Créditos: anacronismo
Tiempo de lectura: 4 minutos
Ilustración: comunicacion.com.sv

Por Camilo Villatoro

28 de noviembre de 2018

La experiencia histórica, la economía política (ciencia exacta que develó la forma en que se produce la plusvalía y el capital), el sentido común expresado en los más burdos pero sabios refranes y, por si hiciera falta —al nacer en la precaria Latinoamérica hay un 90% de probabilidades de que, usted lector, sea cristiano— la mismísima palabra de Cristo, constata el hecho de que para ser millonario, hay que ser, o descendiente de criminales antiquísimos (corsarios, invasores genocidas, usureros mafiosos, entre otras formas criminológicas medievales), o ser una criminal contemporáneo, impúdico, discreto y astuto en todo lo que tenga que ver con las lides de la acumulación capitalista. O sea, las manos de los millonarios tienen, aparte de tarjetas de crédito, sangre de millones de manos pobres y mugrosas de la periferia; las que trabajan por sueldos infrahumanos en las zonas francas; pican piedra en las minas de África bajo el cruel tutelaje del sol rodeados de manos también negras empuñando AKAs; manos… mejor dicho… pobres bocas que sin ningún apetito sexual comen miembros desconocidos en los burdeles, símbolos consagrados de la esclavitud en el mundo contemporáneo.

Ah…. Pero las manos millonarias también fundan (firman cheques) universidades donde se instruye el arte de hacer bien las cuentas del ingenio azucarero, y demás oficios nobles como fuera el de llevar a práctica la máxima de que el Derecho Penal es una serpiente que sólo muerde a quien no tiene botas, entiéndase, señores míos, al descalzo. Las manos millonarias también donan dinero a UNICEF y a diversas entidades, fundan fundaciones —valga la redundancia— para repartir antirretrovirales a las pobrerías residuales que no murieron del todo cuando sus padres emprendedores desviaron los ríos que todavía eran ríos —donde hasta hace poco funcionaba una próspera hidroeléctrica, hoy yace sola la podredumbre de un paisaje periférico y ardiente­—.   Y así hasta que los pobres idiotas (usted y yo) no mucho, pero de cuando en cuando, digamos con cierto asombro, ah… Rockefeller y Soros no son tan hijos de puta como pensábamos…

En conclusión, quién tiene tanto dinero en este mundo, participa directa o indirectamente en la destrucción del prójimo y del planeta mismo. Los que tenemos menos dinero, pero vivimos bien, también mendigamos las migajas de los ciclos de acumulación de capital, gracias a que —entre otras cosas— sabemos escribir.

Lo más terrible del caso es que esta mecánica del sistema que constriñe a la humanidad y acorta el futuro del planeta, se descifró en el siglo XIX. La ley general de la plusvalía, sigue completamente vigente. En síntesis, explica cómo es imposible producir riqueza sin quedarse con más de la mitad —más o menos— del salario —y los sueños— que correspondería a quienes la producen con sus manos. También hay formas menos sutiles, como secuestrar gente y esclavizarlos en los plantíos de amapola, bajo la venia de los narcoestados que imperan en la periferia. Por supuesto, los mecanismos del capital han mutado — y tanto… que es más difícil identificar todas las nuevas características y la diversificación de sus dispositivos— sin por ello fallarnos en lo esencial: la riqueza produce pobreza.

Por eso, quienes mamaron inconscientemente el cuento de la cigarra ahorradora, o los que piensan que la lucha contra los ricos corresponde a otra época, no sólo no saben u olvidan que la miseria no es un subproducto del capitalismo, sino la reacción natural que lo define y sustenta. Esta inconsciencia ignorante que pasa por moderna, en realidad de contemporánea no tiene nada. Es un anacronismo. Tan anacrónica como menospreciar el hecho de la evolución (no es una teoría, es un hecho) siglo y pico después de haberse descubierto. Nunca faltan los que tiran manzanas al cielo esperando que atraviesen la atmósfera.

Al igual que la selección natural, lo siguiente es un hecho: no existe el capitalismo de rostro humano. Todos los magnates del mundo invierten en la miseria de la periferia; sin esta, no habría magnates.

Que una turba justificadamente enfurecida todavía no haya borrado de la faz de la tierra a los magnates, sólo es buen síntoma de que un montón de gente que no es precisamente capitalista, sigue trabajando en beneficio de los magnates patronos; y no les va tan mal, no viven pobreza extrema, pero su vida está plagada de la miseria espiritual que deviene de pasar ocho horas diarias produciendo la riqueza del prójimo, haciendo tareas interesantísimas, contando billetes, cargando escopetas, lamiendo culos, contestando llamadas más estúpidas que ellos  mismos. Pero es importante tener ocupaciones.

Post scriptum: Todo lo que se ha dicho aquí, ya no se suele decir, no porque sea mentira, sino porque es demasiado obvio. Si me tomé la molestia, es porque da una cólera muy grande entrar a las redes sociales para ver cómo gente supuestamente inteligente se ha tragado de diversas y originales formas el pensamiento del opresor, o sea, de quienes no sólo viven del trabajo ajeno sino también de la ignorancia del prójimo. Es un escrito autoterapéutico, como debiera ser todo en estos momentos sin mayores esperanzas para el mundo.

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