido su fiel testaferro y beneficiada de la política entreguista era la que había sido desalojada del poder por corrupta, ladrona, represora e indolente ante el holocausto social que significaba el neoliberalismo. Y no podía revertir ese ostracismo político porque, además, sus propuestas significaban más de lo mismo de aquello contra lo que se habían rebelado los pueblos. Y estos policastros no podían cambiar porque significaba renunciar a sus privilegios y en caso de que pudieran hacerlo ya no resultaban útiles a los intereses de los Estados Unidos. 

Sin un aliado viable para sustituir a los gobiernos de izquierda porque, además de lo anterior, esa clase política se encontraba dividida y enfrentada por lo que como oposición se presentaba como fragmentada, meramente testimonial en términos electorales y, contra de sus deseos, legitimando las elecciones donde los presidentes progresistas obtenían mayorías aplastantes.

Hillary Clinton presentó su solución ante el aparente nudo gordiano. A lo largo de los siguientes años se han producido cambios de gobierno en Honduras, Paraguay, Argentina, Chile, Brasil, Ecuador, Bolivia y Uruguay. Pero también han fracasado en sus intenciones en Nicaragua y Venezuela. Del análisis de estos casos se pueden establecer los elementos comunes y es posible sacar lecciones que constituyen el manual práctico del golpista latinoamericano del siglo XXI. Pero ello será en nuestra próxima colaboración.

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Autoría y edición

Licenciatura, maestría y doctorado sobre Historia de América Latina en la UNAM de México.

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