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Por Fabián Campos Hernández

Estamos llegando a las últimas semanas del año y se impone realizar un recorrido sobre las principales tendencias de los acontecimientos de la región. Desde nuestra perspectiva estas son tres: una ofensiva “exitosa” de la derecha latinoamericana que logró obtener una amplia mayoría en el subcontinente. En segundo lugar las reacciones y acciones de los gobiernos de izquierda ante la embestida reaccionaria y los ataques efectuados desde la Casa Blanca. Finalmente, lo que ha acaparado los titulares de prensa durante los dos últimos dos meses, las protestas sociales en contra de las nuevas medidas implementadas por órdenes del FMI para construir su “paraíso” y el levantamiento feminista continental. Para lograr nuestro objetivo utilizaremos este espacio durante tres semanas tocando en cada una de ellas los temas ya referidos.

Si de buscar señales sobre la actuación de la derecha latinoamericana durante este año se tratara no hay una mejor que la asunción de Jair Bolsonaro a la presidencia de Brasil. El 1 de enero, el nuevo presidente hizo realidad el sueño más preciado de la derecha golpista de los años setenta y ochenta, la llegada al poder de un militar que, además de sostener con orgullo lo necesario y “patriótico” que fue la guerra contrainsurgente y los golpes de Estado para contener al “comunismo”, tomara como bandera el rechazo a las medidas progresistas de las pasadas dos décadas.

La aversión a los discursos antirracistas, anticlasistas, antimachistas y globalifóbicos que se fueron fortaleciendo a lo largo de la hegemonía de gobiernos de izquierda del nuevo milenio entre la clase alta y media latinoamericana llegaron a su culmen. Los privilegiados del sistema y sus comparsas vieron con terror que se podrían desmontar las bases sobre las que han construido su dominio desde 1492. Más de cinco siglos de prevaricar los recursos de estas tierras no les eran suficientes y salieron a las calles de todo el continente a mostrar su rechazo y convencieron a sectores importantes de las clases populares de la necesidad de que continuaran legitimando la estructura excluyente, racista, machista y neoliberal.

Pero también acudieron a las urnas para revertir los gobiernos de izquierda. En El Salvador eligieron a Nayib Bukele y en Uruguay a Luis Alberto Lacalle. Mientras que en Bolivia derrocaron a Evo Morales y provisionalmente se encuentra Jeanine Añez. En Guatemala, donde la derecha nunca se ha ido y en la que la izquierda electoral no ha dejado nunca de ser meramente testimonial, eligieron a Alejandro Giammattei, un militar con responsabilidades en crímenes de lesa humanidad. Ellos representaron la “sangre nueva” que sumados a Macri en Argentina, Bolsonaro en Brasil, Piñera en Chile, Duque en Colombia, Moreno en Ecuador, Vizcarra en Perú y Hernández en Hondura dieron como resultado, por primera vez en dos décadas, una inmensa mayoría de gobiernos de derecha en América Latina.

El desmantelamiento de las políticas sociales implementadas por la izquierda en los años pasados respondió a tres presiones distintas y convergentes. En primer lugar al reclamo de las clases privilegiadas locales, acompañadas de masas populares, de la necesidad de recuperar el status quo. Son los gobiernos que llegaron al poder por el voto y presiones del sector conservador latinoamericano y debían de responderles. Los resultados fueron evidentes. En 2019 la desigualdad, la pobreza y la inseguridad alimentaria, además de la falta de acceso a servicios urbanos y sociales crecieron según los reportes de todos los organismos internacionales. De nuevo el sistema funcionaba para darles las ventajas y para poner “a los pobres en su lugar”.

La otra fuerza que impulsó ese cambio fueron los organismos financieros internacionales. El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional impusieron fuertes condiciones para la renovación de los créditos a los países latinoamericanos. De importancia capital fueron los rubros a la eliminación de subsidios a los combustibles, el transporte y la reforma al sistema de pensiones. La verdad evidente es que el sistema económico latinoamericano no puede, y no podrá en el futuro, hacerle frente al acelerado envejecimiento de la población. Y su solución para implementar ese grave reto y construir “el paraíso fondomonetarista” es la profundización del sistema neoliberal.

La tercera fuerza fue, sin duda, Donald Trump. La necesidad de imponer agendas y revertir el deterioro de la hegemonía mundial de los Estados Unidos lo llevó a concertar un conciliábulo de la derecha regional. Sacar del poder a Nicolás Maduro, Daniel Ortega, Evo Morales y Tabaré Vázquez, le permitiría volver a tener acceso libre a los recursos naturales latinoamericanos. A sus aliados de derecha les exigió revertir la tendencia hacía una más equitativa repartición de los beneficios del comercio regional y les impuso un cerco a la expansión china en el continente.

Este año deja a una derecha aparentemente fuerte. Pero faltan por analizar las otras dos tendencias. 

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Autoría y edición

Licenciatura, maestría y doctorado sobre Historia de América Latina en la UNAM de México.

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