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Fotografía Francisco Rodas.

Por: Francisco Rodas.

A Francisco Franco se le debe que España tuviera en Europa la reputación de ser un país de segunda y con más cementerios clandestinos. Pensando que era inmortal, la construcción del mausoleo debió improvisarse en tres días. A su perennidad se le sumó la idea familiar que el generalísimo, como sus aduladores le decían, sufría un contagio aristocrático tomándose la libertad de correr al viejo rey para luego poner al retoño sin respetar la línea de sucesión. Así de fácil.

Pese a su decadencia, el caudillo, otro sobrenombre propio de un mito, tuvo unas exequias solemnes como si se tratara de declararlo santo. Ganas no faltaron.

La noticia por radio y televisión, fue dada por un locutor que con voz entrecortada y ojos lacrimosos dijo: «españoles, Franco ha muerto». Las honras fúnebres se llevaron a cabo en la basílica del Valle de los Caídos. Ese monumento en el que se reflejaba como faraón, porque se edificó con mano de obra forzada de los presos políticos republicanos y de otros con la misma sospecha; porque necesitaba que su estancia mediocre en la tierra tuviera alguna materia de trascendencia y para que sirviera de panteón de un autócrata taciturno.

El acto fue presidido por el rey Juan Carlos, el mismo cuyo especial entretenimiento era salir de safari a matar elefantes, mientras el generalísimo tuvo deportes más inofensivos como ir de pesca. Dicen que hasta cogió un cachalote.

Las tropas de los tres Ejércitos le rindieron honores y fue paseado en carroza por las calles de Madrid, vestido con el uniforme de capitán general, con banda y cruz en el pecho. Además de las tropas, llegó el otro ejército de sotanas púrpura que convirtieron la misa de cuerpo presente en un acto que selló su destino divino.

Tristemente, la asistencia de jefes de estado fue parca siendo apenas acompañado por el rey Hussein de Jordania, el príncipe Rainiero de Mónaco y Augusto Pinochet.

A Pinochet le causó tanta fascinación ese funeral que, en la intimidad, expresaría su deseo que los suyos tuvieran la misma pompa. Del capricho, a este jefe supremo lo único que se le cumplió fue que murió en la cama y sin el deshonor de ser juzgado por crímenes de lesa humanidad, menos rendir cuentas de la colosal fortuna diligentemente resguardada en un banco de Miami bajo nombres espurios.

Pinochet también gozó de un velatorio prolongado y solemne, aunque en las calles sus víctimas y opositores festejaron un carnaval que duró hasta la madrugada. La ausencia de jefes de estado fue tal que ni siquiera la presidenta de Chile asistió a la despedida del verdugo de su padre. Otro militar, por cierto, no implicado en la traición pinochetista. La ingratitud más grande fue que los principales líderes de la derecha tampoco acudieron.

Bachelet instruyó que al dictador no se le hicieran honores de jefe de estado, que no se decretara duelo nacional y ninguna manifestación de luto en los edificios públicos. Solo fue permitido los honores militares y las banderas a media asta en los cuarteles. Así, la sede del gobierno ─el palacio de La Moneda─ que bombardeó para posteriormente ingresar como vencedor anticomunista, no le sirvió para salir con los pies por delante.

El cortejo fúnebre fue efímero recorriendo dos kilómetros de las calles de Santiago que lo llevaron al crematorio, donde fue convertido en cenizas el arquitecto de un régimen que se creía eterno.

La vida de este dictador chileno como la de Franco, se convirtieron en una obsesión tal que, la única manera de certificar sus decesos fue verles el rostro por la mirilla de vidrio dispuesta en el ataúd.

Por un poco, y el último patriarca de la guerra fría en américa central, no llega a conocer a Franco. El generalísimo, la verdad, no le entusiasmaba mucho estar al tanto de un agregado militar enviado como paria, como sublevado de la institución armada. Ni siquiera su abyecta obediencia al ejército de su país ni su fervor católico, fueron suficientes para ganarse el afecto y las invitaciones a las residencias de sus homólogos españoles.

A Pinochet no tuvo la dicha de conocerlo, pero esto no impidió que el chileno le enviase asesores experimentados en tortura e inteligencia militar.

Curiosas coincidencias entre Franco, Pinochet y nuestro sublime dictador es que fueron militares, golpistas y de celosa cristiandad. Ríos Montt no gobernó los 35 años de Franco ni los 17 de Pinochet, pero su breve mandato de 1 año, 4 meses y 16 días ─ insignificante entre 36 años de conflicto armado ─, bastaron para llevar la brutalidad hasta el paroxismo.

Recién llegado al poder, García Márquez le dedicó una pequeña nota que lo describían de pies a cabeza: «Había pensado, leyendo las noticias de Guatemala, que tal vez nos ha surgido en América Latina lo único que nos faltaba para colmo de peras en olmo: un ayatolah».

Aseguran que el deterioro de la salud de Franco se aligeró por la censura que el papa Pablo VI hizo sobre el fusilamiento de cinco ciudadanos españoles. Algo similar pasó en Guatemala, cuando tres días antes de la visita del papa Juan Pablo II, un tribunal siniestro y en el anonimato, decidió pasar por las armas a seis guatemaltecos acusados de secuestro, extorsión y terrorismo.

Pero contrario a lo sucedido al caudillo español, nuestro general asumió un tono desafiante ante la solicitud de Juan Pablo II de indultar a los condenados. Es decir que no se perturbó. El papa lastimosamente pasó rápido la página del agravio, oficiando una misa desde el frontispicio de la Tribuna Militar del Campo de Marte construida, irónicamente, durante otra dictadura, la de Jorge Ubico.

La última vez que se le vio al general le transportaban en una camilla que asemejaba al Cristo del santo entierro llevando, además, unas gruesas gafas oscuras muy al estilo Stevie Wonder.

A distancia de estas infortunadas remembranzas, en una atmosfera de displicencia, al general le organizaron un breve protocolo que lo llevó derechito desde su residencia al sepulcro. No se siguieron, por lo menos, el trámite legal de la autopsia ni levantado del acta de defunción.

Con una nada despreciable trayectoria política, las puertas de palacio permanecieron cerradas, tampoco se abrieron las del congreso que presidió, ni de los cuarteles que estuvieron a su disposición, y tampoco le ciñeron una banda al pecho evocando su paso por el poder.

Queda la excusa que, por lo repentino de su fallecimiento y entierro no dio tiempo para que figuras de antiguos jefe de estado le acompañaran. Empezando por Alfonso Portillo catapultado a la presidencia por el partido que el general fundó, o el alcalde Arzú dado a imitar su ejemplo por medio de su singular laudo «usted papá, usted mamá».

No resonaron la salva de 21 cañonazos reservados a prohombres, como éste que emprendió la reconquista a sangre y fuego.

Tanto los medios nacionales como internacionales no pusieron mayor interés en sus padecimientos, todo se resumió en notas necrológicas de un personaje macabro. Hubo tristezas e indignaciones por todos lados, pero no se llegó al estremecimiento.

Su hermano sacerdote y bien colocado en la jerarquía católica, no se tomó la molestia de hacer responsos ni rogativas por su alma.

En el sepelio se escuchó más sobre su lucha anticomunista que de su buen gobierno, si es que lo hubo. También alguien tuvo presente que él fue quien inició las políticas sociales con su programa “fusiles y frijoles”, donde los beneficiarios no tenían mucho para elegir, nomás comprender que, o los mataban o se morían de hambre.

El esquivo presidente Morales su único gesto fue publicar una esquela de pésame en las páginas amarillas de los diarios.

Por ahora, vista la confidencialidad de su ocaso, surge la leyenda de si al igual que Hitler, siga vivo en alguna parte.

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