La ballena herida, los tiburones y las pirañas: oda a un imperio que declina

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Tiempo de lectura: 3 minutos

Por Fabián Campos Hernández

13 de septiembre 2019

La ballena imperial se encuentra maltrecha y con algunas heridas, y los tiburones han olido la sangre y buscan quitarle la mayor parte de sus restos. Detrás de ellos vienen las pirañas que a pequeños mordiscos terminarán de agotar al agonizante cetáceo. De sus siguientes movimientos dependerá que se vaya con todos sus huesos al fondo del mar y finalmente sean dispersados por las oleadas de la historia. O quede agonizante pero viva para cantar melancólicas odas a su pasado glorioso.

Esta semana se han producido cambios en las oficinas de la política exterior de los Estados Unidos que avizoran modificaciones de forma en las relaciones del hegemón regional con América Latina.

John Bolton tiene una larga trayectoria en el máximo circuito de la toma de decisiones en Washington. Miembro prominente del grupo identificado como “Los Halcones” por sus posturas radicales y unilaterales para garantizar la hegemonía estadunidense en el mundo, reiteradamente buscó implementar en Venezuela la imposición directa de sus intenciones.

El guión redactado era de sobra conocido por los latinoamericanos. Campañas internacionales encabezadas por “organizaciones de derechos humanos”, debidamente financiadas por Washington, cuyos reportes repetidos hasta el cansancio por medios “independientes”, con jugosas carteras llenas de dólares, creaban contribuyentes asombrados ante el “maligno” gobierno de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, quienes legitimarían la invasión. Mientras que los empresarios estadunidenses se preparaban para llevar la democracia a Venezuela mientras se repartían petróleo y los metales raros indispensables para la industria tecnológica.

Sin embargo, Bolton, y con él Donald Trump, no contó con que Rusia, que ha venido viendo crecer sus intereses en Venezuela y América Latina, no estaba dispuesta a perder sus capitales sin dar la pelea. La invasión fue finalmente desechada hace unos meses, cuando Vladimir Putin envió armas, soldados y generales a defender sus intereses.

El escenario entonces se complicó. Invadir Venezuela, aun contando con el apoyo de gobiernos latinoamericanos, no se podía presentar ante la comunidad internacional de tal manera que no implicase la posibilidad de un enfrentamiento directo entre las dos potencias.

Durante meses, Estados Unidos y Rusia discutieron los términos de un nuevo acuerdo, sin que sus resultados llevaran a una solución que compaginara ambos intereses. En tanto, Juan Guaidó tuvo que mantenerse en las pláticas con Nicolás Maduro, jugando siempre el rol de títere de Bolton y de Washington.

Con la renuncia de Bolton a su cargo empiezan nuevas formas de asumir la implementación de su hegemonía por parte de Estados Unidos. No significa que Donald Trump haya renunciado al petróleo y otros recursos naturales de Venezuela y los demás países de la región. Es una táctica para involucrar a la OEA y conseguir una legitimidad en su intervención que era imposible obtener con las posturas y métodos de ese sector de los halcones.

Esto se demuestra con la reciente convocatoria de la OEA a la aplicación del TIAR para lograr por la fuerza la salida de Nicolás Maduro, así como las declaraciones presidenciales sobre las discordancias entre Trump y Bolton, origen de la renuncia del hasta este martes pasado consejero de Seguridad Nacional.

Sin embargo, esta medida temporal y más política continúa dependiendo de la intensidad con que Vladimir Putin siga defendiendo sus intereses en América Latina. Si Rusia se mantiene e incrementa el nivel de su presencia militar en la región, significará que a Donald Trump le quedan dos opciones: o se embarca en una guerra abierta con Rusia, con la previsible suma de otros países, que podría concluir con la aniquilación del poder económico y político del hegemón mundial de las últimas décadas o acepta el lento declive de su poderío y prepara su descenso al sector de segunda línea de las potencias globales.

Este proceso no es nuevo. Fue el lento camino que siguió Inglaterra desde la guerra en China continental, cuyo tratado de puertas abiertas fue el reconocimiento implícito de la antigua Albión de que ya no podía controlar todos los confines de su vasto imperio, dejando en libertad a los Estados Unidos para continuar su camino ascendente.

Que Rusia conduzca a Donald Trump a reconocer esa nueva realidad, así como las maniobras que implemente Washington para atrasar el proceso y, finalmente, quedarse con parte de su actual poder, implica nuevas formas de relacionarse con América Latina. Y eso representa oportunidades que terminarán de reconfigurar la región entera.

De manera que ocurra, la historia nos enseña que se está cerrando otro ciclo de poder hegemónico y, tal vez, con él se vaya el tiempo de la modernidad occidental anglosajona.  Pueden resistirse, pero no lograrán echar para atrás las lógicas de las que son herederos y víctimas. Falta ver los planes de ataque que implementarán los países latinoamericanos ante ese escenario.

Fuente: http://www.lajornadadeoriente.com.mx/tlaxcala/la-ballena-herida-los-tiburones-y-las-piranas-oda-a-un-imperio-que-declina/#.XXuisuOW0wQ.whatsapp

Autoría y edición

Licenciatura, maestría y doctorado sobre Historia de América Latina en la UNAM de México.

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