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Por: Sandra Gonzáles

En la batalla de las ideas el discurso es utilizado como un arma.  De ahí que debamos ser tan cuidadosos con lo que interpretamos y aceptamos como bueno y verdadero; pues los discursos tergiversadores llegan desde personas que no tienen un nombre  o un rostro real hasta de las instituciones y personas bien reconocidas (que bien podrían ser una misma).

Las redes sociales se han convertido en una especie de poder, pues otorgan a los usuarios asiduos  acceso rápido a un público más amplio.  Son una herramienta perfecta para esparcir ideas.  Habrá recepciones e  interpretaciones diversas, pero sin duda los mensajes que circulan por esos medios encontrarán muchísimas personas susceptibles de ser manipuladas.

Como ejemplo de la manera en que se usa el discurso con el objeto de tergiversar, veamos el Caso Molina Theissen:  En 1981, el Ejército de Guatemala secuestró y mantuvo esposada en una cárcel clandestina a Emma Guadalupe Molina Theissen. Ahí la torturaron de diversas formas, intentando obtener información sobre la guerrilla.  La hicieron padecer hambre, sed, golpes y violaciones sexuales.   Después de unos días ella logró fugarse; pero pasadas unas horas, el suplicio continuó con el secuestro de su hermano Marco Antonio, de catorce años, de quien a la fecha no se sabe nada.

Como un acontecimiento histórico, el caso llegó a juicio y cinco  militares son ahora sometidos a un proceso judicial por estas atrocidades.  Un enorme logro en nuestra Guatemala de la eterna impunidad.

Como era de esperarse, el proceso no ha sido fácil; pero además, de las estrategias que han intentado para frenarlo,  otros militares, familiares y amigos de militares, se dispusieron a seguir torturando a la familia Molina Theissen con discursos que van de la descalificación al odio.

Lo que pretenden con los diversos mensajes que han publicado a través de las redes es, precisamente, cambiar la percepción de los hechos que ha declarado la víctima.  Con este objetivo se alude a los militares acusados nombrándolos de las maneras más distinguidas y acreditándolos como héroes que lucharon por la libertad y la democracia; salvadores del país.  Y a la víctima se la señala como una farsante, una “guerrillera vividora” que quiere dinero; además de que todo lo relacionado al proceso judicial lo aseguran falso: el caso, las pruebas, la declaración. La búsqueda de justicia no la califican como tal, sino más bien como un interés monetario.

Es obvio que los hechos van a ser negados por quienes los perpetraron, sus allegados y sus afines; porque en general, nadie podría justificar o calificar como válidos y aceptables los aberrantes hechos que ha testificado la Sra. Molina Theissen.  Sin embargo, esta negación de lo ocurrido lo que en realidad busca es obstaculizar la justicia.

Estos discursos ubican a los militares por un lado y a quienes están buscando justicia, por otro (incluido el Ministerio Público que para ellos es, además de mentiroso, un enemigo).  Por supuesto, las denominaciones que encontramos para los dos grupos no son estas sino: “inocentes” para los militares (los que “defendieron” y “lucharon”) y “falsa”, “vividora”, “terrorista” para la víctima y su familia (las que “mienten”).  A la familia Molina Theissen, se refieren como “los vagos”; y a los militares, como una “familia” unida.  Así, este grupo que ha invocado desde siempre la unidad nacional, en la práctica discursiva polariza.

Una intención más aberrante que se puede identificar en los diversos mensajes publicados, es la de volcar la culpabilidad en la propia víctima.  La culpan tanto de aquello que la hicieron padecer, como de lo que le hicieron a su hermano. Con esto se intenta seguir perjudicando a la víctima, pues además de que se utiliza un lenguaje sumamente ofensivo, se  advierte el deseo dañar su reputación y con ello causar un daño emocional. Las víctimas son cosificadas e insultadas; incluso hay un mensaje con la amenaza de quemar a la Sra. Theissen.

Uno de los militares acusados dice que esa historia que ella cuenta ni en el cine la ha visto, que es una novela.  El horror es tanto que apuestan a que al ciudadano común (por llamar de alguna forma a quien no ha sido entrenado para torturar) esos hechos le parezcan inverosímiles, imposibles de suceder.  Bueno sería que se tratara de ficción, pero no, se trata de las atrocidades que vivieron muchas familias en los años de la guerra; se trata de una realidad reciente de este lugar en donde los derechos humanos todavía son atropellados por el abuso de poder, por la corrupción,  la indiferencia, la discriminación y por el odio.  Son atropellados con la saña con que fue atropellada una niña que reclamaba esos derechos; con la saña que otras niñas y adolescentes fueron asesinadas.

Aunque haya un grupo que ponga todo su empeño en tergiversar, en mentir, en engañar; en quitar importancia a eso monstruoso que hicieron o en volverlo ficción, tengámoslo claro: Esto no es una novela.   Si negamos todo ese horror o aceptamos un milímetro de él, no descartemos la posibilidad de que algún día nos vuelva a atrapar.

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