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Memorias de la Selva:

El movimiento revolucionario guatemalteco estuvo conformado por hombres y mujeres de alta calidad humana. Personas que soñaban con una Guatemala diferente, en paz, con democracia y justicia social. Hay recuerdos: personas, momentos, acciones y lugares que deben ser rescatados de la memoria colectiva y unirlos pedazo por pedazo, para las nuevas generaciones. Aquí parte de ese legado histórico.

Por: Luis Ovalle*

Por aquellos días la fuerza principal estaba bajo el mando del capitán Méndez; los tenientes Manuelito, Egidio y Rudy eran los jefes de pelotón. Preparaban una emboscada en la carretera, en la zona de Las Pozas, en Sayaxché, Petén, pero algo sucedió y fue detectado el campamento guerrillero. Existía la posibilidad de que el enemigo hubiera obtenido información de inteligencia, pero también era difícil mantener el mayor sigilo con una cantidad alta de combatientes.

Una u otra eran posibilidades. Lo cierto era que el ejército conocía las coordenadas del lugar donde se encontraba la fuerza guerrillera y para allá iba. Era común que cuando caían a un campamento, los guerrilleros se vieran sorprendidos y luego de hacerles frente durante algunos minutos, se retiraran del lugar “ordenadamente”.

Esta vez sería diferente. La fuerza estaba mejor preparada. Algunos internacionalistas habían ingresado a impartir instrucción de tropas especiales y había surgido un grupo combatientes, que además de tener una capacidad innata lograron asimilar al máximo la escuela.

Algunos de ellos tuvieron la oportunidad de salir de Guatemala y conocer experiencias militares de otros países. A su regreso se convirtieron en instructores, aplicaron cambios, mejoraron estrategias y contribuyeron a superar errores.

El entrenamiento sin embargo fue más arduo e intenso, hasta lograr un nivel de eficiencia que se traducía en la actitud y responsabilidad de cada combatiente.

Fotografía: de archivo

El teniente Manuel tomaba un baño en el arroyo junto a uno de los instructores, cuando escucharon los primeros tiros. Encendieron sus walkie talkies y escucharon al capitán Méndez: – ¡pelotones!, ¡formen línea de combate!

Cada jefe de pelotón desplazó a sus combatientes de acuerdo a la dirección en la que iba el ejército; a la izquierda se ubicó el pelotón de Manuel, al centro el de Egidio y a la derecha el de Rudy.

Los primeros tiros habían sonado en la avanzadilla. Los compañeros que se encontraban en esa posición creyeron que quienes ingresaban eran los compañeros que habían salido temprano a traer maíz; los soldados hicieron varios disparos y lograron que los guerrilleros corrieran rumbo al campamento.

El ejército gritaba y disparaba, como era su costumbre. Egidio empezaba a perder el control y pidió refuerzos. – Belice 1, Belice 1, Escuintla. – Adelante Escuintla. – Belice 1, Aquí vienen, aquí vienen. Necesito que me mande a la escuelita que tiene a la izquierda. – Negativo, Escuintla. No es el momento oportuno. ¡Mantengan posiciones!

Los combates en la selva tenían una característica: debido a lo cerrado de la montaña casi siempre eran a corta distancia. Cuando el primer soldado estuvo a tiro, uno de los oficiales guerrilleros afinó puntería y con una certera bala en el pecho lo abatió. Desde las distintas posiciones se escuchó: – ¡Fueeegoooo!, con un nivel de intensidad tal que no esperaban, al grado que huyeron, ante el temor de ser aniquilados.

En la retirada del ejército se oía que gritaban: – ¡cayó Panda!, ¡cayó Panda! Por lo que al campamento le quedó de nombre “El Panda”.

Después del combate hubo reunión de oficiales. Méndez era de la opinión que la emboscada había fracasado, pero el compañero instructor sugirió que no. Que al contrario, la situación podía ser más fácil.

– “Ellos van a entrar otra vez, porque tienen que sacar al soldado que dejaron abandonado y los agarramos, en la entrada o en la salida, pero de que los agarramos, los agarramos”.

Ese día por la tarde se trasladó la fuerza al área de la emboscada, en unos potreros junto a la carretera. Todos permanecieron en silencio y camuflados toda la noche en sus posiciones. Muy temprano sobrevoló un A37 el lugar, incluso descendió en dos o tres ocasiones sobre el lugar donde se encontraban los combatientes. Méndez estaba nervioso y preguntaba a sus oficiales – ¿será que nos vieron?, ¿será que nos vieron?

Más tarde se escuchó que llegaba el ejército sobre la carretera, que estaba a una mediana altura del lugar donde estaban los pozos de tirador. Del otro lado había sido colocada una mina, para provocar que cayeran al lado de la emboscada. Dos soldados iban al frente, muy relajados, con el fusil cargado sobre el hombro, como si fuera un pesado leño. Los compañeros escucharon su conversación –Puta vos, yo tengo pena en estos terrenos. – No te preocupés cuaz, ya vamos a llegar a Sayaché –Además aquí vamos por los potreros, no es montaña; esos pizados nunca atac…

En eso iban cuando los sorprendió la detonación de la mina y el viento fuerte de la onda expansiva los hizo lanzarse a la cuneta, del otro lado de la carretera, precisamente donde estaba un grupo de compañeros. De inmediato los tiros de la emboscada; uno de los soldados cae muerto; el otro, herido y aturdido, se lo lleva rodando hacia abajo hasta quedar paralizado a escasos metros del cerco.

Desde otra posición la M-60 se escuchaba por arriba de la fusilería, en un fuego cruzado que barría las posiciones enemigas. Luego de más de veinte minutos de fuego nutrido, los focos de resistencia del ejército eran mínimos.

La compañera Olga estaba del otro lado del cerco, a la espera de recibir la orden para lanzarse a recuperar; junto a ella el sargento Estuardo. Por radio el oficial pidió que la M-60 concentre fuego en ese punto y el sargento Canecho lo hace.

En ese momento el oficial dio la orden a la compañera Olga y al sargento Estuardo para que recuperaran las armas que tenían a unos cuantos metros. Ella se colocó de cuclillas frente al cerco. Se quitó rápidamente el cinturón y el arnés. Volteó a ver al jefe, le entregó su fusil y le dijo: – ¡por favor, si no regreso llevate mi equipo! Cruzó al otro lado, de espaldas, solamente con un cuchillo en la mano. Estuardo hizo lo mismo. A rastras llegaron al punto donde estaba el soldado herido,que no opuso ninguna resistencia . Olga le quitó rápidamente el cinturón y el arnés, y lo dejó con vida. Estuardo se encargó de recuperar el equipo del soldado muerto. En menos de cinco minutos estaban de vuelta, con dos armas, municiones, botas y equipos.

*Luis Ovalle es un periodista y soñador que se resiste a olvidar a los hombres y mujeres que regaron con sangre, sudor y lágrimas los lugares más recónditos de Guatemala, con el único deseo de construir un mejor país para todas y todos.

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