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Fotografía Mauro Calanchina

Por Ana Cristina Alvarado.

Desde muy pequeña he visto la palabra “desaparecido” rondar por mi familia con la forma de una nube negra, silenciosa y desesperanzadora. Entre los 45 mil desaparecidxs durante la violencia en Guatemala se encuentran dos hermanos de mi papá. De niña no entendía qué significaba “desaparecido”. Era un concepto muy abstracto para mí. Quizás por la misma razón nunca me he referido a ellos, a Sergio y a Rolando, como mis tíos pues es difícil identificar como tales a dos personas que nunca conocí. El concepto también me resultaba abstracto porque su desaparición no era un tema que se hablara abiertamente. Aunque mi papá siempre se preocupó por hablarnos de ellos, el resto de información que me permitiría entender lo que significaba e implicaba ser desaparecidx la tuve que reconstruir a lo largo de mi vida.

El 25 de febrero se conmemora el Día Nacional de la Dignidad de las Víctimas del Conflicto Armado Interno. En octubre de 2002 el Congreso, siguiendo una de las recomendaciones de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico (CEH), «la declaración de un día conmemorativo de las víctimas», emitió la ley que declaraba el 31 de marzo Día Nacional de la Dignidad de las Víctimas de la Violencia. Esta fecha, al igual que el nombre, fue cambiada dos años después a una simbólica, el 25 de febrero, día en que la CEH en 1999 presentó el informe Guatemala: Memoria del silencio[1].

¿Por qué es importante contar con una fecha conmemorativa? Elizabeth Jelin, socióloga argentina, expone que «las fechas y los aniversarios son coyunturas de activación de la memoria»[2]. Una de las consecuencias de la violencia ha sido el largo periodo de silencio que seguimos afrontando. Aunque es importante activar la memoria en todo momento, tener una fecha conmemorativa brinda un espacio para recordar, hablar y escuchar. Fue el silencio el que hizo que me llevara años entender lo que implica la desaparición de los hermanos de mi papá. Aunque siempre tuve curiosidad, nunca pregunté, no porque alguien me lo impidiera sino porque como todo tema tabú sabés sin que te lo digan, que no debés hablar de él.

A lo largo de mi vida le di sentido al concepto de “desaparecido” a través de lo que vi, leí o percibí. Lo reconstruí de lo que entendí de esas conversaciones que lxs adultxs llevan a cabo frente a lxs niñxs asumiendo que estos entienden. De lo que escuché tras una puerta o de lo que leí la vez que, aprovechando la ausencia de mi papá, revisé el folder que contenía notas de prensa y otros documentos relacionados con la desaparición de sus hermanos. Empecé a entender su dimensión y darme cuenta que había más desaparecidxs cuando tuve la suerte que el tema se abordara donde estudié y a través de los libros a los que tuve acceso. Así empecé a comprender el dolor que percibía en mi abuelita. Sin duda verla morir sin haber conocido el paradero de sus hijos hizo que el concepto “desaparecido” dejara de ser abstracto. A partir de ese momento supe a qué se debía la existencia de esa nube negra y por qué era tan abrumadora.

Sin embargo, hubo algo que tardé muchos años más en darme cuenta, que la desaparición de dos personas a las que nunca conocí me afectaba. Pasé más de la mitad de mi vida interesada en el Conflicto Armado Interno creyendo durante todo este tiempo que era solamente un tema de interés. Maurice Halbwachs, sociólogo francés en su obra La memoria colectiva expone que «en la sociedad actual, el pasado ha dejado muchas marcas, a veces visibles, que percibimos también en la expresión de los rostros, en el aspecto de los lugares e incluso en las formas de pensar y sentir, conservadas inconscientemente y reproducidas por ciertas personas y en ciertos medios»[3]. Fue recién en 2016 que tomé consciencia de esas marcas cuando al exponer un primer avance de mi tesis no pude hacerlo porque tras pronunciar las primeras palabras empecé a llorar.

Ese día entendí que mi interés por el tema tiene una razón de ser. La historia de ellos también es mi historia y me atraviesa de manera inconsciente. Me sigue moviendo la misma búsqueda de respuestas que de niña me hacía desviar la atención de los juguetes para escuchar las conversaciones de lxs adultxs. La misma búsqueda de respuestas que ha movido a mi familia paterna. Nací en 1988 muchos años después de concluido el periodo de mayor violencia (1981-1983) durante el cual se cometió el 81% de las violaciones a Derechos Humanos registradas por la CEH. No viví la violencia en carne propia, sin embargo me afecta. No conocí a Rolando que fue secuestrado el 17 de diciembre de 1981 ni a Sergio que fue capturado el 20 de mayo de 1984, sin embargo son parte de mi memoria y se manifiestan en ella de manera inconsciente en mi forma de pensar y sentir.

Nuestra sociedad afrontó un periodo de violencia que dejó 200 mil muertes y 45 mil personas desaparecidas. Dada la magnitud del número de víctimas es evidente que nos atraviesa y afecta a todxs de forma directa o indirecta, lo hayamos vivido o no porque es parte de nuestra memoria colectiva. Le atraviesa tanto a la madre que sigue esperando que aparezca su hijo, como al niño que acaba de nacer en Estados Unidos porque sus abuelos fueron parte del millón y medio de guatemaltecos que en los ochentas se vio obligado a dejar el país. Aunque tal vez no lo sepa, le afecta a esa joven que su papá le dice que no se involucre en movimientos estudiantiles porque es peligroso. Nos afecta a quienes vivimos en este país en el que a 20 años de la firma de la Paz nuestra vida peligra constantemente.

Es momento de entender que esa historia que parece lejana, también es nuestra. En consecuencia es momento de restituir la identidad de esos niños, ahora adultos que no conocen a sus familias biológicas. De que las madres sepan el paradero de sus hijxs desaparecidxs y que las familias se reencuentren. De darle fin al racismo que posibilitó el genocidio. De atender las condiciones estructurales que dieron origen al Conflicto Armado. De que los crímenes de genocidio y lesa humanidad no sigan impunes. Ahora que recordamos a las víctimas del Conflicto Armado, activemos la memoria para entender cómo lo acontecido nos atraviesa. Recordemos para entendernos a nosotrxs mismxs y rompamos el silencio para que las nuevas generaciones se sientan libres de preguntar y acceder a la historia que también les pertenece.

#TambienEsMiHistoria

Fotografía Ana Cristina Alvarado.

[1] https://www.congreso.gob.gt/wp-content/plugins/decretos/includes/uploads/docs/2004/gtdcx06-04.pdf

[2] http://cesycme.co/wp-content/uploads/2015/07/Jelin-E.-Los-trabajos-de-la-memoria.-.pdf

[3] http://cesycme.co/wp-content/uploads/2015/07/Memoria-Colectiva-Halbwachs.-.pdf

Autoría y edición

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