Créditos: teniente arturo
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Arturo, primero de derecha a izquierda. Petén, años 80. Foto de archivo

Por Luis Ovalle

22 de febrero 2019

El 1 de marzo de 1985 cayó el teniente Arturo, en Petén. Tenía cualidades que lo hicieron destacar entre los demás. Esta es una versión de la forma en que perdió la vida, que tiene como único objetivo rescatar su memoria.

El teniente Arturo

Tenía unos 24 años. Delgado, de un metro setenta y dos; tez blanca, más bien pálida por la falta de sol bajo la selva y cabello crespo. Junto a otros jóvenes guerrilleros de esa época había ascendido rápidamente. En las FAR los grados se obtenían por méritos propios, cualidades, calidades y tiempo. La línea de ascensos era así: combatiente, sargento, sargento primero, subteniente, teniente, primer teniente, capitán y comandante.

Arturo fue de los pocos que de combatiente recibió el grado de sargento y luego el de teniente. Había demostrado ser líder como jefe de unidad y aguerrido en el combate. Unos meses antes había participado en una emboscada al ejército, dirigida personalmente por Pablo Monsanto. Fue planificada con varios meses de anticipación, analizaron cuidadosamente los movimientos de los soldados y la forma en que se conducían por lo los caminos y los llamados “Trocopás” (anglicismo originado de las palabrasTruck pass, paso de camiones).

En esa ocasión fueron recuperados 22 fusiles; dos combatientes resultaron heridos; generalmente las bajas ocurrían por indisciplinas. Se les ordenaba permanecer en su posición y hasta que el jefe inmediato les diera la voz de asalto podían lanzarse a la recuperación. Algunos, que veían a los soldados caídos casi a sus pies y con la adrenalina al cien por ciento, no esperaban la vos de mando y se metían, sin percatarse que no muy lejos aún podía permanecer otro, agazapado entre el monte, parapetado detrás de un árbol o entre los hierros retorcidos del “cuzuco” (vehículo blindado de ruedas).

El comandante Nicolás decía: “en la guerrilla hay dos clases de combatientes peligrosos para la seguridad de los demás y la propia, los temerarios y los temerosos”, porque también solía suceder que en el primer combate los nuevos guerrilleros se petrificaran de terror, con el riesgo de quedarse en el lugar y ser capturados o aniquilados; había que gritarles fuertemente para que reaccionaran.

En el recuento de los daños se valoraba si la operación había sido un éxito o no; siempre dolía la muerte de cualquier compañero o compañera. En aquella ocasión, a pesar de los heridos, la acción había sido exitosa.

Arturo recibió la orden de trasladarse a la zona baja de Petén, en Sayaxché, en las cercanías de los ríos La Pasión y Salinas, al mando de un pelotón. En la aldea Las Pozas había sido instalado un importante destacamento del ejército. Cada pelotón estaba integrado por cuatro escuadras de 7 o nueve combatientes, más el jefe. Arturo llevaba bajo su mando a Manuelito y Martín, dos destacados oficiales.

Unas semanas después Arturo y su pelotón cruzaron en cayucos el río La Pasión; a menos de 500 metros eran observados por un grupo de kaibiles, desde una comunidad cercana; el oficial esperó que todos cruzaran y planificó el ataque.

Arturo y su gente no se habían dado cuenta que estaban entrando a una bolsa; a una pequeña península, hasta que el oficial kaibil inició el fuego, cubriendo la única salida a tierra firme.

Algunas compañeras lloraron al comprobar que tenían agua por todos lados, pero nuevamente Arturo mostró su carácter y voz de mando y ordenó el enfrentamiento directo. Fue valioso el aporte de Manuelito, encargado de la ametralladora M-60 “la chapulina”, con la que avanzaba de pie, a fuego nutrido, desde uno de los flancos; Arturo al centro y Martín al otro extremo.

Por aquellos tiempos se decía entre los soldados que un guerrillero valía por veinte de ellos; era como una leyenda que se extendía a raíz de hechos reales.

Arturo logró salir de “la bolsa” sin ninguna baja; tiempo después se supo que en el lugar habían muerto al menos cinco soldados.

El ejército inició la persecución, pero entre la profundidad de la selva era casi imposible encontrarlos.

Dos o tres días después, en uno de los descansos, se escuchó una ráfaga a lo lejos; un grupo de soldados pasó por el lugar e hicieron disparos dispersos.

Arturo estaba de pie y cayó. Todos corrieron a su lado. Una bala, que había perdido fuerza luego de golpear decenas de ramas y hojas en la selva había penetrado su frente; llevaba suficiente fuerza para causarle la muerte. El plomo se podía ver; un hilo se sangre oscura corría sobre su cara.

Arturo murió y fue enterrado en esa zona, donde luego fue fundado el Frente Guerrillero que llevó su nombre: “Mardoqueo Guardado”.

En honor a él escribí estos versos:

Nuestros nombres verdaderos.

(dedicado al tte. Arturo)

Yo comparto contigo los momentos gratos,
Las charlas políticas, 
los triunfos logrados, 
las recuperaciones.

Y comparto contigo los tragos amargos,
Los días sin agua, 
la hamaca mojada, 
las caminatas largas.

Nos sentimos hermanos 
y nos identificamos
Con nombres supuestos, 
con nombres de lucha.

Yo comparto contigo mi nombre supuesto, 
mi nombre de lucha, 
Mas, un día, 
una bala con tu nombre 
o mi nombre verdaderos
Podrá tocar nuestras frentes 
o nuestros corazones
Y no podremos compartir 
la alegría del triunfo.

Pero, estés seguro, 
¡los compañeros compartirán
Nuestros nombres verdaderos!.

Autoría y edición

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