Créditos: Archivo.
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Por: Luis Ovalle

El teniente Sebastián, el médico de la guerrilla, quizá no era un político de primera línea o un estratega militar, pero conocía su trabajo y lo ejercía con entrega, dedicación y esmero. Al igual que muchos compañeros y compañeras abandonó la carrera antes de graduarse; además dejó el Conservatorio Nacional de Música, donde llegó a ser un violinista que prometía alcanzar la cima nacional e internacional.

Sin embargo, había en él un sentimiento mucho más profundo, inculcado por su padre, sobre las causas nobles, las luchas de los obreros y campesinos, las que quiso seguir conscientemente.

Cambió las comodidades de la ciudad por la selva, impenetrable y violenta. Dejó sus suaves mocasines, por botas de hule y se alejó de los conciertos de Mozart o Tchaikovsky para acercarse al sonido de la metralla.

Se fue formando a las difíciles condiciones de la selva poco a poco; su deficiente visión nunca fue un obstáculo. Siempre estaba actualizándose en la medicina y para ello adquiría pesados libros que debía cargar en terrenos escabrosos e incluso en áreas de operaciones, protegidos con nylon, con el máximo cuidado. Su pequeño violín también ocupaba un espacio especial en su mochila.

Atendió compañeras y compañeros heridos en combate, a quienes muchas veces les salvó la vida. Pero también curó infecciones provocadas por moscas chicleras, colmoyotes, diarreas, partos o alguna espina que quizá había llegado al hueso.

El médico tenía que lidiar también con enfermedades psicosomáticas, producto, en ocasiones, del temor al combate.  En ese momento se convertía en psicólogo y amigo.  En la mayoría de casos este tipo de males los “sanó” con simples aspirinas.

En el 86 fui testigo de una situación complicada que tuvo que enfrentar, a raíz de la concentración de la fuerza. Los combatientes empezaron a enfermar de diarrea, vómitos, cólicos, fiebres y calambres. Al hospitalito se sumaban cada día dos o tres enfermos.

La situación era delicada, porque repercutía en las operaciones militares y se incrementaba el riesgo de ser descubiertos porque ya eran muchos días en el mismo lugar; de ser atacados sufrirían muchas bajas porque eran muchos los enfermos.

Fotografía de archivo

Sebastián atendía a sus pacientes durante el día y en la noche se le veía, bajo la luz del candil, investigar en sus libros cuál podría ser el mal que lo ocupaba. Hasta que lo encontró.  Un día se le escuchó dar un grito: “¡Shigelosis!”.  Era el nombre de la enfermedad.  Todo coincidía: los síntomas, las causas. Ahora también conocía el tratamiento.

En pocos días todos estaban nuevamente de pie.  La contaminación había sido a través del agua, por lo que ordenó que, de haber condiciones, debía hervirse el líquido para beber durante 10 minutos.

Esta fue una experiencia colectiva; sin embargo, ya se había enfrentado a situaciones mucho más delicadas, como cuando tuvo que operar sin anestesia.

El compañero Adán presentó un cuadro grave de apendicitis y debía ser intervenido de inmediato.  Sebastián informó de la situación al jefe de frente, quien preguntó si existía alguna posibilidad de salvarlo si era enviado a un hospital. –Ninguna, dijo fríamente el médico.  -¿y si lo operás?  –Un diez por ciento.

No había de otra. Era la única salida. Adán se enfrentaría al bisturí de Sebastián, sin anestesia.

El enfermo sólo tomó unos tragos de licor y diazepam, antes de ser amarrado fuertemente al tapesco donde sería intervenido.  En la boca, un palo envuelto en trapos, para morder al momento que abrieran su vientre.

La operación fue exitosa. El médico extirpó el apéndice, pero el riesgo no había concluido. Era necesario esperar que no cayera infección.  Las probabilidades de que esto ocurriera eran muy altas; la intemperie, el calor húmedo del trópico y los mosquitos, eran factores determinantes. Pero nada. Dos o tres días y el paciente se empezó a recuperar.

A pesar de operar sin anestesia, en condiciones adversas, Sebastián había interpretado una de sus más bellas melodías quirúrgicas.

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