Mi manera de no olvidar a las 41 niñas asesinadas el 8 de marzo

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Créditos: andrea niñas
Fotografía: ysterias.wordpress.com

Por: Andrea Tock

Es ya poco más de la mitad de marzo; el equinoccio de primavera acaba de ocurrir y eso significa que acá en Suecia, cada vez habrá más y más más luz hasta que –según me han dicho- anochezca a las 10 de la noche.

Ya pasó más de un año del asesinato de 41 niñas en el Hogar Virgen de la Asunción. El pasado 8 de marzo, muches se recordaron de ellas, en Guatemala y en otros lugares del mundo. Para mí fue también una fecha importante. Traté de recordar cómo viví el 8 de marzo de 2017: participé en la marcha desde el Organismo Judicial (OJ) hasta el Parque Central, almorcé y tomé una cerveza en El Portal, fui a la celebración del aniversario de La Cuerda y luego en la noche fui al cine. Sabía que algo estaba ocurriendo, pero no logré captar la magnitud del evento hasta el día siguiente. Desperté el 9 de marzo y cuando finalmente me senté a leer lo que había pasado, me congelé; no supe cómo reaccionar.

Niñas abandonadas, maltratadas y luego criminalizadas. Sigo pensando, igual que hace un año, que el Estado guatemalteco es responsable. Considero, sin embargo, aclarar que no creo que todos los guatemaltecos sean el Estado, hay tantes a quiénes ni siquiera se les reconoce su humanidad. La responsabilidad también es particular y hay sujetos con nombre y apellido, algunos quienes ya están enfrentando a la justicia y otros, como el unineuronal de Jimmy Morales, que siguen durmiendo en la tranquilidad de su casa. Mi deseo para él es que sueñe todas las noches con el infierno –realidad, no metáfora- que les tocó vivir a las 56 niñas encerradas en la madrugada de ese terrible 8 de marzo.

Un año después sigo estando enojada y triste, triste y enojada. No podía dejar que el día pasara como cualquier otro. Les dije a un grupo de amigues que quería hacer algo y que, si me ayudaban, entonces podríamos hacer algo bonito. Y así armamos algo. Nada espectacular, pero significativo, a pesar de los diez mil kilómetros que separan Guatemala y Suecia. Ese día hablamos de la situación de las mujeres jóvenes en Guatemala y en El Salvador, países de los que casi nunca se habla en este pequeño pueblo en el que estoy viviendo. Compramos plantas, una por cada niña asesinada. A cada maceta escribimos el nombre de una niña. Un nombre que será leído y pronunciado cada día cuando se le eche agua a la planta. Una forma de mantenerlas en la memoria.

¿Cuántos nombres de las 41 recuerdo? Esa pregunta me la hice a las semanas de ocurrida la tragedia. Ninguno. Hoy no es este el caso. Hoy puedo decir el nombre de cinco por las cinco flores que me traje a casa: Sara, Jilma, Siona, Mayra y Jacquelyn. Las nombro todos los días cuando riego las plantas.

En Guatemala, el recuerdo duró un día en los medios. Durante la semana siguiente el debate fue en torno a la procesión de la vulva, que había salido también en el 2017 y que pasó desapercibida esa vez. El debate relegó de nuevo al olvido a las niñas, las removió del espacio mediático y le sirvió a los pro-impunidad como distractor y como excusa para intentar remover a un aliado de la lucha anti-corrupción.

Como sea, hoy, quiero mostrar las fotos del pequeño homenaje que armamos Carmen, Linnea, Seyda, Arlette,  Faith, Paulina, Emilie, Onur, Isadora, Armando y yo.

Fuente: ysterias.wordpress.com

Autoría y edición

Descendencia kaqchikel y afrodescendiente. Infancia en la cuna de una organización revolucionaria. Crecida dentro de la revolución cubana.

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