DNI: “De la versatilidad y otras virtudes de la miseria”

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Créditos: benvenuto chavajay
Tiempo de lectura: 3 minutos
Benvenuto Chavajay, el artista que se tatuó en la espalda la cédula de vecindad del famoso atleta, Doroteo Guamuch Flores. Foto: guatemala.com

Por Camilo Villatoro

11 de enero 2019

Me da cierto pánico pensar que existen diagnósticos identitarios de nuestras nacionalidades. En tal caso, ¿qué seríamos los guatemaltecos? ¿Qué haríamos de esta historia de humillación interminable? Otros países por lo menos tienen el vicio saludable de la fantasía. Están los argentinos, de quienes se dice —o más bien dice un amigo que vive en Argentina (hay que hacer justicia a los pies de página)— que cada listo se cree una suerte de minidios. O los mexicanos —porque mi amigo es un mexicano asimilado— en quienes ese endiosamiento es acaso más patético, por ser, no individual, pero sí nacional, como si se tratara de haber brotado de una tierra donde cada semilla es abonada con lluvias de agua bendita. Y tal vez el guatemalteco promedio imite en eso a sus vecinos y crea que Guatemala es maravillosa sólo porque sí, pero también sabe —una voz interna se lo recuerda constantemente— que no, y lo acepta, aunque después lo olvida en un círculo vicioso de inconformidad, esquizofrenia y alcohol.

Pero lo más temible de esos diagnósticos nacionales identitarios (DNI de aquí en adelante) es que, aunque se ha demostrado científicamente que hay argentinos humildes y un montón de mexicanos que caen bien, algo de razón habrá siempre en esos estereotipos; si no simplemente no existirían. De esos pesares inevitables resulta que el guatemalteco es….

¡Un completo enigma que oscila entre sus múltiples circunstancias! Camaleón que, aunque todo mundo lo sabe verde y pusilánime, ni bien pasa la frontera guanaca se vuelve experto en las artes del cuchillo. Cruza Tecún Umán o La Mesilla, y aprende a leer y a escribir como por arte de magia. Lo peor de todo es que sacan postdoctorados en cualquier cosa que aprenden y luego se dedican a la docencia. Duolingo fue creado por un guatemalteco afortunadamente burgués, con el único propósito de hacer que los guatemaltecos adquirieran las herramientas necesarias para volverse alemanes, canadienses, chinos, marcianos, lunáticos, en fin, cualquier cosa que ellos quieran ser.

Tu más valiosa amistad la harás con un guatemalteco. La alegría de encontrarte un disco duro medio vacío, presto a llenarse de preciosas historias, que te recuerde cómo se debe comportar un [inserte gentilicio aquí] cuando el alzheimer te fiche a temprana edad. A la larga el guatemalteco se queda —no te quiero asustar— con tu herencia, tu casa, tu esposa, tu esposo, tu espose… Pero te dará las últimas atenciones que ni tus hijos ―para entonces incansables trotamundos intentando “encontrarse”— se darían a sí mismos.

Hace rato mi postura conforme las identidades sigue una trayectoria más bien “postidentitaria”: una que le saca jugo a la hibridación, al proceso, al mestizaje, a la incertidumbre, al misterio, al regreso a la semilla de cuando en cuando. Precisamente porque los DNI les hacen mucho daño a quienes terminan acostumbrándose a ellos y les anulan el asombro, haciendo inmutable una realidad que pudiera ser diferente. Si no fuera porque hay un trasfondo de desigualdad económica importante, diría que es una bendición ser guatemalteco. Alabada esa virtud de la inconformidad con sí mismo, esa esperanza destrozada antemano de volverse algo nuevo, haciendo interesante el ejercicio de la vida. Ahí donde se los ve malenvueltos en la preciosa duda (o quizás por eso), son gente inteligente, como sólo ellos y su escasa esperanza.

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