Trascender de entre los escombros

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Créditos: xihua
Foto: Agencia de Noticias Xinhua

Por: Zaira Laínez Carrasco

Hoy termina una de las semanas más intensas a lo largo de 30 años de recuerdos. Mañana comienza una nueva y estoy segura que nunca más volveré a empezar una semana igual. Apenas van cinco días y no son suficientes para procesar todo lo que pasa a mi alrededor y dentro de mí. Son demasiados sentimientos y sacudidas. Respiro un aire que nunca antes había sentido y transpiro algo que nos fusiona a todos quienes compartimos espacio y tiempo -más allá de nacionalidades y nacionalismos-.

¿Qué siento? Aún no lo logro establecer claramente, pero sí lo puedo sentir en la parte izquierda y central de mi pecho, es algo pesado, tanto que pareciera que espesa el aire mismo que entra y sale de mis pulmones. A veces también lo siento en mi frente, en la garganta y remueve eso que pocas veces recuerdo tener: las entrañas. Miro a mi alrededor y dentro de mí y nada es igual. Son tantos los sentimientos que me cuesta ordenarlos y descifrarlos.

La incredulidad no me deja en paz, mi mente no da crédito a lo que sucede en el exterior y mi corazón no puede con tanto sentir. No comprendo cómo simplemente pasa algo tan grande y siniestro. ¿Cómo y en qué momento pasó? Nadie está preparado para ese instante, mucho menos para todo lo que sigue. No lo entiendo, simplemente no. De un segundo a otro, sólo supe de una destrucción masiva: edificios, casas y comercios colapsados, y tras los escombros, vidas desaparecidas. Muchas de ellas no tuvieron tiempo para saber lo que sucedía ni de poner en práctica lo que dos horas antes nos habían dicho en el simulacro, en conmemoración al terremoto de hacía 32 años.

Esta gran sacudida nos lleva a algunas reflexiones comunes: nuestra pequeñez en este universo, pero nuestra grandeza al vibrar como seres humanos, solidarios y empáticos. Nos recuerda de nuestra fragilidad, pero también de nuestras fortalezas -incluso cuando creemos que ya no podemos más-. Nos recuerda lo volátil del tiempo y de nuestra existencia, pero también de lo potente de la fuerza de la vida. No tenemos la vida ni el día asegurado, ¿por qué, entonces, andamos por la vida con tanta arrogancia, creyendo que el tiempo nos debe algo y que todo y todos puede esperar?

El viernes, después de una larga jornada con las amigas en una zona destruida, pude identificar, junto con ellas, una primera situación: nunca antes había estado en un lugar –espacio/tiempo- con tanta muerte y destrucción a flor de piel. Haber visto ese vacío –de materia, sonido y vida- me impactó profundamente. Ese vacío, en medio de la nada, entre Bolívar y Chimalpopoca, ¡escondía tanto!  ¿Cómo el vacío puede transmitir tanto? ¿Cómo la nada puede significar todo? ¿Cómo el silencio hace tanto ruido? ¿Cómo es que el instante recuerda la eternidad? ¿Cómo te sentís tan cercana a personas que nunca conociste o que nunca volverás a ver? ¿Cómo es que de repente todos nos conocemos sin conocernos? Aquel edificio no era un hogar, era “sólo” un lugar de trabajo. Y olvidamos que ese “simple” lugar de trabajo fue la diferencia entre la vida, la muerte, el anonimato y el olvido.

Seguimos platicando y de pronto nos damos cuenta que estos sentimientos se activan y nos transportan a un lugar donde ya hemos estado antes: Guatemala, la guerra, las heridas, las desapariciones y los lutos sin resolver.

Continuamos nuestro momento con las amigas y recordamos otro de los instantes intensos de esa jornada: aquel silencio colectivo provocado e inducido, como queriendo pujar para dar a luz alguna señal de vida. Puños en alto, miradas al vacío, fe en un milagro. Nadie responde al llamado fuerte y con eco del rescatista que le pide a alguien que se manifieste. Así que todos regresan, con un poquito menos de esperanza, a su labor encomendada. Sabemos que no se está limpiando un lugar, se están buscando vidas.

Todos queremos ayudar, nadie quiere ser héroe (bueno, algunos sí, pero no los quiero hacer parte de este texto). Todos queremos hacer algo porque sentimos la fortuna de estar vivos, nosotros y nuestros seres queridos, así como el privilegio de poder mover todas las partes de nuestro cuerpo. Y aunque sepamos que con el voluntariado aportamos muy poco, sentimos y sabemos que estamos construyendo algo grande, en colectivo. Somos comunidad y todos estamos ahí, movidos por lo mismo. Veo caras y cuerpos que nunca antes había visto coincidir, encuentro personas tan diferentes haciendo lo mismo y dándolo todo. Y por un momento, parece que sí, que todos podemos ser humanos. Y me sorprendo a mí misma pensando que en estos instantes poco o nada importan o sirven las banderas políticas o religiosas, si la humanidad prevalece y nos hermana. ¡Cuánto corazón y humanidad nos hace falta en nuestra racionalidad diaria, en la vida personal, laboral y académica!

Mañana es lunes y muchos esperan retomar labores, no sin antes pensar en el privilegio de estar vivos. Mañana empiezo una semana más de vida, pero una muy diferente a las anteriores. Muchas calles y negocios seguirán cerrados, las ambulancias seguirán sonando y los helicópteros sobrevolando. Pero hay que seguir y no olvidar; hay que seguir y llevarnos con nosotros las fortalezas que han aflorado de entre los escombros. La solidaridad y hermandada desbordantes. Hay que retomar la vida, dejando atrás las rutinas y haciéndonos coscientes de todo, de la vida, de nuestros actos, nuestro día a día, nuestros sentimientos, etc. Hay que vivir y trascender.

 

Autoría y edición

Fundador de Prensa Comunitaria. Es profesor investigador en CIESAS Occidente desde el 2008 y profesor investigador emérito en FLACSO Guatemala.

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