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Por: Francisco Rodas.

Después de sentarse en el gran salón iluminado con luz difusa, suave y confortable, para escuchar los tres debates convenidos en la agenda del evento, lo que se esperaba era el cierre del foro con el aplauso de rigor por parte del público. Eso sucedió,  pero lo que no estaba previsto en el programa de actividades del III Encuentro Ciudadano fue, la presentación del Frente Ciudadano Contra la Corrupción (FCCC).

A quienes no les tomó por sorpresa lo que iba acontecer fueron a las 13 mujeres y 39 hombres que se subieron a la tarima respaldando al “frente”. Pese a la copiosa presencia de periodistas para cubrir el evento, nadie entró en sospechas que la cosa iba a más.

La variedad de personajes ahí presentes que se subieron a la tarima y se tomaron la foto, da suficiente para pensar que había obrado un suceso casi ecuménico. La unidad por sobre las diferencias. Hasta cuándo y hasta dónde, no sabemos.

El FCCC ahí aglutinado estaría contando con el apoyo de ONG dedicadas a la fiscalización del gasto e ingreso público, a los derechos humanos, colectivos sociales, periodistas, un par de diputados que reclaman transparencia desde sus curules, la dirigencia estudiantil capitalizada en la figura de Lenina García, autoridades indígenas y sindicalistas entre otros.

Pero el gran asombro fue la presencia de un sector importante del empresariado. El mismo que no hace mucho tiempo le expresaron a la CICIG y al MP su disgusto y sus dudas sobre el debido proceso, la presunción de inocencia y el uso y abuso de la prisión preventiva. En suma, a estas entidades se les avistaba como violadores de los derechos humanos.

Dentro de este grupo llamó la atención el lugar que ocupó el multimillonario Dionisio Gutiérrez que, con humildad, se colocó al fondo del escenario como queriendo pasar desapercibido, pese que fue el principal puntal para la organización del evento y del “frente”.

La intervención de varios empresarios sonó como un acto de contrición, donde se fueron sucediendo gestos de dolor y pesar de haber pecado, de arrepentimiento pero aguardando una reducción de la penitencia. No obstante, el gesto no fue tan lejos como para detallar los meandros de sus vidas exitosas, amparadas por un estado del que parecen ahora quieren renunciar.

Como sea, el hecho que los empresarios se hayan sumado al FCCC, no puede ser otro que descubrir que la corrupción, en tiempos de persecución, ya no resulta ser buen negocio. De otro modo no llegan.

Otro rasgo peculiar fue la inclusión de 7 indígenas situados todos al frente del grupo. Ellos se entienden bien con la lucha contra la corrupción, la sufren, aunque tanto más con la lucha para que se apruebe una Ley de Reforma Agraria Integral, cuya aprobación por el congreso se ha pospuesto durante los últimos 13 años. También ellos sabrán que algunos de los invitados subidos en la tarima han sido patrocinadores para que dicha ley no salga del atasco.

Ignoramos quién o quienes, pero el FCCC ya trazó la raya de los que califican para estar en su lista de afiliados. Así, los grandes ausentes fueron, el presidente Morales, el congreso y ese gremio sindical público que apoya, siempre y cuando exista prebenda de por medio. Las cabezas más visibles del pacto de corruptos, de los impresentables.

Aunque tampoco fueron ellos los únicos ausentes. Se ignora si les extendieron invitación, pero las organizaciones campesinas, contra la minería, contra la construcción de hidroeléctricas y ambientalistas no se les vio. Investigar por qué razones no llegó esa parte de la sociedad civil organizada ayudaría mucho para entender de qué va el FCCC.

El desconcierto de una concertación

Salvo quienes se encargaron y siguen encargándose del trabajo sucio en el delirio de su anticomunismo, el sector empresarial no ha expresado desconfianza o descontento sobre la iniciativa del “frente”. Puede decirse que están cómodos, se sienten seguros o quien sabe, tienen la suficiente inteligencia para no enjabonar sus discrepancias en público.

En la izquierda, esa que se torna cada vez más difuso establecer, avivó rápidamente la polémica en cuanto a las alianzas contra la corrupción. En resumidas cuentas es ahí donde el desconcierto ha salpicado con más fuerza.

Entre ellos hay un sector pragmático que no se complica la vida, juzgando que todos se benefician y que las alianzas o coaliciones en algún momento terminan. Bodas perfectas para divorciarse.

Otro sector de izquierda, no sabemos si más pequeño o más grande que el anterior, sienten que la formación del FCCC ha desbarajustado los progresos de articulación entre los distintos colectivos surgidos en su interior, no digamos en su identidad política. No exageramos, pero las repercusiones podrían llegar hasta una eventual participación en el próximo proceso electoral.

Si siempre existe la tentación infantil de hacer reproches, en este momento no parece que este sea el caso. Quienes tomaron distancia de participar en el FCCC, o no les invitaron, o les irritó que no hubieran reuniones previas para analizar la conveniencia de tomar parte del “frente”, no andan señalando a los otros como una bola de descarrilados. Ahora si los que se siente emplazados así lo perciben, se estaría cometiendo el error de subestimar un movimiento que, con todas las expresiones en su seno, mal que bien ha ido madurando.

Así que no hay guerra de recriminaciones, pero si recelos sobre que la memoria esté fallando. En los últimos días han resucitado detalles sobre cómo la corrupción rebalsa el recipiente gubernamental que lo contenía, porque hay un cúmulo de afectados con evidencias de que entre los nuevos aliados en el “frente”, hay varios que se han beneficio del mal contra el que ahora arremeten.

La lista es larga, y todo coincide en que con el estado capturado no les estaba yendo mal. A partir de ahí, viene la suspicacia de si se está produciendo un reacomodo positivo de la élite empresarial, o si este reacomodo provenga de un cierto temor a ser investigado y conducido a tribunales, o si sus decisiones corresponden a un plan todavía más complejo, que reinicie un nuevo ciclo de cooptación.

Lo que si no es aconsejable hacer dentro de la izquierda es, tanto hacia quienes se apuntaron a la iniciativa como con los que les causa incertidumbre, ponerse en las botas de Arzú, diciendo que estos son unos malos guatemaltecos. Eso es puro nacionalismo opresivo y de chantaje.

Raúl Figueroa Sartí, con tono conciliador e inteligente, en un twitt resumía que, “No es momento para la fe ciega ni para la desconfianza absoluta. Es momento para construir una amplia alianza que aísle al gobierno mafioso de Jimmy Morales”. Tiene razón, pero sin olvidar que la desconfianza no surge de manera natural y que es ella la que tiene de cabeza la fe.

Además, las alianzas más sanas no se construyen sentenciando que es la última oportunidad, ni que para ello exista un solo profeta. Lo avanzado hasta ahora por esa sociedad civil que ya tiene tiempo de estar comprometida con la lucha contra la corrupción, es una demostración categórica de esto.

La agenda corta, la agenda larga

Es de suponer que los de la tarima se sumaron a la iniciativa porque conocían y estuvieron de acuerdo con una agenda mínima de los motivos y alcances del “frente”. Cuál es esa agenda y hasta dónde quiere llevarse. Qué va a pasar si fuera necesario tomar medidas más allá del lobbismo desmovilizador y encaminarse a las plazas.

Por la diversidad de sus miembros, resulta lógico que existan lecturas diferentes en cuanto al significado y alcance de la corrupción y de en qué gravita una coalición. Un columnista pro-FCCC opina que la agenda consiste en apoyar a la CICIG, el mismo propósito para con el MP y asegurar que, quien sustituya a la fiscal general prosiga su trabajo. Así de simple.

El presidente de Acción Ciudadana va un poco más lejos asumiendo que, además del apoyo al MP y la CICIG, debe empezarse a identificar estrategias post corrupción para un nuevo modelo de gobernanza. Es decir que, además de divisar el ocaso del estado capturado, él mira en la iniciativa algo de más largo aliento.

Antonio Malouf, presidente de CACIF, tiene una visión más desapegada sobre la función del FCCC. La población ―dice―, debe actuar por su propia cuenta y en contra de este flagelo, no solo con una firma sino con acciones reales. En este caso, pedir que cada quien vaya por la propia le resta sentido al “frente”, además sobresale ese hábito gerencial de: vaya y hágalo.

Existen también aquellos cuyo optimismo sobre el futuro del FCCC, los hace ver en la coalición una suerte de panacea para solucionar otros problemas del país. En su columna Carol Zardetto recomendaba que, lejos de enredarnos en los distractores provenientes del sectarismo, el asunto primordial es liberar el espacio político tomado por las mafias. Hacerlo ―opina―, es la base para empezar a dilucidar cómo resolver la infinidad de problemas irresueltos.

Debe incluirse también en la agenda del FCCC, la prórroga del mandato de la CICIG. Palabras más, palabras menos, esto es lo que conocemos del “frente”.

Pero esta sucinta agenda que es real y necesaria, se queda corta frente a la que empezó a modelarse al calor patrio de las plazas. Lo de patrio viene por haberse cantado el himno una y mil veces.

La renuncia del presidente de la república y de los diputados no parece ser una contingencia apuntada en su libreta. Esto podría tener alguna explicación, fundamentados en que algunos de la tarima, los empresarios desde luego, cuando ha surgido dicha demanda, han apelado al resguardo de la institucionalidad. Una institucionalidad que al final de cuentas sigue siendo pervertida por quienes se les ha pedido abandonar sus cargos. La verdad es que su reacción no se diferencia con la asumida en sus peores momentos por el gobierno pasado y el actual.

Esa noción de institucionalidad que tarde o temprano condimentará la lucha contra la corrupción, dado el pragmatismo que cala en la coalición, puede que no se tome en cuenta que ella no tiene un eje único de realización. En los momentos más supremos de la movilización, el ánimo de la ciudadanía fue muy diferente al de las élites. Para los primeros, la institucionalidad fue imaginada como algo en cuyas averías había que trabajar; para los segundos, el asunto fue de preservar lo que se tiene, y para ello era preferible contener las movilizaciones. Las acusaciones siempre mantuvieron ese tono en el cual los movilizados eran los insurgentes, los criminalizados.

Una demanda de amplio consenso es la reforma de la ley electoral y de partidos políticos (LEPP). Al respecto hay que darle sus méritos a esos colectivos sociales pre-FCCC. De acuerdo el comisionado Velásquez, su reforma resulta fundamental para quebrar los engranajes de la corrupción. Por lo mismo, el FCCC estaría contra el tiempo para que la LEPP se apruebe con prontitud y como dios manda.

Pero en su debut, el FCCC no expresó nada al respecto. Cosa diferente hizo Dionisio Gutiérrez en el programa “Sin Filtro”, al pedirle su opinión sobre qué efectos o influencia podría tener el “frente” en las elecciones de 2019. Él explicó que había que prepararse más y que eso tomaba tiempo.

O sea que a él no le mortifica que para tener elecciones libres, justas y competitivas, haya que esperar que se consuma el primer cuarto del presente siglo. No menos insultante es que, alguien que no se detuvo a ver si tomaba contacto con partidos “capacitados”, considere que ahora esto es un impedimento para una dirigencia ―implícito en su declaración―, de escasa cultura política y que además aprende lento. Más repugnante resulta, si la opinión proviene de un personaje que ha dado generosos diezmos para que siga prosperando la riqueza, la de él y la de sus candidatos.

También en la libreta falta apuntar la pendiente de asegurar un superintendente de la SAT, implacable e incorruptible, como fue Solórzano Foppa. Recuérdese que el tema de la evasión fiscal ha sido otros de los filones en el que la superintendencia contribuyó a la lucha contra la corrupción, sobre todo con operaciones de cercenado de tentáculos que unían lo público con lo privado.

Huelga señalar las reformas a las leyes del organismo legislativo y judicial, las cuales se le ha cargado todo a la CICIG y al MP. Hay mucho trabajo por delante y como declaró la fiscal general en un seminario, la lucha apenas empieza.

Hay que confiar que en el futuro surjan otros frentes en función al desarrollo, algo así como un frente por la distribución de la riqueza o contra la desigualdad. En eso #TambiénNosAtrevemos.

Autoría y edición

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