Créditos: nota andina
Foto: David Toro

Por Andina Ayala

17 de junio del 2019

Un buen día, debes reconocer la importancia de tu participación política. No basta con quejarse y maldecir en la distancia mientras se están viviendo las desigualdades a flor de piel. Lo primero quizá sería conocer nuestros derechos y después exigirlos.

Por mucho tiempo desacredité los procesos democráticos, especialmente los electorales. En alguna medida sigo haciéndolo, pero no a partir de la irreverencia infundada. En mi opinión, solo quedan dos opciones: la primera, ser observadores cada cuatro años de un show que se burla de nosotros; y segundo, también podemos prepararnos para incidir en nuestra realidad política.

La democracia está allí, no queda de otra que incidir para fortalecerla. Luego de reflexionar sobre el tipo de regimen que tenemos, y aprovechando las coincidencias, decidí participar como fiscal voluntaria en las elecciones del domingo 16 de junio. Me asignaron en el centro de votación ubicado en el Colegio Italiano. Un lugar como otros, placentero, cívico y festivo.

Bajo la cancha techada del colegio todo parecía estar muy bien organizado y  ambientado con música instrumental y de marimba. En ese lugar estaban distribuidas doce mesas con los colores de nuestra bandera y las estaciones para emitir el voto.

Los delegados del Tribunal Supremo Electoral (TSE), responsables de las mesas, vestidos con playeras o camisas tipo polo blancas, pantalones de mezclilla, y tenis blancos, agregaban el toque final de transparencia que uno imagina en estos casos. La democracia vivida desde la clase media de esta ciudad. Como si así fuera toda Guatemala.

Después de espantarme por tanto romanticismo, me registré ante la Junta Electoral. Como buena primeriza solo observé a los otros fiscales. La mayoría tenía un listado impreso en el que iban marcando el número de votantes, para hacer conicidir sus cifras con las de la autoridad electoral, al final del evento. En mi caso, cada cierto tiempo iba preguntando cuantos votantes llevaban las cuatro mesas en las que me acredité.

A eso de las 11 de la mañana, noté que en la mesa 807, tres fiscales de algunos partidos políticos estaban ayudando a doblar y contar boletas. Esto en la lógica de cualquier persona, no es posible. Hice la consulta y se me confirmó que eso no está dentro de las atribuciones de un fiscal. Claramente como fiscal, asumo intereses por mi partido, lo cual pudo implicar un posible fraude si tuviera acceso a las boletas.

Aquellas jóvenes tenían lapiceros en sus manos, doblaban las boletas, se daban aire con ellas, se reían con los de la mesa. Un escenario de corrupción incipiente. Me acerqué con el presidente de la mesa para hacerle ver su error, él me respondió, que ellas solo ayudaban y dijo “ahorita vamos a ver eso”. Ni siquiera volteó a verlas.

Desde luego, quedé inconforme. Hablé con el coordinador del centro de votación, y como si se tratara de algo simple, dijo que él incluso lo había hecho alguna vez cuando trabajó en mesa: “se pone a trabajar a los fiscales. Para agilizar el proceso”, agregó.

Un fiscal no está allí como empleado del TSE, pensé. Un fiscal es un observador, un voluntario, un ciudadano a quien le interesa hacer valer esos derechos que la mayoría desconoce, y sencillamente está allí para verificar que la mesa haya sido limpia para su partido.

Casualmente en esa misma mesa, unas horas antes de mi queja, una periodista votante había denunciado que le habían dado una boleta sin firma. Por esta razón, un par de horas después se acercaron tres fiscales del Ministerio Público (MP). Escuché cuando les preguntaron si había ocurrido algún problema. Los de la Juta Electoral respondieron que no.  Minutos después tuve la oportunidad de preguntarle al representante de la fiscalía si era correcto que personas de partidos políticos estuvieran manipulando las boletas. Él muy amablemente llamó a alguien y me dijo: voy seguir investigando. Entonces me fui.

Las jóvenes representantes de los partidos volvieron a doblar papeletas frente a los fiscales del MP. Según el fiscal con el que hablé, les llamo la atención y les pidió no volver hacerlo. Al final, dejaron de tocar las boletas, cuando el fiscal de MP, les dijo “dejen de estar jugando con fuego”. ¿Qué sensación le deja a uno ver esto? Guatemala es un país difícil, por arrogancia. Desconocemos nuestros derechos por lo tanto estamos mal acostumbrados a dejar pasar los detalles.

Quizás un día ejerzamos la ciudadanía con responsabilidad, y por nuestra voluntad dejemos las mañas, como queriendo pasarnos de listos, cuando lo que de verdad reflejamos es una profunda ignorancia y algunas trazas de corrupción.

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