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Arte: Cristina Valenzuela
Arte: Cristina Valenzuela

15 de marzo de 2017

Rosa Julia (16), Indira Jarisa (17), Daria Dalila (16), Ashely Gabriela (15), Yemmi Araceli (15), Jaquelyn Paola (15), Milenie Eloisa (17), Siona (17), Josselyn Marisela (16), Hashly Angely (14), Mayra Aide (16), Yusbelí Yubitzamerary (14), Skarleth Yajayra (15), Yohana Desire (15), Rosalinda Victoria (15), Madelyn Patricia (14), Sarvia Isel (14), Ana Noemy (16), Ana Rubidia (16), Jilma Sucely (14), Yoselin Beatriz (15), Grindi Yasmin (16), Mary Carmen (14), Keila Rebeca (17), Nanci Paola (15), Estefany Sucely (16), Lilian Andrea (13), Mirsa Rosmeri (16), Ana Roselia (14), Grisna Yamilet (15) Luisa Fernanda (16), Sara Noemy (17), Celia Maríasamary (15), Iris Yodenis, Candelaria, Kimberly Mishel, +, +, +.

¿A qué viene nombrar a 40 jóvenes con sus años, que vieron sus ilusiones y esperanzas hechas cenizas en un voraz incendio el día 8 de marzo y siguientes, en el “Hogar Seguro” Virgen de la Asunción?: ¿pesado?, ¿monótono?, ¿repetitivo? ¿Preferimos no recordarlas para disimular un poco la vergüenza? Es una lista negra como noche gélida, sin luna ni estrellas. Pero también es una lista blanca por la inocencia de las niñas, aunque la sociedad en que vivieron, no ellas, se la haya manchado, y teñida de azul por las esperanzas e ilusiones que en su mente iban brotando. Esta lista nos recuerda la genealogía de Jesús con que comienza su Evangelio San Mateo. A muchos no les gusta escuchar toda esa serie de nombres, pero es la manifestación más clara de la humanidad del Hijo de Dios y que al humanizarse nos acoge a todos, hombres y mujeres, niños y adultos, buenos y malos. También, pronunciar el nombre de estas niñas, sin olvidar ninguna, nos hace conscientes a todos de nuestra responsabilidad parcial e indirecta en su sacrificio y martirio.

Afirmamos que son “mártires”, en el pleno sentido de la palabra, como recordamos a los “mártires de Chicago” del 1 de mayo de 1886, quienes inmolaron sus vidas por mejorar las condiciones laborales de todos los trabajadores, o como recordamos a Gandhi o a Martin Luther King. El diccionario de la lengua española entiende por “mártir”, no solo la persona que padece la muerte en defensa de su religión, sino la persona que muere o sufre grandes padecimientos en defensa de sus creencias o convicciones. Y, ¿qué otra cosa querían las jóvenes del Hogar Virgen de la Asunción más que la sociedad se enterara del maltrato que recibían, de los abusos de que eran objeto, de las vejaciones que día a día tenían que sufrir? A este propósito es suficiente recordar un hecho: de las 9 jóvenes de Quezaltenango que estaban en el Centro, todas ellas estaban embarazadas, según dieron a conocer los medios de comunicación.

Y son otras mártires del sistema, porque éste ha sido el que las marginó y condenó a una vida imposible de sobrellevar. La economía neoliberal, unida a la mentalidad segregacionista y racista de nuestra sociedad, el bloque en el poder, entre otras causas, es lo que condenó a estas niñas a la violación y a la hoguera, como decía una pancarta en la manifestación del sábado 11. Claro está que el sistema no es un ente de razón y tiene personas que lo representan y sustentan. Por consiguiente, a ellos es a quienes hay que pedir cuentas en primer lugar de la vida de estas niñas.

El día 8 de marzo amaneció como un día especial por celebrarse el Día de la Mujer. Todos nos levantamos recordando a tantas mujeres a quienes queremos y amamos, nuestras madres, hermanas, amigas, mujeres con las que hemos contactado en la vida y que han sido inspiradoras de ternura y amabilidad, de sacrificio y entrega sin límites. Muchas mujeres a quienes tenemos que agradecer la armonía, belleza y ternura que necesitamos en nuestra sociedad.

Pero este día pronto comenzó a nublarse. La tormenta “Stella” que azotaba el nordeste de Estados Unidos, también teñía de frío, gris y tinieblas a nuestro país. Casi desde el amanecer. Nos llegaban noticias tristes, aterradoras, trágicas. Costaba aceptar su veracidad. 32 niñas del “Hogar Seguro” Virgen de la Asunción, habían perdido la vida en el incendio de una habitación de ese Centro en el que había unas 60 jóvenes hacinadas bajo llave. Otras tenían graves quemaduras y 8 de ellas fallecieron los días siguientes. El Día de la Mujer se tiñó de luto y de rojo. Como el primer Viernes Santo, nos sobrecogió el dolor y recordamos a la Madre de Jesús y sus buenas amigas, doloridas al pie de la cruz. ¿Qué había sucedido?

Ese día se evidenciaron la maldad, el pecado y la degeneración de nuestra sociedad machista y farisea. Aunque para gran parte de la población pasaba inadvertido, la reacción de los que se fueron enterando fue muy diversa. Algunos la recibieron con indiferencia. Otros manifestaban la poca solidaridad y nulos sentimientos humanos que tienen dentro de sus entrañas. No faltaron quienes comentaban que no era la primera vez que ocurrían desgracias semejantes y, por tanto, no había que rasgarse las vestiduras. Reacciones que indican el egoísmo llevado al extremo, sin conciencia de lo que significa que todos somos seres humanos y participamos de la misma naturaleza. Por consiguiente, nadie puede ser ajeno al dolor, sufrimiento y martirio de estas jóvenes.

Conocemos, más o menos, cómo se sucedieron los hechos y no hay necesidad de repetirlos de nuevo. Pero sí quisiéramos poner atención y buen oído a los gritos que ellas profirieron. Hoy nos dolemos y lamentamos: ¿pero qué hemos hecho para que esto no ocurriera?, ¿cuál es el trato que se da a las niñas y a las mujeres en nuestro país?, ¿qué respeto merecen? Se abusa de ellas día a día, impunemente, con el conocimiento y consentimiento de las autoridades que debían velar por ellas y que además están implicadas en esos crímenes. La tragedia ocurrida nos hace recordar las palabras de Jesús contra los maestros de la ley y los fariseos: “Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos hipócritas, que edifican sepulcros a los profetas y adornan los mausoleos de los justos! Dicen: “Si hubiéramos vivido en tiempo de nuestros antepasados, no habríamos colaborado en la muerte de los profetas” (Mt 3,29-30). Un poco más de sinceridad, honradez y respeto. ¿Por qué nos dolemos de lo que hemos provocado? ¿Por qué ahora les levantamos monumentos cuando hemos sido nosotros, la sociedad, quienes las hemos matado?

Una de las explicaciones fáciles que se dan, tratando de justificar los hechos, es que la propia familia tenía que haberlas cuidado y educado. ¿No nos damos cuenta de que, en la mayoría de los casos, la pobreza y los conflictos familiares es lo que ha abocado a niñas y jóvenes a ese hogar y otros por el estilo? Es muy bonito señalar con el dedo a sus familias para justificarnos, lavarnos las manos y esconder la grave responsabilidad del sistema sociopolítico, como si no tuviéramos parte en esta tragedia. Un mínimo de conciencia social y corresponsabilidad no nos permite pensar así. Desde el momento en que sus familias han dejado al Estado su cuidado, éste es el responsable y tiene que responder por estos hechos.

La primera visita que el Papa Francisco hizo después de ser elegido el 13 de abril de 2013, fue a la isla de Lampedusa el día 8 de julio, para solidarizarse y dolerse por las 93 personas muertas y otras 250 desaparecidas, a consecuencia del naufragio de la balsa en que viajaban 500 personas. El día 3 de octubre de este mismo año, en el discurso a los participantes del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz, recordando este hecho, dijo: “Sólo me viene la palabra vergüenza, es una vergüenza”. Esa misma vergüenza nos embarga hoy ante este cuadro doloroso y humillante.

En la homilía que pronunció en Lampedusa, dijo unas palabras que merece la pena recordarlas porque parecen dichas para nosotros: “Tantos de nosotros, me incluyo yo también, estamos desorientados, no estamos ya atentos al mundo en que vivimos, no nos preocupamos, no protegemos lo que Dios ha creado para todos y no somos capaces siquiera  de cuidarnos los unos a los otros… Somos una sociedad que ha olvidado la experiencia de llorar, de “sufrir con”: ¡la globalización de la indiferencia nos ha quitado la capacidad de llorar!… Pidamos al Señor que quite lo que haya quedado de Herodes en nuestro corazón; pidamos al Señor la gracia de llorar por nuestra indiferencia, de llorar por la crueldad que hay en el mundo, en nuestros, también en aquellos que en el anonimato toman decisiones socio-económicas que hacen posibles dramas como éste”. Da la impresión de que el Papa conociera nuestra sociedad y nos está echando en cara nuestro pecado, indiferencia e insensibilidad.

 Queridas niñas: ¿dónde está su frescura, gracia y belleza de la que tanta necesidad tiene la sociedad que las descartó?, ¿dónde están sus ilusiones de un futuro mejor para ustedes y la juventud de Guatemala?, ¿dónde sus esperanzas de participar en una sociedad libre y democrática en que todas y todos son tenidos en cuenta? Aquí continuará siempre su recuerdo, sus nombres, la fecha en que la sociedad las descartó, como señales en el camino que nuestra patria tiene que recorrer para que sea más justa y humana, y cómo gritos que tenemos que oír para cambiar de rumbo. El Día de la Mujer en Guatemala, siempre irá unido a su inmolación y al agradecimiento por habernos abiertos los ojos a una realidad olvidada: la niñez y la juventud.

También nos dirigimos a los familiares de las niñas, a sus compañeras y compañeros que todavía se encuentran en “hogares seguros”. Con una palabra de consuelo basada en nuestra fe en Jesús, crucificado y resucitado; nos atrevemos a asociar la memoria de Ellas a la de Él. Nos unimos a ustedes en la lucha contra cualquier abuso, daño y degradación. Nos unimos con ustedes a favor del bienestar y dignificación de las niñas y niños, adolescentes, ellas y ellos; de todas las hijas e hijos de Dios, especialmente de las y los más pobres y más vulnerables. Nos unimos con ustedes en el camino de la investigación, juicio y condena de responsables, a la lucha por un cambio total de este sistema de muerte e impunidad, a la defensa de la dignidad humana.

Amerindia – Guatemala

Comisión Arquidiocesana de Pastoral Social

Escuela de Teología y Pastoral “Monseñor Gerardi”

Arte: Cristina Valenzuela

 

Autoría y edición

Descendencia kaqchikel y afrodescendiente. Infancia en la cuna de una organización revolucionaria. Crecida dentro de la revolución cubana.

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