Créditos: coco1
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Foto de archivo

Por Luis Ovalle

07 de febrero 2019

Su vida parecía disminuirse rápidamente; aquella enfermedad acortaba su existencia y él lo sabía; los médicos decían que no había posibilidad de operación, que sólo restaba esperar. Era el año 2010. Desahuciado, con cero esperanzas de vida, decidió regresar a su comunidad y pasar junto a su familia el tiempo que le quedara: disfrutar del sol, de la naturaleza; respirar el aire puro de la costa y compartir algún elote asado, un tamal y el agua fresca de los cocos.

Durante el tiempo de la guerra fue conocido por su carácter noble, pero también por su aplomo y determinación. Su disciplina le permitió sobrevivir más de quince años en situaciones adversas, muchas veces con el enemigo a unos pasos de él y la gente a su mando, bajo lluvia de balas o casi cercado. Parecía estar escrito que su vida no debía acabar así, que tenía un propósito más, que era necesario ganarle la partida a la muerte.

Una de esas mañanas en las que el dolor disminuía levemente, decidió ir a la casa de un compañero, donde había retoños de coco, para sembrar uno en el patio de su casa. Pidió que le vendieran uno y le dieron a escoger el que quisiera. Pero vio, entre aquellos sanos retoños uno que parecía morir, bastante seco, con algunas hojas que estaban por caer y pidió ese.

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Le argumentaron que ese era el peor, que no lograría su cometido, pero él estaba decidido y se empecinó en que ese era el que quería. Bueno, le dijeron, llévelo. Pidió que le cobraran, pero no quisieron ninguna cantidad… era de más: el coco no viviría.

A nadie se lo dijo en aquel momento, pero en su mente nació la idea de luchar por la vida de ese coco, como lucharía también por la suya y lo puso en una cubeta con agua toda la noche. A la mañana siguiente lo sembró. Solo algunas de sus hojas secas quedaron en la superficie. Todos los días le echaba agua. En menos de una semana las hojas visibles terminaron de caer y ya no se veía nada, más que tierra. Pero él siguió, sin desesperarse, echando la misma cantidad del vital líquido, día a día, todas las mañanas.

Cuando parecía que todo era por gusto, que el coco jamás retoñaría, habló con él, y le dijo: “Si vos vivís, yo también voy a vivir, si vos morís, yo también moriré”. Fue aquella una sentencia de vida o muerte, quizá absurda, pero que en su mente representaba un compromiso, un compromiso con él y con la vida misma: de vivir aquel coco lucharía con más ganas por su propia vida.

Siguió unos días más con su rutina diaria, tratando a su coco con el cariño que el campesino tiene por cada una de sus semillas. Al final de cuentas son como sus hijas.

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Una de esas tardes, cuando estaba por caer el sol, se acercó al lugar donde estaba sembrado y vio unas pequeñas hojas tiernas, que empezaban a salir de la tierra. Su corazón se llenó de felicidad. Continuó regando a diario el coco, hasta que se convirtió en una hermosa planta, que creció fuerte al centro de su patio.

El teniente Silvio luchó por su vida, con el apoyo de valiosos compañeros y compañeras, que se entregaron en cuerpo y alma para que viviera feliz y con el menor dolor posible los últimos años de su vida. Contrario a lo que decían los médicos, vivió ocho años más, junto a su coco, que permanece, como fiel testigo de su última batalla.

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