EL GRITO DE LO INVISIBLE, pronunciamiento escultórico para una sociedad petrificada

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Créditos: grito5

Texto y fotografías: Mauro Osorio*

EL GRITO DE LO INVISIBLE es el título de una escultura del joven artista Óscar Porras, diseñada con piezas de metal reciclado y de múltiple uso, integrada en dos componentes. El primer componente, el más complejo, representa al cerebro a partir de una articulación fantástica y barroca de mecanismos-relaciones que culminan en los sentidos, como inquietantes extensiones en busca de libertad. Esta representación queda cubierta por el segundo componente: una urdimbre -también de metal-, que se extiende alrededor como apariencia externa de un cráneo a manera de una malla-piel, que no oculta sino que permite ver los mecanismos-relaciones ya descritas, a través de las numerosas celdas del tejido sobrepuesto. El conjunto o la suma de ambos componentes estructuran a un personaje que emite un grito, alzando el rostro desde la base del cuello. La pieza tiene una dimensión de 2m de alto, 1.50m de ancho y 2.60m de fondo; con un peso aproximado de 1,500 libras. Desde su concepción a su tratado final para ser expuesto, se cumplió un proceso de meses en los que la creatividad en la soldadura, moldeado y pulido de las piezas forjó, bajo intensos trabajos técnicos y conceptuales, una contundente pieza estético-artística altamente expresiva.

Para interpretar la existencia misma de la escultura “El grito de lo invisible” y su función en el contexto al que pertenece, será necesario caminar brevemente por una vía doble que, entre paralelismos y puntos de contacto, nos conduzca a la más justa ubicación de este hecho artístico. Como he señalado, la escultura representa a un ser emitiendo un grito. Un ser indefinido en su género. Un grito que no es al vacío o hacia nada o nadie. Es desde su expresión, el momento congelado, sinuoso e hiperbólico de una angustia colectiva. Un instante del nunca más y del basta. No es un grito abstracto, como no lo son las decenas de ejemplos que pueden citarse del arte mundial, desde Grünewald hasta nuestro cercano Ossaye, pasando desde luego por esa referencia icónica de Munch.

Y no lo es, porque “El grito de lo invisible”, en particular, genera su desgarre en un espacio y tiempo de descomposición social. Desgarre que por un lado, está inmerso en la múltiple crisis derivada del agotamiento, falta de legitimidad y solvencia de un estado liberal fallido y por eso mismo, del surgimiento en su seno, de reclamos individuales y colectivos de reciente o ancestral vigencia. Porras concreta una mueca y suspensos originados en su sensibilidad, ante los síntomas de protesta colectiva contra la injusticia social. Actos de impotencia ante la afirmación-respuesta rapaz de un sistema obsceno y castigador de múltiples fascismos (cultural, político, económico etc.) Un sistema que se sustenta en la exclusión y explotación de las mayorías sociales y minorías contraculturales, algunas de las cuales y según sus intereses, trata de engullir y resignificar para otorgarles un territorio de control y neutralidad (el llamado arte contemporáneo, por ejemplo). Por otro lado, y como parte de un efecto residual o casi lógico, también le atañe el conformismo del arte producido en Guatemala. Ése conservador, que no logra integrar en sus expectativas de expresión nada más que aquellos contenidos, formatos y formas que son fácil presa del mercantilismo, amparados en sus entronizados membretes de consagrado, fama (si internacional, mejor), éxito (económico, claro está), genio etc.

La escultura de El grito de lo Invisible puede ser en consecuencia, un grito de múltiple inconformidad y hastío para una sociedad petrificada en su falta de expectativas y para un medio cultural autocomplaciente y acrítico, usurpador de calidades, en donde se fomenta individualismos castrados de su contexto en conflicto. La escultura también es un acto de resonancia entre la falsedad de los valores sistémicos y la afirmación de las injusticias que definen a tantos campos de la cultura. Este grito-monumento media como un pronunciamiento que no agota el vasto sentimiento de tragedia en que ya casi por inercia, transita este país; pero lo hace visible, lo representa e induce a su reflexión, desde una leal y no negociable toma de partido estética de ruptura. Un flujo de contestación que por individual, es una cuesta arriba donde el artista planta cara con autenticidad.

Si bien es cierto que lo colectivo y lo social en crisis son solo una referencia y contexto, también cuenta y de manera protagónica, el hecho artístico de su concepción. En la tradición escultórica de nuestro país, siempre es estimulante y esperanzador ver concretados esfuerzos y motivaciones de este nivel. Actualmente, la producción de escultura cuenta con pocos ejemplos de producción que no se haga por encargo o anticipado deseo de vender y menos, en las dimensiones en que “El grito de lo invisible” está realizado. En el caso del autor, esta pieza es una apuesta personal y expresiva que no nace para apantallar ni demandar beneficios económicos y mediáticos. Si estos se dan, que sean como consecuencia natural y probable desde la calidad y valor contracultural de la propuesta ante el discernimiento público (con todo y lo abstracto que sea esta categoría en el arte), así como la audacia del gesto que trae implícito.

“El grito de lo invisible” Fue cocinado a fuego lento en una inversión que, desde su propia experiencia, el autor llama de “lágrimas, sudor y sangre”. Como escultura y desde el componente pragmático del objeto, es decir, los efectos que la pieza pueda generar en el medio, la pieza es llevada a otro nivel: El nivel de su puesta en escena frente a consagrados edificios de la política y cultura hegemónica o mediatizada, evento que contará con un registro foto y videográfico. Por supuesto, a la pieza le llegará su momento de lugar fijo, pero mientras eso se gestiona, hará un viaje itinerante para confrontar “El grito de lo invisible” en donde corresponde, según su autor: ante los emblemas culturales de la dominación, como un diálogo descolonizado y rebelde de su parte, cuyas consecuencias enriquecedoras se potencian en la calidad de los difusores, receptores y acompañantes de su intención.

A pesar de todas estas consideraciones, no se interprete de manera equivocada que entre obra y contexto se construye un puente para el espectador, que facilite reacciones frente al sistema. En parte asumo el escepticismo de Jaques Rancierre, en el sentido de no otorgarle a la obra por sí misma su unción de objeto propiciatorio (hacedor de milagros), pero con él también, subrayo el concepto del disenso estético eficaz; es decir, una ruptura entre lo que estamos acostumbrados a significar como artistas, lo que de esa significación es posible leer por parte de los interesados y los efectos que de ello se deriven en el medio. Si el arte puede ser, es a condición de «una mirada y un pensamiento que lo identifiquen» y también por una capacidad de transformar nuestra experiencia posible. En ese disenso que provoca la diversidad de percepciones y usos del objeto estético, es por donde el proceder ético de Óscar Porras suma a su escultura la tensión que viabiliza el sentir de la inconformidad pronunciada, así como su capacidad técnica y artística respecto al medio escultórico para hacer posible desde su grito, ese flujo de contingencia local y sistémica tan necesaria y saludable.

Guatemala, diciembre de 2017.

*Artista Visual.

 

Autoría y edición

Descendencia kaqchikel y afrodescendiente. Infancia en la cuna de una organización revolucionaria. Crecida dentro de la revolución cubana.

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