Las redes sociales se convierten en un espacio para el desarrollo de juicios sumarios 

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Créditos: redes sociales
Tiempo de lectura: 3 minutos
Imagen: sp.depositphotos.com

“Y me siento aquí preguntándome

cuál de mis yo sobrevivirá

a todas estas liberaciones”

Audre Lorde

Por: Yuderkys Espinoza Miñoso- pensadora descolonial latinoamericana

En el capítulo de la serie Black Mirror titulada “Odio nacional” las redes sociales se convierten en un espacio para el desarrollo de juicios sumarios contra personas que son indeseables o han cometido errores que merecen el repudio de los ciberciudadanos devenidxs jueces del orden moral.

Sin derecho a réplica ni perdón lxs ciberciudandanxs reclaman la pena de muerte para aquellxs cuyos errores son magnificados por la sobrexposición de las cámaras. Estamos hablando de la exposición mediática de la miseria y la imperfección humana, entiéndase, no de actos mayores que en un mundo de justicia no pueden ser tolerados bajo ningún punto de vista y que bajo una ley razonable deben ser sometidos a algún tipo de castigo. No, más bien estamos ante un mundo en donde el público clama la sangre de aquel/la cuyo error/imperfección salió a la luz.

El tipo de crimen por la que la persona es condenada es uno que podría haber realizado cualquier ciudadanx corriente. Errores que ameritan ser conversados en pro de hacernos mejores personas, pero que no admitirían ser juzgados ante algún tribunal so pena que acordemos vivir en una sociedad súper vigilada y punitiva.

Lo interesante es que en la serie, como en la vida, muchxs de los que claman la pena de muerte seguramente no estarán tan lejos de ser juzgado por causas similares o peores. Así la persona condenada parece venir a encarnar el sacrificio necesario para redimir los pecados del colectivo. La masa enardecida, como en toda cacería, juzga y condena para enmascarar su propia historia de errores y evitar su propia muerte. Todes tienen miedo, todes quieren evitar a toda costa que el foco de la cámara les desnude ante la opinión pública y no hay mejor forma de evitarlo que tomando ventaja al exponer los límites, las basuras del otre. Si éste/a es quien te enfrenta, quien representa el deseo no alcanzado, quien te muestra tu propio límite, quien no te ama o te ha despreciado o para quien eres indiferente, con mayor virulencia se pedirá su cadáver.

En muchos momentos de mi vida he visto indistintamente como en los grupos humanos opera este mecanismo por medio del cual una persona pasa a representar todos los males del colectivo. Muchas veces yo misma he estado ahí. Por alguna razón, que ha sido motivo de noches en vela, de búsqueda de ayuda terapéutica y hasta de un largo camino de lucha por la justicia social, en varias ocasiones yo pasé a ocupar ese lugar. Escuchaba a la gente que me exponía al juicio grupal y no podía dejar de pensar que sus palabras no eran más que un intento de encubrir sus propios errores.

Lo triste es ver una y otra vez como los grupos tienden a ser cómplices de estas tácticas persecutorias, no inmiscuyéndose o pasando a ser parte de la cacería incitada por unx o por algunxs. Al final parecería que la salud del colectivo depende de que exista este sujeto del sacrificio y la expiación. La práctica del juicio moral público hoy igual que ayer ha servido no para la justicia, ni para la reparación. Igual que en este capítulo de “Odio nacional”, igual que en la caza de brujas, igual que en la época stalinista, no ha servido a fines de superación personal y colectiva sino que ha sido un arma al servicio de la necesidad de esconder lo profundamente imperfectos que somos, pero sobre todo ha servido para el mantenimiento de ideologías y el establecimiento de regímenes totalizadores. Estas prácticas no terminan acabando, como se pretende o se justifica, con los sistemas de poder o con los grupos dominantes. Por el contrario se lincha al más débil, con menos poder o con menos capital para evitar ser juzgadx.

Una podría hacer el ejercicio de pensar lo que pasaría si en este tiempo de ciberactivismo una pudiera tener acceso a las vidas completas de todo el mundo y sacar a la luz todos los errores, microviolencias y daños que cada une de nosotrxs ha incurrido en su vida. Si fuéramos honestxs con nosotrxs mismxs tendríamos que admitir nuestra propia miseria y que solo seguimos aquí porque nuestras víctimas del momento fueron compasivas y pacientes…con ello nos permitieron crecer y ser mejores personas.

(Gracias Lia C. Espinosa, por recomendarme el capítulo, por creer en mí y por ser la hija-compañera que aprendió a perdonar a su madre imperfecta. Gracias por ayudarme a ser mejor y por ver lo mejor de mí)

 

Autoría y edición

Descendencia kaqchikel y afrodescendiente. Infancia en la cuna de una organización revolucionaria. Crecida dentro de la revolución cubana.

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