Feminismo, poder y masculinidad en América Latina

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Créditos: Redes
Tiempo de lectura: 3 minutos

Por Fabián Campos Hernández

Durante los últimos meses América Latina ha sido tomada por asalto por distintos grupos feministas. Desde fuera se nota un cambio en el ámbito de la acción social del feminismo regional. Mientras que por décadas sus lugares de acción primordiales fueron lo personal y privado, hoy día lo público y lo institucional concentran los principales esfuerzos. Esto puede interpretarse de distintas formas. Una de ellas es que durante largo tiempo las feministas fueron abriendo grietas en el monolito que representaba la constitución patriarcal de la familia, la sociedad y el Estado. Desde sus propios cuerpos fueron creando una masa social crítica dispuesta a escuchar sus demandas y ver con aprobación sus acciones. De ahí se desprendería que una vez que desde las aulas, las organizaciones y colectivos construyeron una base social importante decidieron pasar a una ofensiva más abierta y con objetivos más altos.

Sin embargo, hay un elemento que ha trabado la consecución plena de sus demandas. Todas ellas implican la aceptación de la agenda feminista por parte de gobiernos, políticos, partidos y autoridades no feministas. En las ocasiones en que estos actores dicen ser sensibles a sus argumentos muestran una falta de pericia para hacer cambios en las estructuras legales e institucionales, por la cual se les puede achacar, por lo menos, la omisión y cuando no la complicidad. Y ese es el mejor de los casos. Porque la regla general estos son hombres y mujeres que se sienten amenazados por los cambios profundos que implica el cumplimiento efectivo de los cambios exigidos y que reaccionan violentamente contra las justas demandas y la justa rabia con la que las feministas se han apoderado del espacio público.

Ante este panorama es de resaltar la reciente iniciativa de formar en Chile un partido político feminista. El paso, además de simbólico del poder real que amasaron las feministas durante la larga incubación de la masa social crítica que las acompaña en sus luchas, es significativo por sus profundas implicaciones que tiene. En pocas palabras, hay un feminismo que se está encaminando a la toma del poder político y de las instituciones del Estado.

Evidentemente que la posición del feminismo en torno a este tema no es homogénea. Hay sectores que denunciarán y se deslindarán de estos intentos. Mientras que hay otros que se volcaran totalmente a intentar un nuevo camino. Hacerlo implicara un magnifico ejercicio de imaginación para evitar los riesgos que conlleva la institucionalización de un movimiento social en partido político sujeto a las dinámicas y reglas del juego electoral liberal.

Si a la agenda se suma directamente la toma del poder y las instituciones las preguntas que se abren son muchas para los hombres y las masculinidades. Ellas, las feministas, han tomado el espacio público para nunca más regresar a sus camas, casas, escuelas, trabajos en las condiciones precedentes. Algo ya cambió y son muchas más las cosas que se tendrán que transformar para saciar la justa rabia con la que hoy exigen modificaciones profundas del ser y estar de la humanidad, de la sociedad, del Estado y de los individuos. ¿Qué vamos a hacer los hombres frente a ello?

Una posición es el violento rechazo a ese mundo que se abre. El denuesto público y privado, la burla ante sus formas, prácticas y banderas o la directa violencia contra de ellas es una parte de la gama de posibilidades que hoy ya se despliegan en respuesta. El no voto a los partidos feministas será la práctica menos perniciosa. La resistencia activa frente a la posibilidad ya no de que gobierne una mujer sino que esta sea feminista militante y fervorosa transformadora de las instituciones, será una práctica que ya se ha sumado a la agenda de la derecha clasista, racista, machista y misógina de América Latina. Como lo demuestra claramente el respaldo social obtenido por Jair Bolsonaro para llegar a la presidencia de Brasil hace ya un año.

Ellos lo tienen claro. Permitir que avance el movimiento feminista en su afán por hacer del poder político y de las instituciones, es su condena a desaparecer como sector social, político y económico. Terrorismo, grupos de choque, cuerpos paramilitares, secuestros, desapariciones forzadas, medidas todas que ya tomaron antes contra la izquierda armada, serán ahora métodos implementados abiertamente contra las feministas.

La otra opción viene de la izquierda. O los hombres de la izquierda latinoamericana cooperan con ellas o mueren. Colaborar con ellas implica asumir la destrucción del patriarcado como un objetivo indispensable. Abarca la denuncia virulenta de aquellos que pretenden mantener sus privilegios de género. Hacerlo incluye la destrucción del misógino y macho progre con el que comparten cuerpo. La renuncia y denuncia de los propios privilegios implica su propia muerte. A pesar de ello, o por ello mismo, no tienen opción.

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Autoría y edición

Licenciatura, maestría y doctorado sobre Historia de América Latina en la UNAM de México.

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