Desigualdad y diferencia: ideas para el estudio del racismo y sus consecuencias en Guatemala – y III

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En las últimas semanas, a propósito de la discusión de las reformas constitucionales, ha vuelto a tensarse el debate acerca del racismo como elemento constitutivo de la sociedad en guatemalteca.

En este contexto y para contribuir a la discusión, nos parce atinado publicar en tres partes un ensayo elaborado por Santiago Bastos, que fue escrito en 2010 y aborda el racismo desde la perspectiva de analizar la relación entre desigualdad y diferencia a partir de la complejidad de su construcción histórica, que ha creado una combinación perversa entre la segregación colonial y la asimilación nacional; y busca situar la racialización de la desigualdad en relación a otras formas de jerarquización social, sobre todo la de clase y la de género, con las que está estrechamente vinculada, pero que son analíticamente diferenciables. El artículo termina con unas reflexiones en torno a las políticas multiculturales que entonces se discutían en Guatemala.

El texto fue publicado en un número de la Stockholm Review of Latin American Studies (No. 6, Marzo 2010) titulado “El racismo y la discriminación étnica en Guatemala: una aproximación hacia sus tendencias históricas y el debate actual”  coordinado por Roddy Brett y Marta Casaús.

Desigualdad y diferencia:  ideas para el estudio del racismo y sus consecuencias en Guatemala –  Tercera y última entrega

Por: Santiago Bastos.

Racismo, patriarcalismo y explotación: la clase, el género y la etnia

No podemos terminar este texto dedicado a la desigualdad sin reflexionar acerca de la articulación entre “etnia” y “clase”, el lugar de la diferencia étnica en la fuerte desigualdad socioeconómica que define este país. Este tema dio bastante de hablar hace 30 años, cuando el pensamiento clasista buscaba explicar la emergencia de actores étnicamente articulados. Entonces se llegó a la idea de la “contradicción secundaria” de lo étnico frente a la que representaba la clase social (Díaz Polanco, 1981; Payeras, 1997). Hoy día, estamos ante unos análisis en que pareciera que desaparece la dimensión clasista de la desigualdad y la opresión, y sólo existiera el racismo como forma de exclusión.[1]

Esta discusión expone la existencia de diversas formas de jerarquización social: como sabemos, la de clase es socioeconómica, ligada al sistema de producción capitalista. Pero hay otras, como la discriminación de género y la étnica. Racismo y patriarcalismo son formas universales de desigualdad. En el caso de la categoría analítica de clase, la desigualdad es parte intrínseca de su definición: la situación socioeconómica es producto de la posición relativa en escala se clases, que combina elementos de la producción, distribución y status. Pero en la étnica no es así, ocurre como con la dominación de género: es simbólica, se basa en unos planteamientos ideológicos, culturales. Ambas parten de hacer creer que una diferencia existente – biológica en un caso, cultural o racial en otro – implica una inferioridad social y política, que se reproduce en términos de menores derechos.

Todos estos sistemas se refuerzan entre sí, aunque puedan ser autónomos. La exclusión étnica refuerza la explotación de clase, para ello fue articulada a fines del siglo XIX (¿y estará siendo rearticulada ahora en el entorno de la globalización??). Permite ideológicamente la explotación económica y la exclusión política de un grupo concreto, marcado por su inferioridad. Así se aprecia en el hecho de que la mayoría de los pobres de Guatemala sean indígenas, o de que la mayoría de los indígenas sean pobres. Pero la sociedad está étnicamente ordenada. Por la discriminación histórica, incluso si ahora no se generara desigualdad, quienes están en posiciones étnicamente marcadas, acumulan más razones para sufrirla.

Sin embargo, esas dos condiciones nunca han juntas del todo: la desigualdad es tal en Guatemala que supera a lo indígena y la explotación también afecta al mundo no indígena de una forma muy aguda. Éste es argumento utilizado por los “clasistas” para negar la importancia de lo étnico. Es verdad que en muchos casos se es “pobre pero no indígena”, pero habría que preguntarse hasta qué punto no es el racismo lo que permite la sobreexplotación de los recogedores de caña o de café o los trabajadores y trabajadoras de maquila, independientemente de su condición étnica. En una situación estamental como la colonial, en que la posición social y el origen estaban unidos, la desigualdad es consustancial a la distribución de los grupos. Pero en un sistema de clases no, es abierto por naturaleza, aunque en lugares como Guatemala lo sea muy poco. Con la llegada del capitalismo, se ha roto la correspondencia absoluta que se daba en la colonia. La mayoría del étnicamente marcados sufren la opresión de clase, pero siempre ha habido algunos que no (Grandin, 2000; Velásquez, 2002; Esquit, 2008).

Con el proceso de modernización de mediados del siglo XX, dada vez más indígenas pudieron escapar de la explotación de las fincas e incluso llegar a poseer ciertos medios de producción, o llegar a niveles de escolaridad que les situaban en la clase media (Adams y Bastos, 2003; Bastos, 2007). De esta forma, cambiaba su situación de clase, pero no la étnica, que es lo que esperaban los ideólogos de la ladinización. Así, demostraron que se podía seguir siendo indígena sin ser pobre; y seguir sufriendo la dominación racista sin la clasista. Éstos sufren menos la desigualdad que los que sí son pobres, porque, de nuevo, ambos sistemas – y con el de géner – actúan de forma conjunta (aunque se puede exacerbar el racismo hacia ellos/as por salir de los espacios “permitidos”).

Por ello, para acabar con los prejuicios racistas que consideran “natural” que los indígenas sean pobres, lo mejor es terminar con la “evidencia estadística” y hacer todos los esfuerzos para que dejen de serlo. Ambos forman parte de un mismo sistema de exclusión y dominación, de formas de poder oligárquicas sin participación política.

A modo de conclusiones: racismo y políticas multiculturales

El Acuerdo de Identidad y otros documentos similares cuestiona los planteamientos nacional-liberales. Pero al hacerlo a través de reconocer derechos culturales, propone soluciones culturales a problemas de poder y acaba haciendo parecer que la cultura es la supuesta causa de la desigualdad. Evidentemente el reconocimiento de elementos culturales propios de los indígenas, hasta ahora negados, supone un gran avance, pero eso no asegura el acceso a la plena ciudadanía: si no se cuestionan las estructuras de dominación que crearon la ideología racista, no se resuelve el problema de la dominación étnica. Los problemas de los indígenas no se solucionan sólo con la oficialización de la diferencia, además es necesario resolver los graves problemas políticos, sociales y económicos de las sociedades de las que forman parte.

Es decir, las políticas multiculturales deberían ir acompañadas de otra serie de políticas que ataquen de forma directa los efectos que ha tenido la segregación histórica en la igualdad de oportunidades – empleo, alfabetismo, salud, servicios – y que castiguen la discriminación de hecho que se sigue dando. Y, sobre todo, terminando con las estructuras de dominación dieron lugar a la ideología de la dominación étnica. Así pues, lo primero que habría que enfrentar es el elemento estructural de exclusión social y de falta de oport unidades económicas que están asociadas a ella. Al Estado y otros sectores de poder, les puede interesar fomentar esta visión de los “derechos indígenas” que no cuestiona las bases de dominio (Hale, 2007).

Por ello, frente a las propuestas de soluciones fragmentarias – políticas, culturales, sociales, cada una por su lado – habría que pensar en una solución integral. Mientras no se solucionen los problemas que afectan a toda la sociedad guatemalteca – la distribución de la riqueza, el acceso al poder político, la violencia institucionalizada, los más evidentes – no se solucionarán los problemas de los mayas y otros pueblos indígenas. Y de la misma forma, mientras no se reconozca la existencia de varios colectivos con historias y culturas diferenciadas, no se podrán resolver los problemas que afectan a toda la sociedad.

Se trataría de una política que fuera más allá de lo étnico entendido sólo como grupos culturales sin derechos, y buscase acabar con la configuración histórica oligárquica que se muestra en todos los niveles de la vida social guatemalteca. Todas estas categorías son analíticamente separables, pero como política, deben ir juntas. No se trata de pensar en una serie de “políticas públicas”, sino en una Política Étnica, una forma de trabajar que parta de tener en cuenta que lo étnico es una dimensión fundamental – pero no la única – de la conformación social guatemalteca, y que debe perder su contenido jerárquico. No porque la diversidad “sea buena”, sino porque existe y de hecho en la actualidad es una causa de exclusión con la que hay que acabar.

Para ello, el respeto a la existencia de unos colectivos que históricamente han sido negados políticamente, debe ir de la mano de una voluntad de terminar con la desigualdad lacerante, justificada en parte por esa diferencia, que caracteriza a esta sociedad. Hay que desarmar la ideología de la “racialización de la desigualdad”, que supera la dicotomía indígenas/ladinos o mayas/mestizos con que normalmente se lee la diversidad en este país, e impregna las relacionesde toda la sociedad guatemalteca, situando a la gente en ella.

 

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[1] Quizá la única diferencia importante de estos planteamientos con la “teoría crítica de la raza”, expuestos por Charles Hale, es la insistencia mía en separar analíticamente y estudiar conjuntamente raza y clase; frente a la idea de que, como van juntos, es muy difícil separar lo que tiene de clasista el racismo, por lo que se obvia. Esta divergencia se muestra en mi desacuerdo con la caracterización de los “ladinos” como “el grupo dominante de Guatemala” (Hale, comunicación personal, 21 mayo 2009).

Publicado en http://www.lai.su.se/publications/publications/stockholm-review-of-latin-american-studies/list-of-issues/issue-no-6-march-2010-1.135167

Autoría y edición

Fundador de Prensa Comunitaria. Es profesor investigador en CIESAS Occidente desde el 2008 y profesor investigador emérito en FLACSO Guatemala.

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